LA ÚLTIMA LAUREANISTA


Ser laureanista hace 60 años era a más de un orgullo para quien lo ejercía, un motivo de preocupación para sus amigos y la familia. Añorar entonces las tesis del derrocado presidente Laureano Gómez, se convirtió casi que en una enfermedad peligrosa contra lo que no había nada que hacer. Era un sentimiento de resistencia basado en la agresividad política que siempre tuvo Laureano y el temor a no poderse librar de la persecución mediática liberal.
En mi pueblo, los laureanistas eran pocos. La fuerza arrolladora primero de Alzate Avendaño y después de Ospina Pérez, los dejó arrinconados dentro del conservatismo. Quienes decían pública o privadamente que lo eran, parecían más bien los alfiles pretorianos de un monstruo lejano.
Las mujeres todavía no votaban ni podían ser elegidas a los concejos y el Congreso, pero ellas, por aguerridas, representaban mejor ese sentimiento vibrante por el caudillo exiliado entronizando generosamente su fotografía en la sala de sus casas, disputándole el honor al Sagrado Corazón.
En Tuluá varias llevaban la bandera laureanista. La última de ellas, Elena Mejía de Villegas, murió casi centenaria esta semana en Cali. Quienes acudieron a su sepelio no podían recordar las demostraciones de laureanismo catoniano que nos dio a los imberbes de entonces, pero yo sigo viéndola, manejando el 10 de mayo de 1957 su Cadillac zapote, celebrando la caída de la dictadura, llevando en la trompa del vehículo al cura Márquez, el franciscano que desde el púlpito aupó la batalla para que Rojas cayera y Laureano pudiera volver.
Me dicen que cuando murió tenía la misma cara de felicidad de aquél día.
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