El representante a la Cámara por la CITREP 1 ha organizado su trabajo alrededor de cuatro tareas: legislar, incidir, gestionar y acompañar. Su desafío es convertir las demandas de víctimas y comunidades de Cauca, Valle y Nariño en decisiones con efecto real desde el Congreso.
Cuando Esneyder Gómez Salamanca llegó a la Cámara de Representantes lo hizo con una idea que hoy intenta convertir en método de trabajo: que la curul de paz no puede limitarse a votar leyes en Bogotá, porque representa territorios donde muchas de las necesidades más urgentes siguen estando lejos de los centros de decisión.
Su responsabilidad, como representante por la CITREP 1, parte de llevar al Congreso las demandas de víctimas, comunidades afrocolombianas, indígenas, campesinas, mestizas, organizaciones sociales y liderazgos territoriales. Gómez ha resumido esa tarea en cuatro pilares que asumió desde campaña y que hoy orientan su ejercicio parlamentario: legislar, incidir, gestionar y acompañar.
No se trata únicamente de una declaración política. Cada uno de esos verbos define una parte concreta de su trabajo y, al mismo tiempo, establece un criterio con el que las comunidades pueden evaluar su gestión.
Legislar desde las necesidades del territorio

El primer pilar es legislar.
Gómez plantea que las leyes no deberían construirse de espaldas a las realidades de los municipios PDET ni a las dificultades que enfrentan las comunidades de las regiones afectadas por el conflicto. En su caso, la tarea legislativa significa llevar esas necesidades al debate nacional y convertirlas, cuando sea posible, en iniciativas, reformas, proposiciones o decisiones del Congreso.
El material presentado por su equipo resume esa función bajo una idea sencilla: “convertir necesidades en leyes”. Desde la Cámara puede presentar, estudiar, debatir y votar proyectos, así como intervenir en modificaciones legislativas que afecten directamente a los territorios que representa.
Para Gómez, sin embargo, legislar no puede reducirse a la producción de normas. El reto está en identificar qué problemas requieren una nueva ley y cuáles necesitan, más bien, que las instituciones cumplan lo que ya está establecido.
Incidir para que el Gobierno responda

Ahí aparece su segundo pilar: incidir.
Una de las funciones del Congreso es ejercer control político sobre el Gobierno Nacional. Gómez ha asumido ese componente como una herramienta para trasladar al Ejecutivo las preguntas que surgen en el territorio y exigir explicaciones cuando las comunidades consideran que no están siendo atendidas.
Su trabajo incluye hacer seguimiento a recursos públicos, programas e inversiones, además de solicitar respuestas a las entidades responsables cuando existen retrasos, incumplimientos o vacíos de atención.
El documento que resume su gestión recuerda que un representante puede citar ministros y funcionarios, pedir explicaciones y promover debates de control político.
Para una curul de paz, esa facultad tiene una dimensión particular: permite que problemas surgidos en municipios alejados de Bogotá puedan terminar siendo discutidos frente a ministerios, agencias nacionales y otras entidades con capacidad de decisión.
Gestionar sin prometer lo que no corresponde
El tercer eje de Gómez es la gestión.
En este punto ha querido hacer una diferencia importante frente a una práctica frecuente de la política regional: presentar al congresista como si fuera directamente responsable de entregar recursos o ejecutar obras.
Gómez sostiene que gestionar significa conectar al territorio con las instituciones, acompañar proyectos, abrir espacios ante ministerios y entidades nacionales y facilitar que alcaldías, gobernaciones y comunidades encuentren interlocución en Bogotá.
Su propio material lo expresa de manera directa: “Gestionar no significa prometer recursos; significa abrir caminos para que las soluciones lleguen”.
Ese enfoque también plantea una forma distinta de medir su gestión. No basta con contabilizar reuniones o fotografías con funcionarios. El resultado debería poder verse en proyectos que superan trámites, compromisos institucionales que se materializan, recursos que encuentran una ruta administrativa y comunidades que logran respuestas concretas.
Acompañar significa permanecer en el territorio
El cuarto pilar es quizá el que mejor diferencia una curul de paz de una representación tradicional: acompañar.
Gómez ha insistido en que su trabajo no puede limitarse al Capitolio. Representar también significa recorrer los municipios, escuchar a las comunidades, conocer directamente sus dificultades y volver con esas realidades a los debates nacionales.
La página 8 del documento con el que explica su labor resume esa idea con una frase contundente: “El Congreso también debe estar en el territorio”. Allí sostiene que representar exige escuchar, recorrer las comunidades y trasladar sus dificultades a los escenarios de decisión.
Para Gómez, esa presencia no es complementaria. Es parte central de la curul.
La razón está en el origen mismo de las CITREP: estos espacios fueron creados para que víctimas y territorios afectados por el conflicto armado tuvieran representación directa en la Cámara. En consecuencia, perder el vínculo con esas comunidades significaría vaciar de contenido la propia razón de ser de la circunscripción.
Una curul que también debe vigilar los recursos
Otro componente que Gómez ha incorporado en su trabajo es el seguimiento a los recursos públicos.
Desde el Congreso puede revisar presupuestos, programas e inversiones, además de exigir explicaciones sobre su ejecución cuando están comprometidos derechos o necesidades territoriales.
Este aspecto resulta especialmente sensible en regiones donde durante años se han acumulado anuncios, obras inconclusas, promesas aplazadas y proyectos que no siempre logran traducirse en mejores condiciones de vida.
Por eso, uno de los desafíos de la curul será demostrar que el control político no se queda en discursos, sino que permite hacer seguimiento a compromisos concretos y poner sobre la mesa responsabilidades institucionales.
La representación se mide por resultados
Gómez ha dicho que su curul nació de las víctimas y de las comunidades y que, por esa razón, debe ejercerla con ellas y para ellas.
Esa declaración eleva también el nivel de exigencia sobre su gestión.
En una CITREP, la representación no puede medirse únicamente por asistencia a sesiones, cantidad de proyectos radicados o presencia en reuniones. Debe medirse por la capacidad de mantener conectados dos mundos que históricamente han estado separados: el de las comunidades que reclaman soluciones en el territorio y el de las instituciones que toman decisiones desde Bogotá.
Esneyder Gómez ha definido su ruta en cuatro palabras: legislar, incidir, gestionar y acompañar.
Ahora el desafío es que esas cuatro palabras produzcan resultados verificables.
Porque una curul de paz cobra sentido cuando la voz que llega al Congreso regresa al territorio convertida en respuestas.