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Martes, 6 de octubre de 2026

Mi amiga Soledad y la Soledad de García Lorca

Mi amiga Soledad y la Soledad de García Lorca

LEON GIL

Hoy, lunes 18 de agosto de 2025, se conmemora el 89o aniversario del asesinato de Federico García Lorca; para mí, el más grande poeta español, y junto con César Vallejo, el más grande de Hispanoamérica, uno de los más grandes del mundo y de todos los tiempos.

Antes de dar paso a la historia de Mi amiga Soledad y la Soledad de García Lorca, quiero anotar lo siguiente:

«La palabra «conmemorar« proviene del latín «commemorare», que significa «recordar públicamente» o «meter en la mente completamente». Se forma a partir del prefijo «con-» (junto, completamente), la raíz «memor» (memoria, recuerdo) y el sufijo «-ar» (usado para formar verbos)».

Esta palabra, “conmemorar”, no se aviene, no describe, no precisa toda la rabia, toda la indignación, todo el dolor con que recordamos este infame crimen. Es más que un simple “recordar públicamente”.

Se debería inventar otra palabra, no es lo mismo conmemorar la Asunción de la Virgen María, su supuesta partida de este mundo hacia el cielo (que es más una celebración que una conmemoración: 18 de agosto en Colombia; de hecho, día festivo), que el vil asesinato de Federico García Lorca.

Tal vez una palabra como “conmemorabies”, “conmemodolorem” o “conmemoplorare”: rabia universal, dolor mundial o llanto cósmico sea más justa.

En una de las décimas de su dolorosa y doliente canción Un río de sangre, la divina Violeta canta el crimen de Federico García Lorca (entre otros):

Así el mundo quedó en duelo
Y está llorando a porfía
Por Federico García
Con un doliente pañuelo
No pueden hallar consuelo
Las almas con tal hazaña
Qué luto para la España
Qué vergüenza en el planeta
De haber matado un poeta
Nacido de sus entrañas.

Un río de sangre corre
Por los contornos del mundo
Y un grito surge iracundo
De todas las altas torres
No habrá temporal que borre
La mano de la injusticia
…

Escuchémosla:

https://www.youtube.com/watch?v=PmjfrI-xpM8

Mi amiga Soledad y la Soledad de García Lorca

Siendo un primíparo estudiante de Física en la Universidad de Antioquia, cursé una asignatura llamada Lógica simbólica. Una materia que tiene su principal “aplicación” en los campos de las matemáticas, la ciencia y; por supuesto, la filosofía. De ahí que me sorprendiera un poco enterarme de que en mi grupo había dos chicas de la carrera de Trabajo Social y un chico de Psicología.

Mucho tiempo después supe que, por ese entonces, nuestro grande y querido poeta José Manuel Arango – quien recién había publicado su primer libro de poemas, Este lugar de la noche (1973) – también dictaba este curso, además del de filosofía del lenguaje. No me tocó en suerte que fuera mi profesor (en su lugar, fue un abominable, pedante y petulante sujeto de cuyo nombre me acuerdo, aunque quisiera no acordarme). Pero una veintena de años más tarde tuve el gusto y el honor de tratarlo personalmente con alguna frecuencia; y el mediodía del 5 de abril de 2002, la pena de recibir la mala nueva de su muerte; casi que desde su lecho, en la Clínica cardiovascular de Medellín, gracias a la llamada telefónica de su íntimo amigo, el escritor y periodista Juan José Hoyos.

Al poeta le falló su enorme corazón, el mismo que nunca le faltó para sus amigos, el que para siempre seguirá latiendo en su poesía.

Bien, podría parecer que lo escrito hasta aquí nada tiene que ver con mi historia; esto es, mi amiga Soledad y la Soledad de Federico García Lorca. Pero, como luego se verá, no es así, pues en realidad la historia trata de la poesía, el drama, la tragedia y la pena.

