Los colombianos no son de derecha

Pero tampoco de izquierda, menos, de centro.

La ausencia de una verdadera cultura política, la falta de ideologías claras y consolidadas en las clases populares, que constituyen la mayoría electoral en Colombia, es el origen del clientelismo arraigado, donde los votos son intercambiados por favores o beneficios inmediatos.
Y por eso es que en Colombia el ejercicio democrático se reduce a una dinámica de elecciones como mero trámite formal, donde el debate político carece de profundidad favoreciendo la consolidación de élites que no representan genuinamente al pueblo.
Ignorancia política: la herramienta del poder
En 214 años de historia republicana, esa ignorancia política, esa carencia de ideologías, ha sido la estrategia de las élites para mantener el control y la necesaria desconexión del ciudadano con la toma de decisiones que lo afectan.
Por eso es que los ciudadanos comunes son masa manipulable al antojo de unos pocos dirigentes que, escudados en corrientes políticas superficiales, han conducido el destino del país según sus intereses personales o de clan familiar.
Desde el primer gobierno de Simón Bolívar hasta la actual administración de Gustavo Petro, el sistema ha demostrado una notable continuidad en la perpetuación de un modelo de consenso entre sectores influyentes del país para mantener el control de la sociedad. No importan los partidos.
Disrupciones históricas: la excepción, no la regla
Aunque han existido episodios disruptivos como golpes de Estado y “estallidos sociales”, estos momentos han sido la excepción, no la regla.
En consecuencia, es posible calcular, con un alto grado de certeza, quién podría ser el próximo presidente de Colombia como resultante de un análisis técnico que combina factores históricos y patrones de comportamiento electoral.
Miremos: desde la Primera República (1810-1816) pasando por la Gran Colombia (1819-1831), República de la Nueva Granada (1831-1858), República de la Confederación Granadina, Estados Unidos de Colombia (1863-1886), hasta la actual República de Colombia (1886–actualidad), se han sucedido 96 presidentes (Gustavo Francisco Petro Urrego es el cuadragésimo segundo -42-presidente que ha tenido la actual república).
A pesar de las transformaciones en los sistemas administrativos, el poder siempre ha permanecido en manos de un grupo restringido de élites nacionales y regionales, que, identificándose como centralistas o federalistas, liberales o conservadores, según las conveniencias del momento histórico, se alternan en el ejercicio del control estatal.
Este ciclo ancestral evidencia que las elecciones colombianas han sido menos un proceso de renovación democrática y más un mecanismo para legitimar acuerdos preexistentes. Incluso en las últimas décadas, donde el discurso del cambio y la inclusión ha ganado relevancia, los patrones electorales han demostrado una inclinación hacia opciones que aseguren estabilidad para los sectores económicos predominantes, aun si esto implica una narrativa de transformación.
Las mayorías populares han sido históricamente vinculadas a liderazgos regionales que canalizan el acceso a recursos y beneficios. Esto perpetúa un sistema clientelista que restringe la posibilidad de alternativas independientes o de base popular real.
¿Quién será el presidente en 2026?
Aún faltando más de 17 meses para el domingo 26 de mayo de 2026, es posible delinear ciertos rasgos que definirán al próximo presidente de Colombia, basándonos en patrones históricos y el contexto actual.
Está demostrado que el electorado colombiano puede coquetear con discursos de cambio radical, como lo demostró la elección de Gustavo Petro, pero tiende a corregir el rumbo después de la disrupción; por eso, el sucesor de Gustavo Petro posiblemente provendrá de una corriente política que enfatice el pragmatismo económico y el fortalecimiento de las instituciones tradicionales.
Aunque es imposible nombrar con absoluta certeza al próximo presidente de Colombia, el análisis de los últimos 214 años de historia política nos permite inferir que el mandatario que gobernará hasta 2030 será el resultado de una re-configuración del poder élite-región, enmarcado en la necesidad de superar la polarización del actual gobierno y garantizar estabilidad. Este ejercicio no es un simple acto de adivinación; es un análisis informativo y fundamentado que invita a reflexionar sobre las estructuras profundas que determinan el curso político de nuestra nación.
