La película Un poeta


Una gran paradoja, una gran bufonada

Un amigo; a través de mi correo, me pide señalar algunas de las razones por las cuales denosto la película Un poeta. Le responderé que, dominando mi repulsión, mis náuseas, voy a intentar algunas.
Existe de hecho como un implícito consenso entre artistas, escritores y poetas; y es que el elemento primordial, imprescindible, el ingrediente esencial de toda obra de arte –incluido el cine, por supuesto– es la poesía. Sin embargo, la gran paradoja es que la película Un poeta, cuya idea central se supone versa sobre “Un poeta” y la poesía en general, carece totalmente de sustancia poética, es paupérrima en poesía; es todo lo contrario, absolutamente antipoética, en el sentido de ser «contraria a la esencia de la poesía» (no en el de «subvertir los preceptos tradicionales de la poesía». Óscar Restrepo no es un antipoeta, es un simple y vulgar poetastro). Todo en ella es prosaico, vulgar y grosero, apoético. No es comedia; y menos aún, tragicomedia. Es un cuasi sainete, una bufonada. En Un poeta no hay arte alguno; ni siquiera en el aspecto que debería ser el principal: el literario; es decir, los diálogos, el guion… Y a propósito del guion y de su autor, el director Simón Mesa, me cuenta una amiga de Facebook que un amigo suyo de Facebook cuenta que «ha denunciado que su exalumno (el director) cogió sin autorización su vida y obra para hacer este show», que «Lo ha denunciado varias veces, pero como el tipo ya cogió fama, al profesor nadie escucha.».
Y esa es una historia perfectamente posible, pues en una entrevista, Simón Mesa cuenta que pensó «en esos profesores que tuve en la universidad. Profesores que eran verdaderos poetas, algunos con un talento brutal pero que se fueron apagando, consumidos por la bohemia, por la frustración…». Además –le dije a mi amiga de Facebook–, se tiene noticia de supuestas «biografías usurpadas» muy parecidas a esta, para las que se han entablado procesos legales que casi siempre fallan a favor del demandado o denunciado, pues resulta muy difícil establecer y demostrar un delito determinado. El caso más sonado fue el de Relato de un náufrago, la obra de Gabriel García Márquez que narra la odisea de Luis Alejandro Velasco, quien tras caer al mar sobrevivió durante diez días, a la deriva, en una frágil balsa.
Velasco, quien se sentía el verdadero autor de su historia, inició un proceso judicial contra autor del libro (inicialmente reportajes, publicados en El Espectador) por no pagarle los derechos de autor.
Velasco perdió la demanda, pues los jueces determinaron que García Márquez, «al aplicar su talento como escritor, le dio forma literaria a los hechos».
De toda esta historia, la del supuesto profesor “biografiado”, lo que más me sorprende es que este entablara una demanda, pues a diferencia del protagonista de Relato de un náufrago, que es un héroe, el de Un poeta, Óscar Restrepo, es la antítesis del auténtico poeta, alguien que no sólo es un grandísimo poetastro sino también un perfecto idiota. Y un verdadero poeta puede ser alcohólico y drogadicto, mal padre y mal esposo, infiel, lujurioso e; inclusive, ladrón, estafador o asesino (que los ha habido), y hasta un completo ingenuo, como asegura Baudelaire que es la naturaleza del auténtico poeta. Pero jamás un imbécil, un majadero de tiempo completo, un bobo como lo es Óscar Restrepo. Y ahí reside lo que podría ser una “suerte” de gazapo de la película: caracterizar al personaje de la película como un ser atribulado y desdichado, cuando es bien sabido que todo bobo es feliz, que un bobo mientras coma como un bobo vive satisfecho.

Yo, de haber sido –o creer ser– ese infausto, infortunado “poeta” de la película, hubiera procurado guardar esa “identidad” en el más completo secreto; o quizás, entablaría una demanda al guionista, sólo por haber exagerado la bobada de “Osquítar”; esto es, del fracasado profesor de Simón Mesa.
Una prueba más de que Simón Mesa sabe más de maternidad de gallinas (como decían los viejos) que de poesía es lo que afirma en la misma entrevista: «El poema final es su liberación. No es grandioso, no lo lleva al estrellato, pero es suyo. Y eso, para mí, vale más que cualquier premio o reconocimiento». Refiriéndose a los patéticos, pésimos versos que pone en boca del protagonista al final de la película. Algo que en modo alguno es poema; y menos aún, su valor no sería tasado en función de si es o no es suyo. La gran mayoría de las obras de arte y poesía son mierda; es decir, productos propios del poeta o el artista, y no por esto van a valer «más que cualquier premio o reconocimiento».
Finalmente; jugando un poco a ser crítico, también deberé decir algo bueno, positivo, “rescatable” de la película, y es que ridiculiza y desenmascara a tanto poetastro, a tanto farsante y tanto esnob; pero, sobre todo, a tanto pillo, a tantos funcionarios y Gestores Culturales que si bien es cierto no han podido vivir de la poesía, si logran vivir muy bien de los casi siempre depauperados poetas.
ADENDA
La película dedica varias largas escenas al episodio de la borrachera de la poetica Yurladi, y a la supuesta agresión sexual del poetastro Óscar Restrepo (una borrachera sobre exagerada, son ridículas esas escenas donde el poetastro saca sólo a la poetica del hotel, como si fuera un cadáver en una silleta, como si en un hotel no hubiera quién pudiera ayudarle a cargarla. Cómo rueda cuesta abajo la pesada poetica, como si fuera un rollo de tela o de salchichón. Es una súper inverosímil borrachera, pues, como dicen los viejos, “esas muchachas de hoy en día beben y aguantan más que los hombres”).
Se debate “ampliamente” sobre la veracidad o no de este hecho. Se llega inclusive a ofrecer dinero a la familia de Yurladi por parte de la “Casa de Poesía” y los organizadores del “Festival Palabra Viva”, para que haga un video asegurando que Óscar no le hizo nada, y el hermano de la gran poetica hasta le propina una paliza al bobo de Óscar.
Siempre me ha resultado increíble que en una película logren colarse monumentales gazapos o yerros como estos que cito, cuando cualquiera de los tantos que hay tras su realización podría levantar la mano y gritar “hey, ojo, eso no está bien…”.
En el caso de las escenas realizadas con el tema de la supuesta agresión sexual, cualquiera sabe que la veracidad o no de esa sospecha se determina fácilmente mediante la valoración de un médico forense, el mismo que debió ser solicitado por el personal médico cuando Yurladi ingresó al hospital en tan patéticas condiciones, y en compañía de un profesor al que la madre de la supuesta víctima señala como sospechoso. Tampoco pide esta valoración médica la psicóloga que la atiende, ni los padres de la chica, ni las autoridades del colegio, ni el bobo de Óscar ni los genios del Festival y la Casa de Poesía.
Estos yerros no hacen parte de la ficción, son; sencillamente, mediocridad, incompetencia, chabacanería, ramplonería. Como todo en la película.
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