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Sábado, 17 de octubre de 2026

Mostacilla es la experiencia que sazona la política

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Mostacilla es la experiencia que sazona la política

Por: Periscopio Político.

En el Cauca hay campañas que se anuncian, y otras que se sienten. Unas se miden por la cantidad de afiches pegados en una pared, por la fila de camionetas, por el ruido de los micrófonos y el desfile de saludos. Otras, en cambio, se miden por algo más difícil de fingir y más poderoso de sostener: el pulso de la calle. Ese pulso que no aparece en las reuniones de élite ni en los cálculos fríos de los estrategas, sino en la conversación del barrio, en el comentario espontáneo del trabajador, en la mirada de la lideresa comunitaria que no se traga discursos vacíos, en el joven que pregunta con escepticismo y en el adulto mayor que ya lo ha visto todo y sabe distinguir cuando un político viene de paso o cuando es alguien que ha caminado el territorio con nombre propio.

En las últimas dos semanas, el nombre de Arnulfo Mostacilla, conocido en el Cauca como Mostacilla, ha dejado de ser un dato de campaña para convertirse en una presencia real en el debate regional. Su aspiración a la Cámara de Representantes, con el número 101 por Colombia Renaciente, ha mostrado un crecimiento que no se explica solo por la propaganda ni por el impulso típico de los días previos a las elecciones. Lo que está ocurriendo alrededor de su candidatura tiene un componente de fenómeno territorial, una especie de aceleración política que se está sintiendo con fuerza en el norte del departamento y que empieza a proyectarse con potencia hacia municipios del sur como Guapi, donde las dinámicas electorales suelen tener otras lógicas y otros centros de gravedad.

Mostacilla es la experiencia que sazona la política

En política, ese tipo de expansión no sucede por accidente. Cuando una campaña logra abrirse paso desde el norte del Cauca hasta lugares donde el voto se decide por la credibilidad, por el liderazgo comunitario y por la memoria colectiva de lo que se ha prometido y no se ha cumplido, es porque hay algo más que un mensaje bien diseñado. Hay un vínculo. Y en un departamento donde la gente se cansó de las promesas, el vínculo se convierte en el activo más valioso.

Arnulfo Mostacilla se presenta como un líder con raíces profundas en el norte del Cauca y con una vida dedicada al servicio público. Ese no es un eslogan menor, porque en un escenario donde muchos candidatos aparecen en época electoral como si hubieran nacido políticamente ayer, la trayectoria pesa. La hoja de vida que hoy circula en sus piezas de campaña lo define como administrador público con especializaciones en finanzas públicas y en derecho constitucional y administrativo, con experiencia como alcalde de Miranda en dos ocasiones, además de haber sido auditor departamental y asesor de distintas administraciones locales. Esa acumulación de cargos no garantiza, por sí sola, una buena representación, pero sí permite entender por qué su discurso se sostiene en una idea que está captando atención en las comunidades: la experiencia como herramienta para legislar, y no como adorno para posar en tarimas.

La política caucana, por años, ha vivido atrapada entre dos extremos que se repiten con cansancio. De un lado, los candidatos que prometen sin tener idea de cómo funciona el Estado y terminan chocando con la realidad institucional. Del otro, los políticos que conocen el Estado pero se desconectan del territorio y se vuelven administradores de su propia supervivencia. En ese panorama, Mostacilla intenta posicionarse en una tercera vía: la experiencia que no se avergüenza de su recorrido, pero que se muestra con una estética de pueblo, con lenguaje cercano y con una marca que, para bien o para mal, ya quedó en la memoria colectiva. Mostacilla no es solo un apodo; es un recurso político que se entiende rápido, se repite fácil y se vuelve identificable en un tarjetón donde muchos nombres pasan desapercibidos.

Mostacilla es la experiencia que sazona la política

Su narrativa ha sido insistente en un punto que en el Cauca suele marcar la diferencia entre el voto de compromiso y el voto de convicción. Habla de fortalecer la autonomía regional, de consolidar un proyecto político de liberación étnica y popular, y de legislar en favor de los menos favorecidos. Son conceptos que, si se quedan en discurso, no mueven a nadie. Pero en un departamento donde las comunidades afro, indígenas, campesinas y urbanas populares llevan décadas reclamando que el Estado los mire sin paternalismo y sin olvido, esas palabras tienen un terreno fértil, siempre que se acompañen de coherencia y de presencia.

Y la presencia, en este caso, es la que está generando conversación. Miranda, Villa Rica, Guachené, Puerto Tejada. Municipios que no son iguales entre sí, que no votan igual, que no sienten igual, y que sin embargo hoy están apareciendo como estaciones de un mismo recorrido político que se mueve con rapidez. En Miranda, su punto de origen emocional, el candidato se muestra como hijo del territorio, respaldado por la gente que lo conoce y que, en política local, es la que valida o desmiente la reputación de cualquier aspirante. En Villa Rica, el discurso toma un tono de articulación social y productiva, buscando consolidar alianzas con liderazgos diversos y mostrar que no se trata de una campaña encerrada en un círculo. En Guachené, el mensaje se vuelve más estructural, más regional, apuntando a la idea de que las bases sociales deben ser protagonistas y no simples espectadores. En Puerto Tejada, el relato se humaniza y se vuelve emocional, con una campaña que se alimenta del contacto directo con la gente trabajadora, de ese calor humano que, en el norte del Cauca, sigue siendo un termómetro político más confiable que cualquier encuesta.