Un sistema de herencia política
Colombia, como ha demostrado su historia, no elige presidentes por azar. Cada elección es una pieza más de un sistema que equilibra los intereses de quienes siempre han ostentado el poder. Así, el próximo presidente no será la excepción, sino la continuación de un ciclo que, hasta ahora, ha demostrado ser inquebrantable.
Es que Colombia, además de ser un país rico en biodiversidad, también tiene un ecosistema único en la reproducción de linajes políticos. Resulta casi un espectáculo de la naturaleza cómo las mismas familias han logrado perpetuarse, como si la Presidencia fuera un bien heredable y no una lotería democrática. Aquí, no solo se reparten las fincas, las mansiones o las bibliotecas; el poder también se hereda con apellidos que parecen incluir un “derecho divino” en su significado.
Fíjense en el caso de Tomás Cipriano de Mosquera, conocido como “El León del Cauca”, quien, gracias a su inquebrantable tenacidad política (y cuatro periodos presidenciales), aseguró que su apellido Mosquera resonara durante generaciones. Luego vino la familia Valencia, que tomó el estandarte político en Popayán, con Guillermo León Valencia llegando a la Presidencia. Y aquí estamos, en pleno siglo XXI, con su nieta, Paloma Valencia, asegurando que la tradición caucana siga dando qué hablar. ¡Eso sí que es administración del legado familiar!
¿Y qué decir de los Ospina? Mariano Ospina Rodríguez debutó como presidente de la Confederación Granadina en 1857. Su hijo, Pedro Nel Ospina, no quiso quedarse atrás y 65 años después demostró que también sabía manejar el país (o al menos eso decía). Y como en las buenas familias todo se hace por triplicado, Mariano Ospina Pérez aseguró el turno en 1946, cuando las fotos en blanco y negro estaban de moda.
Por supuesto, los López no se quedaron atrás. Alfonso López Pumarejo llevó la batuta presidencial dos veces, y cuando parecía que la familia se retiraba, su hijo, Alfonso López Michelsen, dijo: “Esto no se acaba hasta que se acaba” y tomó el poder en 1974, para que nadie olvidara que el apellido seguía vivo y vigente.
Y si de vigencias hablamos, ¿quién puede olvidar a los Santos? Eduardo Santos Montejo, allá por 1938, ya demostraba que los editoriales de El Tiempo tenían peso político. Años después, su sobrino nieto, Juan Manuel Santos, demostró que en Colombia el poder no solo se hereda, sino que se moderniza: de las plumas de papel a los acuerdos de paz en televisión HD.
¿Y los Lleras? Alberto Lleras Camargo se aseguró de que su primo segundo, Carlos Lleras Restrepo, tuviera también su momento de gloria presidencial. Eso sí, Carlos no perdió tiempo y decidió preparar a la siguiente generación, porque el linaje debía mantenerse. Ahí quedó Germán Vargas Lleras, siempre listo para el próximo llamado.
La familia Pastrana tampoco se queda atrás. Misael Pastrana Borrero, con su sello conservador, mostró en los años 70 cómo se dirigía un país con corbata y buenos modales. Y su hijo, Andrés Pastrana Arango, retomó la tradición casi tres décadas después, probando que la política en Colombia tiene algo de efecto dominó: un apellido empuja al siguiente.
Pero no nos engañemos: este sistema no tiene que ver con ideologías. Como bien lo dijo alguien alguna vez: “En Colombia no importa ser de izquierda o derecha; lo importante es saber en qué lado del árbol genealógico estás”.
El futuro se escribe con apellidos
Por eso, no hay indicios de que este modelo de transición familiar esté agotado. La historia muestra que no importa cuánto hablemos de cambio o transformación; el consenso nacional sigue siendo que el poder, como el buen café, se queda en casa. Así que, si quiere predecir al próximo presidente de Colombia, no busque en las promesas de campaña ni en los debates televisados. Mejor revise las genealogías, porque en este país el futuro se escribe con apellidos, no con ideologías.
Entonces… ¿ya logró deducir quién será el presidente 2026-2030?



