Los oficios que se llevó el tiempo


Los oficios que se llevó el tiempo

Esta mañana amanecí nostálgico. Haciendo un poco de circo, publiqué en mi Facebook una entrada:
No es vanidad… o quizás sí, pero, ¿a quién le importa? Esto no es presunción, ni un exceso de autoestima… aunque algunos digan que me lo estoy creyendo mucho. Pero miren, no puedo evitarlo: los que somos modelo 1952 tenemos algo especial.
A lo largo de los años, he visto a otros “modelos” envejecer, perder brillo, hasta acabar en el olvido… Pero este 52 sigue despertando miradas de asombro, suspiros y hasta un par de sonrisas nostálgicas. Es como si el tiempo se hubiera detenido para mantenernos… ¿cómo decirlo? Impecables, como un buen vino que se pone mejor con los años.
Y aquí tienen la prueba: mi certificado de nacimiento original (elaborado a mano, como se hacían las cosas buenas antes) y este imponente compañero mío, también un modelo 52, con una carrocería y potencia que más de un modelo reciente envidiaría.
¡No hay forma de negarlo! Los 1952 no solo somos reliquias… somos leyendas vivientes.


Como ven, un solo detalle puede abrirnos la puerta a un mundo de recuerdos. Al revisar mi registro de nacimiento, elaborado a mano, volví a encontrarme con la palabra «Talabartero», escrita como profesión de mi padre, Alfonso Luna Solano (fotografía). Ese simple título, en apariencia pequeño, me llevó a recordar la dedicación y la habilidad que acompañaban cada uno de sus días de trabajo, y también me hizo pensar en la gran cantidad de oficios que, como el suyo, han ido desapareciendo en el tiempo, desplazados por la modernidad y la tecnología.
Esta profesión tan antigua, que quizás pocos jóvenes de hoy reconozcan, era vital en su época. Me di cuenta de que, detrás de cada oficio perdido, hay historias y personas que dieron forma al mundo en el que vivimos. De esa reflexión nace este artículo, una invitación a recordar y valorar esos oficios de antaño, y a reconocer el papel que jugaron en nuestras comunidades y en la vida de quienes los ejercieron.
La modernidad y la tecnología han cambiado el mundo de manera fascinante, pero en el proceso, también han dejado atrás algunos oficios que hoy muchos desconocen. Profesiones tan valiosas como el talabartero, que durante siglos fue el encargado de trabajar el cuero para hacer sillas de montar, cinturones y arneses para animales de carga, han ido desapareciendo poco a poco.
Los invito a que me ayuden a completar la siguiente lista:
Afilador de cuchillos y tijeras
Antes de que los electrodomésticos se abarataran y las tiendas nos inundaran de artículos desechables, el afilador era una figura popular en cada barrio. Con su piedra de afilar y su bicicleta o carrito, iba de calle en calle ofreciendo su servicio. Aunque todavía existe en algunos lugares, la cultura del “úselo y tírelo” ha hecho que este oficio esté en declive.
Serenatero
La idea de un «serenatero» probablemente evoque escenas de películas, pero en su tiempo, quienes se dedicaban a dar serenatas eran mucho más que músicos ambulantes: eran cómplices de las grandes historias de amor. En épocas sin teléfonos o mensajes instantáneos, el serenatero daba voz a los sentimientos. Con la llegada de la música digital y las plataformas de streaming, el oficio ha ido perdiendo su esencia.

