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Lunes, 19 de octubre de 2026

La Maratón de Cali también se cuenta desde quienes la corrimos

Por Emilio Beltrán Una ciudad no se reduce a un bache cuando en sus calles hubo salsa, lluvia, pancartas, corredores...

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La Maratón de Cali también se cuenta desde quienes la corrimos
La Maratón de Cali también se cuenta desde quienes la corrimos

Por Emilio Beltrán

Una ciudad no se reduce a un bache cuando en sus calles hubo salsa, lluvia, pancartas, corredores y una multitud empujando con el alma.

Corrí la Maratón de Cali y lo digo sin rodeos: me siento profundamente orgulloso de haberla corrido, de haber cruzado sus calles, de haber sentido su exigencia en las piernas y su alegría en el pecho, porque esta Maratón no fue solamente una competencia deportiva; fue una ciudad entera puesta en movimiento.

No me lo contaron, no lo vi desde una sala de redacción, mucho menos desde una pantalla o desde un teléfono celular; no contraté herramientas de métricas sociales o digitales, ni lo viví desde la comodidad de quien espera que algo salga mal para convertirlo en el titular de ocho columnas. Lo viví desde adentro, con mis tenis bien amarrados, untado de vaselina en todo el cuerpo, enjuagado en sudor, bajo la lluvia, con cansancio, música, muchos charcos, el dolor inminente y mi medalla bien colgada.

Desde que salí de Cristales, en el occidente de Cali, y caminé hacia la zona de las Canchas Panamericanas, donde estaban la salida y la meta, la ciudad ya estaba tomada por una energía distinta; Cali aún susurraba la madrugada, se escuchaban los grillos y se sentía una energía ecléctica, casi ceremonial. Fui testigo de la seguridad alrededor, de la organización, de los corredores por todas partes, de las familias, los voluntarios, la logística, las camisetas y la emoción. El lugar estaba completamente abarrotado. Cali no estaba improvisando una carrera: Cali estaba viviendo una fiesta deportiva, un parche de élite mundial.

La ruta fue demandante, claro que lo fue; hubo calor, hubo frío, hubo lluvia, hubo charcos, hubo tramos difíciles, pasamos por la Calle 5, bajamos por el túnel mundialista hacia Granada, entramos hacia Versalles, seguimos hacia la Avenida 4 Norte y luego hacia la Avenida de las Américas. También estaba la Roosevelt retacada de alegría, pancartas y mucho guaguancó; había ambiente hasta Univalle, por la Pasoancho, por esa Cali que no solo mira pasar, sino que se asoma, grita, baila, aplaude y acompaña.

Eso también hay que contarlo, porque una maratón no se mide únicamente por el asfalto; se mide por la ciudad que la sostiene, y Cali sostuvo la suya con música, salsa, familias en las calles, bailarines y bailarinas vestidos de gala, y gente esperando durante horas a corredores que no iban a ganar nada más que su propia batalla.

Sí, había algunos baches; sí, había tramos con huecos producto del arroyo vehicular; sí, hay calles por mejorar, sería absurdo negarlo, pero también sería injusto, mezquino y profundamente conveniente reducir una jornada de ciudad a un solo fragmento viral. Y si hubo un hueco, si existió ese hueco que algunos quisieron convertir en emblema del fracaso, también habría que decir que ese hueco fue cubierto por algo mucho más grande: por la alegría, la confianza y la presencia de un pueblo caleño que, después de días duros y recientes que no vale la pena revivir aquí, decidió volver a salir a la calle, abrazar la vida y entregarle al deporte una muestra poderosa de ciudad.

He corrido en México, en Estados Unidos, en Pittsburgh, Los Ángeles y Miami; he corrido en Madrid, Finlandia, Barcelona y en muchos lugares más, y en todos lados hay calles imperfectas. En todas las ciudades hay tramos complicados, pavimento irregular, lluvia, curvas, pendientes, charcos, sorpresas; eso también es parte del deporte de ruta. Quien corre sabe que la calle nunca es laboratorio: la calle es calle.

Por eso incomoda cuando algunos intentan convertir una circunstancia propia de una carrera exigente en un busca pies político. La crítica es necesaria, por supuesto; las ciudades deben mejorar, las instituciones deben responder, los organizadores deben revisar cada detalle, pero una cosa es exigir con rigor y otra muy distinta es usar cualquier grieta para traer agua al propio pozo.

La Maratón de Cali merece una lectura más completa.

De acuerdo con el balance entregado por la organización, el evento reunió cerca de 20.000 corredores de 49 países. Participaron 79 atletas élite, entre ellos más de 20 corredores africanos. La ocupación hotelera estuvo entre el 70% y el 75%, incluyendo plataformas de alojamiento. Alexander Camacho, secretario de Deporte y Recreación de Cali, habló de un impacto económico preliminar de entre 5 y 10 millones de dólares, además de la llegada aproximada de 24.000 personas desde otras ciudades de Colombia y más de 1.000 visitantes internacionales. La Maratón no solo movió piernas, movió hoteles, restaurantes, taxis, plataformas, proveedores, logística, comercio formal e informal; movió ciudad.

Luis Felipe Posso, director general de la Maratón de Cali, también explicó que la organización contrató más de 2.000 personas de manera directa para labores logísticas. Solo con una de las empresas logísticas contratadas, según dijo, se vincularon 1.221 personas. A eso se sumaron equipos de montaje y desmontaje, transporte, personal técnico, voluntarios, proveedores, operadores y una Expo con más de 100 stands, cada uno con gente trabajando antes, durante y después del evento.

