Cómo cambió el caudillismo desde Gaitán hasta De La Espriella

Por: Luis Esteban Rivera Fuli
Cada época produce su propio caudillo. En nuestro caso, el tránsito ha sido de la plaza pública al algoritmo. La elección de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia no solo representa la victoria de un candidato. También refleja cómo, en un contexto de creciente desconfianza institucional y personalización de la política, el liderazgo vuelve a concentrarse alrededor de figuras capaces de conectar emocionalmente con los ciudadanos. Se ha sostenido con frecuencia que el caudillismo desaparecería, pero no desapareció con la modernización de la democracia. Evolucionó. Lo que cambió no fue el caudillo, sino el escenario en el que construye su legitimidad.
Jorge Eliécer Gaitán entendió que la política era, ante todo, una relación emocional entre un líder y el pueblo. La plaza pública era el lugar donde esa conexión se hacía visible: el discurso, la multitud y la cercanía física legitimaban su liderazgo. Décadas después, Álvaro Uribe conservó ese componente personalista, pero lo amplificó mediante la televisión, la radio y los consejos comunitarios. El medio cambió, pero la lógica permaneció: hablarle directamente a los ciudadanos, reduciendo la distancia entre el líder y la gente.
La victoria de Abelardo de la Espriella confirma una nueva mutación de ese fenómeno. La plaza pública fue reemplazada por el algoritmo. La tarima cedió su lugar a los lives en redes. Hoy el liderazgo ya no depende únicamente de llenar escenarios, sino de ocupar de manera permanente la conversación digital.
Su campaña comprendió que las redes sociales no son un complemento de la estrategia política, sino el escenario principal donde ahora se construye el liderazgo. Antes de consolidar una organización política, consolidó una audiencia. Antes de fortalecer una estructura electoral, fortaleció una marca personal. Cada video, cada intervención y cada controversia hicieron parte de una conversación permanente que mantuvo su candidatura en el centro del debate público. A esto se suma algo importante: la producción constante de piezas virales, canciones de campaña y propagandas diseñadas no solo para informar, sino para generar identificación emocional y circulación masiva, reproduciendo en el entorno digital el fervor popular que antes se concentraba en la plaza pública.
El contraste con la campaña de Iván Cepeda resulta ilustrativo. Mientras la estrategia de Abelardo giró alrededor de una presencia permanente en redes sociales y de la construcción de una comunidad digital, la de Cepeda no consiguió convertir esos espacios en el eje articulador de su liderazgo. La diferencia no radicó necesariamente en las propuestas, sino en la forma de construir una relación con el electorado. El resultado sugiere que, en la Colombia de hoy, la capacidad de dominar la conversación digital puede ser tan determinante como la organización de
las maquinarias o el contenido mismo de las propuestas.
Esta transformación también plantea desafíos. Cuando el liderazgo gira cada vez más alrededor de una figura personal, los partidos corren el riesgo de perder protagonismo y el debate público puede quedar subordinado a la capacidad de captar atención. El algoritmo premia la visibilidad, no necesariamente la deliberación. Esa tensión acompañará a las democracias contemporáneas durante los próximos años.
Nuestra historia política demuestra que el caudillismo nunca desapareció; solo aprendió a hablar el lenguaje de cada época. Si Gaitán fue el caudillo de la plaza y Uribe el de los medios tradicionales, Abelardo de la Espriella puede pasar a la historia como el primer presidente cuyo liderazgo se consolidó en el algoritmo. El caudillo del siglo XX llenaba una plaza. El del siglo XXI domina un algoritmo.
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