La Torre del Reloj: Vigía de Popayán

La Torre del Reloj:
Vigía de Popayán

El trazo a cordel dibujó la silueta de la ciudad, que a sus 484 años es patrimonio de todos. Demarcó la Plaza Mayor, con su Catedral Basílica, el cabildo, las instituciones gubernamentales, las casas grandes, la plaza de mercado y los comercios a la usanza española. Éramos… su colonia.
A este orden debía dársele el vigor que se requería, procurándole a la ciudad un vigía, una “Torre”, que reflejara la fuerza de la unión entre el pueblo la iglesia, y que conservara la simetría de sus perfectas calles, conventos, y, la demarcación de en cada esquina, una iglesia. Popayán se erguía como una joya de la corona en las Américas.
La torre se alzó poco a poco entre los años 1673 y 1682; su construcción duró nueve años. Edificaciones famosas de la Edad Media y en España eran parte del paisaje urbano y debían replicarse en el nuevo mundo, especialmente en Popayán, por lo que representaba.
La Torre de la Plaza Mayor, que con seguridad fue el fruto del trabajo de esclavos, y aporte de particulares que la dotaron de un reloj de bronce sin minutero. A este detalle se atribuye el pausado, lento y melancólico paso del tiempo, que la convirtió en la Torre del Reloj, que todos conocemos hoy.
Nuestra vigía ha sido testigo del paso del tiempo y de los cambios políticos y sociales que ha sufrido la ciudad. Su imagen forma parte de cuadros, postales y poemas que han impregnado a la ciudad colonial de un espíritu antiguo, a veces revelándose ante tanta desigualdad, caos y olvido.
Momentos históricos:
La torre fue testigo de las gestas de independencia, de conspiraciones y discusiones en el reacomodo de las repúblicas nacientes, impulsadas por el nuevo pensamiento libertario impartido en el Seminario Mayor, por el gran maestro y arquitecto del pensamiento, José Félix de Restrepo, y otros sabios de la época, quienes guiaron a los ilustrados payaneses.
Este prometedor grupo de pensadores, compuesto por sabios, poetas, artistas, militares y burócratas, hacía avizorar un futuro brillante para la ciudad.
La Torre soñaba…
Los cambios frenéticos de las nuevas corrientes de conocimiento, así como las revoluciones en Europa y Rusia, trasladaron al nuevo mundo los fundamentos de su definitiva independencia de la corona española.
Con una élite ilustrada capaz de regir su propio destino, la hidalga Popayán se enseñoreaba. Ciudad universitaria y cuna de figuras como el Maestro Valencia, los Mosquera, Caldas el Sabio, Torres, entre muchos otros, se plantaba desafiante en las tertulias bogotanas, formando parte de los pequeños y certeros golpes a la monarquía.
La Torre pensaba…
Crisis
El siglo XIX sorprendió a la célebre ciudad en contiendas permanentes por el poder, un reflejo de lo que aún pasa hoy en día, herencia de la cual no hemos cortado el cordón umbilical.
La Torre vigía se conmueve…
El Gran Cauca se fracciona. Las guerras internas y la repartición burocrática de su capital empobrecen a la sociedad en su conjunto. En más de sesenta luchas armadas, la ilustre ciudad no se recuperó del empobrecimiento derivado de las marchas y los enfrentamientos entre los diferentes bandos de la Patria Boba y la era republicana.
Es la herencia fatal que arrastramos, sin que hasta hoy sea posible darle a Popayán una dinámica a la altura de lo que ha sido esta culta capital, a la espera de un desarrollo empresarial que genere fuentes de empleo sin romper su esencia y belleza.
Situación
La ciudad, receptora de migrantes de todas partes, especialmente del sur del Cauca, Caquetá, Putumayo, Huila y otras regiones de Colombia, se desarrolla de forma anárquica. Calles invadidas de vendedores ambulantes y fritangas le han robado su fisonomía real; el rebusque es sinónimo de pobreza de una capital sin oferta de trabajo.
La Torre se consterna…
La Torre centinela se conmueve ante tanta indiferencia. Perdimos el rumbo de la apropiación de lo nuestro, y la ciudad se ve avasallada por habitantes de calle y extraños que la destruyen sin control. Como en “Anarkos”, el poema eterno de Valencia, las miserias del hombre encontramos a cada paso…
El lamento del poeta y su dolor por el sufrimiento colectivo sigue conmoviendo y cobra vigencia ante el clamor de su pueblo.
La Torre del Reloj no solo se derrumba en su estructura, sino que también se convierte en el símbolo de una decadencia más profunda: la moral, social y política de una ciudad que ha sido olvidada. Ya no es simplemente la nariz de Popayán; es el reflejo de una indiferencia colectiva hacia lo que alguna vez fue el orgullo de una sociedad vibrante.
Hoy, esa ciudad, se revela ante el olvido…