Continúo: una mañana, luego de finalizar la clase (era de 6 a 8 A. M.), estaba yo tomando tinto en una mesa de la cafetería de Comunicaciones, cuando –no encontrando otra disponible–, vinieron a sentarse a la mía un chico y dos chicas. Ya nos reconocíamos de vista como condiscípulos, pero jamás habíamos cruzado palabra alguna, fuera de un formal ‘hola’.

Nos presentamos normalmente. Sergio era el nombre del muchacho. Estudiante de psicología y hermano de la protagonista de esta historia. Ambas chicas estudiaban trabajo social. Una de ellas era una morena pequeña, completamente simpática y hermosa, se llamaba Olga. La otra, riendo con sus bellos labios rojos y sus grandes ojos negros, y sin dejar de mirarme, dijo, “permiso, voy al baño”. Era muy flaca, de estatura mediana, blanca, alegre y de una como baudelaireana ‘extraña belleza’. Su cabello castaño; no obstante tenerlo recortado por la nuca, lo hacía ondular graciosamente con los rápidos y repetidos movimientos de su inquieta cabecita. Era imposible no pensar en los pájaros, que tienen que hacerlo así todo el tiempo, para poder detectar a sus posibles depredadores, siempre al acecho. E imposible también no pensar de inmediato en ‘Como un gorrión’, la bella y entrañable canción de mí – “a pesar de los pesares” –  siempre amado Joan Manuel Serrat.

Desde el primer momento que la miré a los ojos, tuve la impresión de que en su mirada se alternaban la alegría y una como remota o postrera tristeza. No obstante, su risa y su voz parecían tocadas de luces y música de fiesta.

Al regresar del baño, se paró frente a mí, tendiéndome su fría y finísima mano de pájaro; y como tocándome con su sonrisa, su deliciosa voz y sus grandes ojos negros, dijo, inclinando su cabecita: “Soledad, Soledad Montoya”. Eso me pareció algo extraño y a la vez simpático, tanto que yo, que por timidez jamás bromeo con personas que apenas conozco; sin soltar su mano ni dejar de mirar sus brillantes y cálidos y grandes ojos negros, me atreví a gastarme una broma: “Bond, James Bond”, le dije. Y fue esa la primera vez de las muchas que reímos los cuatro; y en especial, yo y ella.

Terminado mi tinto me despedí, para asistir a clase de 8 a 10 am. Todos anotamos nuestros números telefónicos.

Durante ese día –y muchos días y años– no se apartaría de mi mente la bella y alegre y extraña imagen de Soledad Montoya.

Pocos días antes de nuestra presentación hubo un quiz. Su primera llamada telefónica fue para contarme que había sacado dos con tres (2,3). No sé, o no recuerdo cómo, supo que yo había sacado cinco (5.0), pues en la lista que fijaban los profesores en la ventana de su oficina sólo aparecía el número del carnet estudiantil. Me preguntó si podíamos estudiar juntos para el primer parcial. Nos reuníamos los cuatro en la universidad y algunas veces en su enorme casa de sus padres, ubicada en el barrio Laureles. Era una familia de clase media alta. La mía, de estrato medio bajo. Vivíamos en un barrio, “En la parte alta abajo”. Tal como tituló su primer libro de poemas el primer cantor de nuestras comunas populares: el poeta Helí Ramírez.

Ambos hermanos eran muy generosos y deferentes conmigo (y con Olga Lucía), jamás me dejaban comprar o pagar algo; ni fotocopias, ni tintos, ni gaseosas, ni pasteles, ni empanadas, ni helados, ni pasajes ni nada; por el contrario, me daban la ‘liga’ para los pasajes. Yo era la “nerdo” del grupo y; evidentemente, era más que suficiente el modesto aporte de mi cacumen.

Jamás la llamé por su nombre: Soledad (hasta el día de hoy no sé si tenía o no otro nombre). Sólo pronunciaba su nombre cuando preguntaba por ella en el teléfono. Tampoco le hice bromas con el título de esa gran canción de Rolando Laserie: Hola soledad. No dudaba que estaba harta de escucharlas. Tampoco la llamé jamás con alguno de esos hipocorísticos que; en general, detesto utilizar. Cuando lo hago, siento como si dijera un apodo. Además, me parece ridículo; ¿por qué no los bautizan de una vez Nata (o Nati) Fernández, Sebas Arango, Cata Rodríguez, Fede Zuluaga, Sofa Marín, Pepe Mujica, Juancho, Chepe, Lupe, Chava, Nacho, etc.?

