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LA GUERRA DE LOS VIOLINES

guerra violines
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

En la recién clausurada Feria Internacional del Libro de Bogotá, Filbo 2017, el escritor Fernando Ayala Poveda lanzó su libro sobre el acuerdo para la cesación del conflicto armado de las FARC contra el Estado gobernado por el presidente Santos. Lo ha bautizado con el título «La guerra de los violines»- muy sugestivo – y que hace volver la cara amablemente hacia el arte de Euterpe. No es que haya violines disfrazados que sirvan para disparar o que las armas tengan incrustadas cuerdas camufladas y tengan doble función de matar y producir notas líricas.

En lo poco que supongo del nombre que el autor le ha dado a su libro me he dado cuenta que se debe a que encontró él entre los combatientes a algunos que dedicaban parte de su tiempo libre a tocar el violín y el saxofón. No solo la guerrilla, en efecto, maquinaba asechanzas contra la infraestructura eléctrica, lanzamiento de cilindros incendiarios y detonantes y al pillaje en despoblados y poblados a casas, bancos y negocios. También había tiempo para celebrar sus fiestas entre ellos para conmemorar combates importantes o para compartir con las comunidades civiles en secreto.

Había tiempo para la música, el baile y la diversión entre fusiles Ak-47, ametralladoras y bombas y minas quiebrapatas. Bajo sus camas o detrás de la puerta estaba el sitio resguardado para violines y saxos, dulzainas y maracas. Pero el autor Ayala solo escogió a los violines por su sonido agudo, claro y fino. Por algo se utilizan en sinfonías, oratorios, sonatas y conciertos de lujo en grandes escenarios. Por algo hay violines primeros y segundos, violas y violoncellos. Con cualquiera de ellos se puede ofrecer un concierto en una sala o se pueden crear emsambles con guitarras y cantantes.

Con violines protegidos y a salvo, sus dueños podían salir de día a ensayar y por la noche bien podían estar en vigilancia en los campamentos mientras sus instrumentos dormían bien arropados en sus fundas enjaezadas por dentro con terciopelo rojo.

La vida del miliciano no tendría que ser tan rígida y cumpliendo estándares cerrados de disciplina estratégica. Había, por supuesto, lugar para la distensión y la diversión con la tropa regular y a veces con parte de la comunidad en sitios convenidos para ello. 

La costumbre de combinar el título de obras literarias o designar acontecimientos bélicos no fue idea solitaria de Fernando Ayala en Colombia para narrar lo que está ocurriendo en este momento que se cumplen acuerdos previos a la entrega de armas y municiones y revelan las coordenadas donde se encuentran más caletas con dinero y armas y se congregan en veredas y sitios resguardados por las autoridades legítimas. En siglos pasados hubo momentos de la historia de naciones que fueron denominados por el pueblo sabio o los gobernantes con nombres de una flor o de un elemento inofensivo y noble.

En Colombia ya se había empleado un título parecido para un hecho que causó revuelo social. La guerra de Las Margaritas. Con el nombre de Las Margaritas se llamaba el barrio que se deseaba conservar tranquilo y sin bares ni ruidos por los vecinos de Usaquén en las goteras de Bogotá. El alcalde Nieto de esa época estaba en connivencia con quienes causaban escándalo en la vecindad y luego de cerrar la tienda Guarapitos permitió que lo reabrieran siete veces con el mismo problema. Se libró toda una batalla jurídica a partir de 1994 por parte del vecino Jairo Rubio que dirimió el Juzgado 27 Civil de Circuito por medio de una tutela en junio de 1999.

También en Colombia con el nombre de Batalla de flores se apellida un evento que se realiza anualmente durante el Carnaval de Barranquilla. Con este desfile tradicional empieza el Carnaval de cuatro días más importante de Colombia por el número de artistas y su colorido, declarado por la Unesco «Obra maestra del patrimonio oral e intangible de la Humanidad».

«Desde 1903 en el Carnaval se celebra la terminación de la guerra de los mil días en Colombia. Los barranquilleros decidieron realizar un desfile en el cual la gente tuviera una «batalla de flores»» en lugar de un enjambre o un manojo de balas.

En Lisboa, Portugal, existe la tradición en la ciudad que recuerdan a los turistas sus habitantes de hoy. Se llamó la Revolución de los claveles. Una camarera, dice la leyenda, el 25 de abril de 1974 volvía a su casa con el cargamento de claveles que había recogido de las mesas donde trabajaba. No hubo celebración en el hotel porque había revuelta en la ciudad y en Oporto por la caída de la dictadura de Oliveira Salazar en manos de Marcelo Caetano. Celeste Caeiro, parada frente al convoy que pasaba, alcanzó un clavel en señal de triunfo y un soldado lo recibió y lo puso en la punta del cañón de su tanque militar. El ejemplo lo siguieron sus compañeros que los prendieron en banderas y fusiles.

Así celebraron los portugueses su independencia de la tiranía por todas las ciudades y la siguen celebrando cada año en esta fecha memorable.

Las flores de la guerra es el título de una película del director chino Zhang Yimou (2010). Recuerda al mundo la controvertida masacre, violaciones y enterramientos de personas vivas en la toma de Nankin a finales de 1937.

Su protagonista, una niña, es el símbolo, la flor que corre, cae y muere. Qué triste que una película nos recuerde que existen flores para arrasarlas y cortarlas y matarlas. Tal vez no fue fiel a los hechos que ocurrieron, como dicen testimonios.

La Revolución de los Crisantemos es un acontecimiento de alzamiento de fuerzas para consolidar el gobierno en Hungría como Estado de un bloque aliado. Las fuerzas militares apoyadas por el pueblo se amotinaron y los soldados cambiaron sus insignias del imperio austrohúngaro, por crisantemos, flor que abundaba en el país. El 16 de noviembre de 1918 se proclamó la República Húngara y al año siguiente en marzo se proclamó la República Soviética Húngara. Poco tiempo después se disolvió esta forma de gobierno y volvió la monarquía austrohúngara hasta finales de la segunda guerra mundial.

Todo este discurso para concluir que símbolos de la naturaleza y del arte se han usado para dar unión a los pueblos, aunque siempre será la fuerza, las armas y las revueltas inspiradas por militares o políticos o grupos avezados en el uso del poder para cambiar el rumbo del mundo o de un país o un bloque multinacional de fuerza o negocios. Como Trump en EE. UU., Santos en Colombia, la Merkel en Alemania, Putin en Rusia o Bashar-al-Ásad en Siria. Cada quien tiene su estilo, según sean sus súbditos, disciplinados o fieles lacayos.

08-05-17                                      6:52 p.m.

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