Lencero o lavandero
Recordando a don Jorge Arias, “Caucano”, que tenía su lavandería sobre el río Quilichao, recuerdo la figura del lencero que recogía ropa sucia en cada casa para devolverla impecable; es otra profesión que casi ha desaparecido. Hoy, las lavadoras y secadoras en el hogar han reemplazado el servicio que estos profesionales ofrecían, con su conocimiento de los diferentes tejidos y sus secretos para eliminar manchas rebeldes.
Desde Gutenberg hasta la rotativa digital
Como viejo periodista del periódico, he hecho un largo viaje con la palabra impresa, que comenzó con una revolución: la invención de la imprenta por Johannes Gutenberg en el siglo XV.
Trabajé en tipografía que fue, sin lugar a dudas, la primera gran etapa en este viaje. Los tipógrafos, verdaderos artesanos de la palabra (en Santander de Quilichao era don Adriano López), tenían en sus manos la responsabilidad de ensamblar minuciosamente cada letra, cada palabra, utilizando tipos móviles que se colocaban a mano. Este proceso, aunque arduo, era un ritual de precisión, que transformaba una idea en una obra impresa.
Luego llegó la litografía, un avance clave en la producción de imágenes y textos, que permitió que los periódicos y libros no solo fueran más accesibles, sino también más ilustrados. Con la litografía, el proceso de impresión se hacía más eficiente y rápido, permitiendo que las publicaciones llegaran a un público más amplio. Pero no fue hasta la rotativa —esa máquina monumental que cambió la producción de periódicos— que el proceso se aceleró de manera significativa, permitiendo la impresión masiva a gran velocidad, ideal para el periodismo en tiempos de grandes cambios.
Con la llegada de la tipografía digital y la computadora, todo dio un giro inesperado. Los compases de la máquina de escribir y las pesadas cajas de tipos desaparecieron, dejando paso a la automatización y a los programas de diseño y edición digital. Hoy, las computadoras y las impresoras modernas permiten que un periódico o libro se pueda crear en cuestión de horas, con una velocidad impensable para los antiguos impresores.
Telefonista
El sonido de las voces que contestaban “¿en qué le puedo ayudar?” desde una central telefónica era algo familiar. Las telefonistas se encargaban de conectar llamadas manualmente antes de que las telecomunicaciones se automatizaran. Hoy, las redes digitales y los sistemas automáticos de atención han reemplazado este rol tan valioso.
No puedo hablar de oficios perdidos sin rendir un homenaje especial a mi profesora de taquigrafía y mecanografía. Ah, esa mujer legendaria, capaz de detectar un error de dedo en un aula ruidosa con el mismo instinto de un halcón en busca de su presa. Ella, armada con su inconfundible regla de madera, era el terror de los dedos errantes y las teclas que no obedecían.
A mi querida profesora de taquigrafía, que se desvivía porque aprendiéramos «taqui», sobre todo las damas, como si fuese el idioma del futuro, le debemos más que risas: le debemos el respeto por una era en la que escribir era tanto una coreografía como una batalla. Y, aunque sus lecciones quedaron en el pasado, todavía nos reímos al recordar su velocidad y precisión, que ni las modernas tabletas han logrado igualar.
Fotógrafos ambulantes
¿Quién no recuerda en las calles del norte del Cauca a Sofonías Vidal? Este personaje con su cámara colgada, dispuesto a capturar las mejores sonrisas espontáneas o momentos dignos de portada. En lugar de filtros y selfies, se arrastraban con un gran trípode y un «click» que retumbaba como un cañonazo. La fotografía instantánea no existía, pero ellos, con su magia de revelado, inmortalizaban a la gente en blanco y negro. ¡Que vivan los «reyes» de la foto fija!
Carteros
De puerta en puerta, el cartero traía noticias frescas, recibos y, claro, esas cartas con el olor a papel y tinta que, hoy, parecen parte de un relato de película. Si alguna vez te preguntaste cómo era la vida antes de los WhatsApps y los correos electrónicos, la respuesta era simple: «¡El cartero siempre llama dos veces!»… y con buenas noticias o alguna factura, ¡quién sabe!
Telegrafistas
Estos maestros del código Morse tenían los dedos más rápidos del Oeste. Antes de que existieran los SMS o correos electrónicos, la comunicación urgente pasaba por su máquina, donde, con solo golpear unas teclas, enviaban mensajes más rápidos que un rayo (¡en comparación con los antiguos telegramas, claro!). Si un telegrafista levantaba el dedo, ¡todos callaban!
Modistería, sastrería
¿Recuerdan esos sastres que con una aguja, hilo y dedal transformaban a un simple mortal en todo un caballero? Yo sí recuerdo a don Elí Morales, que vivía frente al parque principal de Quilichao. Las modistas, con su habilidad de hacer un vestido o una camisa a la medida, tenían el poder de salvar o hundir un evento importante. Hoy en día, los trajes parecen venir todos de la misma fábrica… ¡y la personalización se limita a elegir el color!
Zapatero
“Palillo” Escobar, por ejemplo, era el zapatero, el alma del barrio, arreglaba zapatos, botas y hasta «patines». ¿Zapatos rotos? No problema. «Aquí hay un par de clavos y mucha, mucha paciencia», decía. ¡Que no se te rompa el tacón, porque allí estaba el zapatero, listo para hacer magia con su caja de herramientas!
El herrero
Con su yunque, martillo y unos cuantos kilos de acero, el herrero hacía todo, desde clavos hasta puertas y cuchillos. Lejos de los avances tecnológicos, el herrero era el verdadero ingeniero del pueblo, arreglando lo que se rompía o fabricando lo que se necesitaba. Y si te quedabas sin herradura, pues ya sabes, ¡al herrero!
El boticario
¡Ah, el boticario! Antes de las farmacias de 24 horas, las boticas en Quilichao, de don Zenón Morales, o del señor Ricardo Prieto, eran el centro de la salud del pueblo. Si alguien tenía un dolor de estómago o una tos persistente, acudían al boticario, quien, con frascos y frascos de «medicina mágica», te recetaba el remedio de la abuela (que a veces funcionaba y otras, ¡no tanto!).
Lechero
El noble lechero, portador de la leche fresca y el olor a campo, traía las botellas con leche en la mañana, junto con huevos, mantequilla y a veces hasta jugo de naranja. Era don Alberto Barney en su destartalado Toyoya con pito de vaca, entregaba a domicilio con una sonrisa y el sonido del cántaro de leche que resonaba por las calles. Claro, hoy en día, la leche ya no viene de la vaca, sino del supermercado… ¡y no se necesita que nadie venga a tocar la puerta para entregar el «alimento de la vida»!
Pregonero
Este mítico oficio servía para dar las noticias más importantes. Y, ¿cómo lo hacían? A gritos. Desde los anuncios de festividades hasta los cambios políticos, el pregonero lanzaba sus anuncios con tal volumen y entusiasmo que todo el vecindario se enteraba. En Santander de Quilichao, ¿quién no recuerda a “Avispón”? Con su voz inconfundible y su estilo único, el pregonero era el Twitter de aquellos tiempos, pero con mucho más… ¡ruido!
¡Y así, entre risas y nostalgias, seguimos recordando estos oficios que, aunque desaparecidos, dejaron una huella imborrable en nuestras calles!

El valor de recordar
A medida que nos adentramos en una era cada vez más digital, recordar y reconocer estos oficios es una forma de valorar a quienes los ejercieron con tanto orgullo. Cada uno de estos trabajos representa no solo una habilidad específica, sino también una historia humana, una forma de vida y un legado que la modernidad no debe hacer olvidar. Así que, la próxima vez que veas una pieza de talabartería o escuches una vieja canción de serenata, recuerda que esos oficios dejaron una huella única en la cultura y en las vidas de quienes los practicaron.
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