Así que jamás le dije Sol (¡mi Sol!), Sole o Solecito como le decían sus amigos y en casa. Al comienzo; cuando estábamos reunidos, evitaba nombrarla. Cuando tuve algo de confianza, simplemente le decía ‘Flaca’. Siempre la llamé, y la llamaré; aunque sólo sea en el recuerdo: ¡Flaca!

Intentaré abreviar esta historia: yo solía pasar mucho tiempo en la biblioteca. Como éramos tantos los que no teníamos para comprar los libros de texto, nos tocaba madrugar a pedirlos en “reserva”. Un día me dirigí con los míos hacia una mesa, donde había algunos esparcidos, y comencé a amontonarlos en una esquina. No sé por qué razón llamó mi atención uno de ellos (pudo haber sido, inconscientemente, la lastimosa mirada de la mujer que aparecía en la carátula). Su título era Romancero gitano, y su autor, el poeta Federico García Lorca, de quien jamás había leído un solo verso. Por entonces mi ignorancia en materia literaria –y en muchas otras más– era enorme y total. Algo que no me avergonzaba; todo lo contrario, casi que –neciamente, como lo comprendí más tarde– hacía alarde de ella, de la rígida y rigurosa formación técnica y matemática recibida en el Instituto Técnico Industrial Pascual bravo, donde obtuve el título de Bachiller Técnico Industrial, y de mi condición de estudiante de física pura, la que para mí era y es la reina de las ciencias, la ciencia por antonomasia. No me interesaban las artes ni la literatura, salvo dos o tres escritores y filósofos, uno que otro pintor, algunas bandas de rock y algunos compositores de música clásica. Análogo error cometen filósofos y demás humanistas, cuando desdeñan el estudio de las ciencias y las matemáticas. Eso lo demostró muy bien el filósofo Ludwig Wittgenstein, quien llegó a afirmar que por esa causa la filosofía estaba muerta.

Volviendo al libro, no puedo decir que no recuerde la edición, pues por aquel entonces poco o nada me importaban esos importantes aspectos bibliográficos. Pero recuerdo que al hojearlo (y ojearlo) vi que contenía algunos dibujos, realizados por el mismo autor de los poemas (era un libro de poemas). Así, me encontré con el dibujo de la carátula, y me detuve a leer el poema que ilustraba:

Mi amiga Soledad y la Soledad de García Lorca
Soledad Montoya, dibujo de Federico García Lorca

Romance de la pena negra
A José Navarro Pardo

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.

—Soledad: ¿por quién preguntas
sin compaña y a estas horas?
—Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.

—Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca,
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.

—No me recuerdes el mar
que la pena negra, brota
en las tierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.

—¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y de boca.

—¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo
de la cocina a la alcoba.

¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache, carne y ropa.
¡Ay, mis camisas de hilo!
¡Ay, mis muslos de amapola!
—Soledad: lava tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.
*
Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza
la nueva luz se corona.
¡Oh, pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh, pena de cauce oculto
y madrugada remota!

Creo que resulta obvio para el lector que yo estuviera atónito, maravillado, casi que alucinado: la protagonista del gran poema de García Lorca tenía el mismo nombre y apellido de “mi” Flaca: Soledad Montoya.

Leí y releí no sé cuántas veces el dramático Romance de la pena negra, del grande y bello Federico García Lorca, y algo en mí quedó tocado de una como extraña angustia, de un inexplicable dolor, de un gran desasosiego.

Estando casi seguro de que mi amiga Soledad tampoco conocía el poema, quise sorprenderla, y ese mismo día me fui para la legendaria ‘Librería Continental’ y compré el libro, el Romancero gitano, con la misma Soledad Montoya que dibujara el poeta ilustrando la carátula.