Ese dato importa porque detrás de cada arco de salida, cada punto de hidratación, cada valla, cada medalla y cada camiseta, hay empleo, hay operación, hay ciudad productiva.

También hubo seguridad. Según el balance entregado, participaron 780 miembros de la Policía, 250 agentes de tránsito, 88 integrantes del Ejército y 60 miembros de la Fuerza Aérea Colombiana, además de dispositivos en la periferia del recorrido. En una ciudad que venía de días difíciles en materia de seguridad, la Maratón permitió algo que no es menor: que miles de caleños volvieran a encontrarse en la calle desde la alegría.

Alexander Camacho lo dijo con una frase que resume el espíritu del fin de semana: por medio del deporte, Cali pudo “abrazarse con alegría” y resaltar su orgullo caleño. Y eso fue exactamente lo que yo vi.

Vi una ciudad que no se escondió, vi una ciudad que salió. Vi gente en la Avenida Colombia, en la Roosevelt, en la Pasoancho, en la Calle 5, en los barrios, en las esquinas; vi pancartas, música, aplausos, salsa, familias, niños, corredores cansados y desconocidos animando a corredores que no conocían, pero que por unas horas sintieron como propios.

También vi algo que no cabe en una cifra.

En mi propia carrera apareció Juliana Sánchez, no fue un apoyo ruidoso ni evidente, fue un apoyo mudo, silencioso, de esos que se suscitan cuando el alma habla sin pedir permiso; me acompañó en el camino, me sirvió como pacer sin que hiciera falta decir demasiado, y gracias a ella pude terminar.

Ese episodio lo suscribo porque sé que miles de corredores encontraron a sus propias Julianas o a sus propios Emilios en la ruta: alguien que apareció en el momento justo, una energía compartida, una palabra, una mirada, un ritmo, una presencia. Eso crea cultura, eso crea esparcimiento, eso crea sociedad.

Porque el alma de Cali también estaba expresando su energía en sus testigos y en su gente; en quien aplaudía desde una silla, en quien ofrecía ánimo desde una esquina, en quien bailaba salsa mientras pasaban corredores exhaustos, en quien esperaba hasta el último participante, en quien hizo de la calle una casa común.

Rafa Botello, atleta paralímpico español, récordman mundial de la hora en pista y récord de España en maratón, también lo puso en perspectiva. Dijo que correr en Cali era como correr en casa. Recordó que ha corrido 18 veces en Nueva York y 14 veces en Chicago, y que incluso en esas grandes maratones hay tramos más difíciles que en Cali. Su testimonio no borra lo que haya que mejorar, pero sí ubica la discusión donde debe estar: una gran carrera de ciudad no se reduce a una imperfección del pavimento.

Carlos Pierre Silva de Jesus, atleta brasileño y campeón de la categoría silla de ruedas en los 42K, también agradeció el cariño de Cali. Venía de ser segundo el año pasado y este año subió un escalón para ganar. “Cali es increíble”, dijo. Habló de la gente, del staff, de la prensa, de la hinchada en la calle. Dijo que esta victoria, su primera internacional, era especial.

Y sobre la caída del atleta keniano Ezequiel Kipketer, la propia declaración del corredor aclaró que sufrió un tirón muscular durante la competencia, situación que le impidió terminar. “Durante la Maratón de Cali sufrí un tirón muscular, eso me hizo caer y no pude terminar la carrera”, explicó el atleta. La organización informó que recibió atención médica inmediata y que el parte correspondía a una lesión muscular.

Entonces vale la pena preguntarse: ¿qué estamos contando?, ¿la ciudad completa o apenas el pedazo que conviene?, ¿la Maratón o el ruido?, ¿la experiencia de miles o la lectura interesada de unos cuantos?

No se trata de defender por defender, tampoco se trata de negar los problemas de Cali. La ciudad tiene retos enormes, sus calles necesitan intervención, su infraestructura debe mejorar, su institucionalidad debe aprender a comunicar más rápido y mejor; todo eso es cierto, pero también es cierto que Cali organizó una Maratón con presencia internacional, impacto económico, atletas élite, participación masiva, seguridad, logística, cultura, turismo, infancia, familias y una ciudadanía que salió a acompañar.

Una cosa no cancela la otra, porque exigir mejoras no debería obligarnos a negar lo que salió bien.

Por eso, como mexicano que vive en Cali desde hace un año, digo con gratitud que me sentí orgulloso de correr esta Maratón, me sentí orgulloso de tener mi medalla y me sentí orgulloso de ver a una ciudad que baila incluso cuando llueve, que grita incluso cuando está cansada, que acompaña incluso cuando no conoce al corredor.

En toda casa hay algo por arreglar, siempre hay un grano en el arroz, pero una familia no se define solamente por sus grietas; también se define por la forma en que celebra, corrige, se levanta y aprende a hablar bien de lo suyo sin dejar de exigir mejoras.

¿Cali tiene que arreglar calles?… Sí. ¿Cali tiene que mejorar?… También. ¿Cali tiene que revisar cada tramo de sus rutas?… Definitivamente sí. Pero eso no significa que tengamos que negar lo que la ciudad hizo bien, ni que debamos permitir que una fiesta deportiva de talla internacional sea reducida al ruido de quienes encontraron en un hueco la excusa perfecta para volverlo todo mezquino.

Esta Maratón fue una victoria de ciudad, no de una ciudad perfecta, porque ninguna lo es, sino de una ciudad viva.

Y quienes la corrimos también tenemos derecho a contarla.

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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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