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Jueves, 8 de octubre de 2026

Mi reencuentro con Manuel Zapata Olivella

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Mi reencuentro con Manuel Zapata Olivella
Mi reencuentro con Manuel Zapata Olivella
Foto: Universidad del Atlántico
Grace Patricia Gallego Suárez
Por: Grace Patricia Gallego Suárez

Navegar por el caudaloso río de la vida de Manuel Zapata Olivella es sumergirse en la historia de Colombia vista a través de los ojos de uno de los más grandes pensadores del siglo XX.

Tuve la fortuna de conocerlo en Bogotá, durante los intensos debates que rodearon la Ley 70, la legislación que reconoció los derechos de las comunidades negras. Corría el año 1993; Fabio Villegas Ramírez ocupó el Ministerio del Interior, y César Gaviria Trujillo ejercía como presidente de la República. Zapata Olivella era entonces un hombre marcado por el tiempo, su rostro reflejaba un peso profundo, una especie de cansancio, quizás un dolor latente que parecía trascenderlo.

Releyendo su biografía, entiendo ahora que un severo dolor en su columna mermaba su vitalidad. Aun así, mantenía una sonrisa amplia y generosa, y su voz, grave como un trueno, conservaba la imponencia de sus ideas. Era un orador extraordinario, capaz de transformar cada palabra en una sentencia cargada de fuerza y ​​visión.

Lo vi en el teatro Jorge Eliécer Gaitán, en uno de los foros organizados por las comunidades negras para discutir los principios de la Ley. Entre los Múltiples oradores que se sucedieron en el escenario, su presencia destacaba. “Maestro”, le llamaban con respeto, una especie de reverencia.

Recuerdo cómo lo observé detenidamente: sus anchas patillas, su porte firme y su figura varonil, complementados por esa voz que parecía reverberar en el auditorio. Su sola presencia era magnética, cautivadora. Me pareció un caudillo, un líder de esos que dejan huella en el espíritu de quienes los escuchan. Permanecí allí, hipnotizada, junto a una amiga guajira, sintiendo que era testigo de algo trascendental.

Hoy, al reencontrarme con él en las páginas de una de sus obras más emblemáticas, El Hombre Colombiano, esos recuerdos…vuelven con nitidez a mi memoria.

La obra de Zapata Olivella, es una brújula indispensable para quienes buscan comprender las raíces profundas de nuestra desigualdad, pero también para quienes se atreven a explorar el poder transformador de nuestra diversidad. Su legado es como un río interminable, que sigue alimentando las corrientes del pensamiento de las nuevas generaciones.

Para Zapata Olivella, el mestizaje no era un simple dato biológico, sino un fenómeno histórico y cultural que debía ser reconocido y celebrado en toda su riqueza. En sus novelas, ensayos y relatos, dio voz a los olvidados: los esclavizados, los cimarrones, los marginados. Rescató del olvido sus historias, iluminando la enorme relevancia de sus luchas y aportes en la construcción de nuestra identidad como nación.

A través de su obra, Zapata Olivella nos enseñó que la historia no solo se narra desde el poder, sino desde las voces que el poder quiso ignorar. En ese río de memoria, nos dejó un mapa para entendernos a nosotros mismos y un faro para avanzar hacia un futuro más justo e igualitario.

En mi concepto, históricamente, el Nobel de Literatura ha privilegiado autores europeos o de países con mayor influencia política y cultural en Occidente. Aunque se ha intentado diversificar en las últimas décadas, los autores del sur global, especialmente aquellos que escriben desde una perspectiva afro descendiente, no siempre han recibido la misma atención. Zapata Olivella, al centrar su obra en la diáspora africana y en la experiencia de los marginados, no encajaba del todo en los cánones literarios predominantes en Europa.

Tan grande como Gabriel García Márquez, Manuel Zapata Olivella exploró las raíces más profundas de nuestra identidad y dio voz a los olvidados. El mundo de la literatura le debe un Nobel, no solo por su genialidad, sino por su lucha incansable por dignificar a los invisibles.