Al día siguiente, después de clase, les dije (a Sergio, Olga Lucía y Soledad) que les quería leer un poema. Fue evidente que esto les causó sorpresa, pero también curiosidad. Y comencé a leer con gravedad, muy lentamente (siempre he sido bueno para leer en voz alta) el Romance de la pena negra:

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.
Cobre amarillo, su carne
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.

—¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
…

Y le entregué el Romancero Gitano de García Lorca a Soledad Montoya; con una dedicatoria que recuerdo perfectamente, pero que no quiero citar porque ahora me parece bastante cursi y patética.

El Romance de la pena negra fue musicalizado exitosamente por Fito Páez, pero a muchos nos gusta más la versión o interpretación de Ana Belén, es como más dramática, tal como lo exige el poema. Por algo es también una excelente actriz:

https://www.youtube.com/watch?v=RLzoGnzU2bA

Diez o doce años después, estando yo con una pareja amiga, casi a media noche, sentados en una jardinera, frente al mítico café-bar La Arteria… Permítanme un breve paréntesis, antes de narrar la anécdota, contar a quien no la haya conocido, que ‘La Arteria’ era un café-bar, el más antiestético del mundo. Carecía de cualquier tipo de decoración. Sólo tenía, pegados hasta en el baño, avisos a mano y carteles impresos, anunciando múltiples eventos culturales. No había “piano traganiquel” o rocola, ni equipo de sonido, mucho menos televisor. Estaba destinado sólo para hablar, charlar, reírse o discutir como ajustarle dos o tres tornillos al mundo; como solíamos decir entonces. Allí concurrían poetas, escritores, artistas, teatreros y, sobre todo, estudiantes de todas las facultades de la Universidad de Antioquia. Estaba ubicado sobre La Playa, entre El Palo y Girardot, subiendo, a mano derecha. Era pequeño, en realidad fue un garaje. Si mal no recuerdo, no tenía más de seis o siete mesas. Así que en la acera y las jardineras podía haber hasta diez veces más clientes que adentro. Se cerró en 1990.

Decía que estábamos mi amigo, su novia y yo sentados en una jardinera, debajo de una gran ceiba –que tampoco existe ahora– cuando escuché una escandalosa voz de mujer gritando “Profe, mi profe”. No levanté la cabeza para mirar de quien se trataba, pues a pesar de que yo era un ‘profe’, también sabía que allí mismo debía haber otros profes más en ese momento; y no quería ser como uno de aquellos del viejo chiste: que cuando en un lugar público alguien grita “¡poeta!”, todo el mundo se vuelve, como si fuera el aludido.

Y de nuevo la enronquecida y alborozada (más preciso sería decir alborotada) voz volvió a gritar: “profeee, mi profe lindooo”. Y de pronto unas grandes ruinosas botas, como vangoghianas, estaban frente a las mías. Lentamente subí la mirada, y apareció una andrógina, asexuada figura, como la de un espantapájaros, pero no como esos hinchados, repletos de trapos viejos, sino como esos que se forman con dos simples palos en cruz, a la que se le pone camisa, pantalones y sombrero. Esta mujer llevaba un grande, deslucido y arrugado overol de jean y una cachucha con enorme visera; además, una vieja mochila, de la que colgaba un raído buzo rojo. Luego se acuclilló para estar a mi altura, me abrazó y me besó varias veces en las mejillas, y mirándome con esos desorbitados ojos que relampagueaban en sus descarnadas cuencas, me preguntó, ladeando su cabeza: “¿profe, de verdad no se acuerda de mí?, soy Soledad, Soledad Montoya. Claro, que me va a reconocer, como estoy de fea, de papeleta”. Y soltó una breve y triste y horrible risita, que dejó ver sus amarillos y cariados dientes.