Lo que resulta interesante es que esa ruta no se presenta como una simple gira para sumar fotos. Se vende como una afirmación de poder territorial, como una campaña que no está pidiendo permiso para existir, sino que está ocupando un espacio que parecía reservado para otros. En un Cauca cansado de las mismas caras y de los mismos apellidos, ese detalle importa. Porque cuando una candidatura comienza a crecer de manera vertiginosa, lo que está ocurriendo no es solo un aumento de seguidores, sino un reordenamiento del mapa político, una especie de sacudida que obliga a los demás a mirarla, a reaccionar y, en muchos casos, a subestimarla por orgullo, que es el error más común en la política regional.

El número 101, en ese contexto, empieza a adquirir una dimensión simbólica. Ya no es solo el dato que se marca en el tarjetón; es el código de un movimiento que quiere convertirse en identidad electoral. Y en Colombia, donde el voto suele definirse también por recordación, por emoción y por pertenencia, ese tipo de estrategia puede ser decisiva. La campaña lo sabe, por eso insiste con una frase que se repite como una consigna popular, casi como una canción de esquina: el sabor de la experiencia. Puede sonar simple, pero la política efectiva siempre ha sido así. La gente no vota por discursos de diez páginas. La gente vota por la idea que entiende, por la historia que le toca, por la sensación de que alguien la representa.

Mostacilla es la experiencia que sazona la política

Ahora bien, el crecimiento de una candidatura no solo se explica por su mensaje, sino por el momento que vive el departamento. El Cauca está atravesando una crisis profunda que no se resuelve con frases bonitas. Hay territorios golpeados por la violencia, por el miedo, por la incertidumbre económica y por la sensación de abandono estatal. Hay comunidades que sienten que el país les exige resistencia, pero les entrega silencio. Hay jóvenes que quieren oportunidades reales y no discursos de ocasión. Hay familias que sobreviven entre el trabajo informal, el costo de vida y la inseguridad. Y en medio de ese panorama, la representación política deja de ser un tema de partidos para convertirse en un asunto de dignidad.

Por eso, cuando un candidato habla de justicia social, de desarrollo con identidad y de autonomía regional, no está apelando a un romanticismo ideológico, sino a una necesidad concreta: que el Cauca deje de ser un territorio útil solo para las estadísticas de violencia o para los titulares trágicos, y empiece a ser un departamento con voz propia en el Congreso. Esa es la promesa implícita que Mostacilla está tratando de encarnar. No basta con decirlo. Tendrá que demostrarlo con propuestas claras, con coherencia, con capacidad de gestión legislativa y con la voluntad real de no traicionar lo que hoy está recogiendo en las calles.

Pero el fenómeno político, hoy, es evidente. Su candidatura se está moviendo con una velocidad que inquieta a quienes creían que el norte del Cauca ya tenía el libreto escrito. Se está posicionando como una opción que habla desde lo popular sin pedir disculpas, que se presenta como experimentada sin esconderlo, y que intenta convertir la experiencia administrativa en un argumento de confianza, no de distancia. Esa mezcla es rara en la política regional, donde muchos candidatos son o muy técnicos y fríos, o muy emotivos pero vacíos. Mostacilla intenta ser ambas cosas a la vez, y esa apuesta, en este momento, le está dando resultado.

En el Cauca, las campañas se han acostumbrado a creer que el voto se compra, se presiona o se hereda. Pero cuando aparece una candidatura que logra entusiasmar sin imponer, que logra sumar sin humillar, y que logra crecer sin depender únicamente de los aparatos tradicionales, el mensaje para el establecimiento político es incómodo: la gente está buscando otra cosa. Y esa otra cosa, para muchos, se parece a lo que hoy está proyectando Arnulfo Mostacilla en los recorridos por Miranda, Villa Rica, Guachené, Puerto Tejada y en su expansión hacia Guapi y el sur del departamento.

Queda por ver si esa fuerza vertiginosa se mantiene, si se convierte en voto real y si logra consolidarse en el escenario electoral con la misma contundencia con la que hoy se siente en el territorio. Pero una cosa es clara: el Cauca ya lo está mirando. Y cuando un departamento como este empieza a mirar a un candidato con interés, con curiosidad y con conversación constante, la política deja de ser una lista de nombres y se convierte en un pulso vivo.

En esa tensión se juega todo. Porque el Congreso no necesita más representantes que aprendan a hablar en Bogotá olvidando el acento del territorio. El Cauca necesita voces que lleguen con la dignidad de la calle y con la firmeza de quien entiende el Estado por dentro. Si Arnulfo Mostacilla logra sostener esa promesa, el 101 no será solo un número. Será una señal de que el Cauca, esta vez, decidió marcar con memoria, con identidad y con poder propio.

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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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