La verdad del periodista


Yo creo que al único profesional o servidor público al que se le exige siempre andar con la verdad en la frente como un rótulo indeleble es al periodista. Eso está bien, pero aclaremos conceptos, porque la verdad no tiene un solo sentido, ni un solo dueño, debiera ser universal, transversal, como dicen ahora los esnobistas, para que la sociedad funcione bien y la convivencia sea realmente pacífica y armoniosa.
Hay quienes se consideran los amos de la “verdad” porque detentan algún pasajero poder, y se convencen de que sólo debe tenerse en cuenta lo que ellos opinan o disponen, porque se imaginan que eso es ley. Pero NUNCA esa será la verdad ecuménica. Entonces, cuando el periodista no transcribe literalmente aquello, y descubre otras variantes, llegan los mensajes lambones que reclaman o reprochan: “El buen periodista tiene que estar al lado de la verdad, SIEMPRE” (sic). Indicando que la “verdad” es la que pregona el patrón de turno y señalando a quién es al que ellos le otorgan el apelativo de “buen periodista”.
Rara vez se ve que ese tenaz requerimiento lo demanden a otra clase de servidores como a los políticos, alcaldes, gobernadores o funcionarios, ni a un médico, ingeniero, abogado o presidente… muchos creen que los empresarios tampoco están obligados a tener la verdad como rúbrica imborrable; eso es un asunto sólo para los periodistas, se lo creen y lo proclaman.
Inclusive, algunos comunicadores oficiales, sobre todo a los que llaman “jefes de prensa”, que como no pueden ser periodistas, se fanatizan para conservar su estabilidad, al igual que otros sujetos de la burocracia domesticada, con el convencimiento que la verdad es exclusiva de la institución que les paga para que así funcionen; entonces no tienen ojos ni oídos ni entendimiento para aceptar otras razones.
Ni siquiera Descartes, Gianbattista Vico, Kant, Hegel, Husserl, Heidegger, Nietzsche, Foucault u Ortega y Gasset pudieron nunca convenir en una sola definición o en un acuerdo sobre qué puede ser la verdad. Los científicos y filósofos, siempre han tenido posiciones diferentes y hasta divergentes acerca de si la verdad es subjetiva u objetiva, si es relativa o absoluta, material o formal, si es de hecho, de razón o de fe, pero se respetan entre ellos y conjuntamente han contribuido a que el uso libre de la palabra verdad abarque los conceptos de honestidad, buena fe y sinceridad humana en general.
Por eso no consiento que ellos me apoden “buen periodista”, no puedo aceptar sin chistar las supuestas verdades oficiales como lo pretende la burocracia amansada. Sigo siendo un discípulo juicioso de George Orwell, quien dejó dicho: «Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas». Porque ni soy “jefe de prensa”, ni relacionista público. Inclusive, disfruto de la libertad de desechar todo tipo de «manipulación» por más sutil que parezca, y entonces me paso de grosero o imprudente; siempre me repito lo que alguien, que no recuerdo, apuntó: la política (la mala política) es el arte de la manipulación continua, en la que se configura magistral la «mentira» del tramposo con la «doble ingenuidad» del honesto, y pare de contar, al final de cada elección o nombramiento son los que triunfan. Por eso me parece que confiar en un mentiroso no es honestidad, sino estupidez.
Hay quienes también me reprochan (ellos mismos) que yo no alabo las cosas buenas que hacen, ni las publico, lo cual se creen que es algo extraordinario, que es noticia, lo cual confirma la estupidez, como si para eso no fuera que se les pagara con recursos que son públicos; hacer las cosas bien es su obligación, la noticia es la corrupción permanente en que nadan algunos. Por eso, para cerrar, transcribo textual este párrafo de Héctor Juanatey Ferreiro publicado en www.eldiario.es: “Me tatuaría eso y me tatuaría también la respuesta que en su día le dio José Martí Gómez a Enric González: «Recuerdo que un día le entregué un texto sobre patentes [a Manuel Ibáñez Escofet] y mientras lo corregía me dijo que estaba bien. Le respondí que sí, pero que lo más interesante me habían pedido que no lo publicara y, mientras se lo explicaba, vi que empezaba a escribir. Le recordé que me habían pedido que no lo publicara y si lo hacía me iban a llamar hijo de puta. Me preguntó: ‘¿Qué prefieres, que mañana te llamen hijo de puta o que ahora mismo yo te diga que eres una mierda como periodista?’ Total, que salió y, al día siguiente, me gritó desde la otra punta de la redacción: ‘Martí, ¿qué te ha dicho ese tío cuando te ha llamado?’ Y le contesté: ‘Que soy un hijo de puta’. ‘Bueno, pero eres un buen periodista’. Las cosas funcionaban así».