Hablamos brevemente de su vida en las calles, de su infierno en la bazuca. Se puso a llorar, y aproveché el momento para sacar un billete y decirle: “fresca, Flaca, es la vida, mañana puede cambiar todo. De momento, nada de penas, vaya trábese, y pa´ delante”. Sólo quería que desapareciera de inmediato de mi vista, de mi mente.

Apenas la vi desaparecer con su tumba’o de indigente doblando una esquina, tomé la botella, y a morro bebí un interminable trago de aguardiente. Y empecé a cantar:

Sola, fané, descangayada,
La vi esta madrugada
Salir de un cabaret;
Flaca, dos cuartas de cogote
Y una percha en el escote
Bajo la nuez;
Chueca, vestida de pebeta,
Teñida y coqueteando
Su desnudez…
Parecía un gallo desplumao,
Mostrando al compadrear
El cuero picoteao…
Yo que sé cuándo no aguanto más
Al verla, así, rajé,
Pa´ no llorar.

Y pensar que hace diez años,
Fue mi locura
Que llegué hasta la traición
Por su hermosura
Que esto que hoy es un cascajo
Fue la dulce metedura
Donde yo perdí el honor;
Que chiflao por su belleza
Le quité el pan a la vieja,
Me hice ruin y pechador.
Que quedé sin un amigo,
Que viví de mala fe,
Que me tuvo de rodillas,
Sin moral, hecho un mendigo,
Cuando se fue.

Nunca soñé que la vería
En un «requiscat in pace»
Tan cruel como el de hoy.
Mire, si no es pa’ suicidarse
Que por ese cachivache
Sea lo que soy
Fiera venganza la del tiempo,
Que le hace ver deshecho
Lo que uno amó…
Este encuentro me ha hecho tanto mal,
Que si lo pienso más
Termino envenenao.

Esta noche me emborracho bien,
Me mamo, bien mamao
Pa’ no pensar.

       Esta noche me emborracho bien, el duro, cruel, dramático tango, con letra y música del gran discepolín: Enrique Santos Discépolo.

Adjunto la versión de Hugo del Carril, en la película ‘A media luz (Salón Fru Fru)’:

https://www.youtube.com/watch?v=9pPWtEqMuGc


Además, anexo un glosario con las palabras del lunfardo utilizadas en la canción:

Fané: Arruinada, avejentada, marchita, desgastada, deteriorada, venida a menos, ajada, descolorida, estropeada.

Descangayada o descangallada, es palabra española procedente del gallego y del portugués, significa literalmente descoyuntada y también maltrecha, malherida, …

Cogote: Parte trasera del cuello, o nuca.

Chueca: Persona de pies o piernas torcidas, estevada, patituerta, coja.

Pebeta: Persona que se encuentra en la adolescencia o juventud. Sinónimos: chavala, chica, joven, muchacha.

Rajar: Irse, huir, escapar, abandonar rápidamente un lugar, correr para librarse de algún acoso o molestia

Pechador: oportunista, estafador

Cachivache:  Persona o cosa que no sirve, inútil, despreciable.

Mamarse: Emborracharse.

ÑAPA

Leonard Cohen aprendió español, principalmente, para poder leer la obra de Federico García Lorca. Cohen mismo ha declarado que la lectura de las traducciones de Lorca fue una influencia fundamental en su desarrollo como escritor y músico.

Leonard Cohen llamó a su hija Lorca, Lorca Cohen, como un homenaje al poeta. También, en 1988, escribió una versión del poema de Federico García Lorca titulado «Pequeño vals vienés» (del poemario Poeta en Nueva York), el cual musicalizó con el título «Take This Waltz«.

Veamos y escuchemos esta grandiosa canción, subtitulada en inglés y español:

https://www.youtube.com/watch?v=jWMOqVKHeSQ&list=RDjWMOqVKHeSQ&index=1


Nota editorial:
La imagen “Soledad Montoya”, de Federico García Lorca, se utiliza aquí únicamente con fines culturales, ilustrativos y no comerciales. Los derechos corresponden a la Fundación Federico García Lorca o a sus legítimos titulares.

Otras publicaciones de León Gil en Proclama del Pacífico:

León Gil

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