¡CÓMO! ¿RAZONAMOS?



Somos ingenuos como Platón, Sócrates, Hipias o cualquier sofista antiguo. En la tierra de cualquiera de ellos el que menos hable es el rey. Porque menos se equivocará. Esta es la hipótesis.
¿Qué nos queda de Platón o de Sócrates o de la multitud de sofistas con caras serias, cuerpo perfumado, túnicas blancas y un libro en la mano, como los describe Manguel en su voluminoso y fascinante libro Curiosidad. Una historia natural?
Este mundo que transcurre y pasa es una farsa, una ilusión. Nos afanamos por correr, por aparentar, por hacer gestos y elevar la voz y por crear ilusiones como legado al tiempo venidero, como una estela que quede detrás de lo que hacemos. A eso, al parecer, hemos venido a este teatro que es el mundo como lo alcanzó a vislumbrar Calderón de la Barca. A representar un libreto que no hemos leído y mucho menos hemos corregido.
Fuimos educados por inhalación. Compramos los libros y vamos a la escuela, leemos y repetimos lo que nos dictan los mentores y nuevos sofistas con birrete, perfume y movimientos de sabio junto a la pantalla. Ellos nos envían mensajes que aprendieron de otros sofistas, ilustrados como cualquier página de revista que se moja o se rompe cuando ya alguien la leyó. La fecha obliga a decir que ya pasó de moda tenerla sobre la mesa o el sofá.
Tomamos de la escuela o la universidad lo que de casualidad nos gusta y descalificamos lo que nos parece feo, despreciable o ridículo. El maestro, por supuesto, soy yo. El que está en la banca o el pupitre. Desde jóvenes -cuando decimos que tenemos uso de razón- armamos tal escenario, tal diálogo y menuda conclusión.
Asistir a clases con el derecho que otorga pagar una matrícula costosa es mera ceremonia. Nuestros mentores, ya no se llaman sofistas sino profesores, son la personificación de las enseñanzas que dictan y los ejemplos de vida. Así se educaron y ganaron los años, uno a uno, como comen maíz las inocentes gallinas, nuestros padres, profesores y compañeros que visten como nosotros.
La educación se trata de aprender sobrevivir, como lo hacen los polluelos de águilas o de cuervos en esta selva salvaje que es la sociedad. La cuidan padres, profesores y gradúan quienes han pasado por la misma escuela.
“¿Qué es la verdad?” Parece oírse cada que empieza la primera clase de labios de cada profesor. Casi es la misma pregunta que se hizo Shakespeare cuando espetó aquella frase de Hamlet: Ser o no ser, he ahí la cuestión. Y seguimos creyendo que cuando nos aprendemos el Tractatus philosophicus o la Summa Theologica, ambas voluminosas y con gran carga de ininteligibles razonamientos, somos las autoridades que seguiremos reproduciendo las ruedas de un vehículo llamado verdad que rueda desde que el mundo es mundo.
¿En eso quedó el razonamiento, el tinglado de silogismos, el tablero de blanco y negro por el que saltamos para ganar en la vida el pan?
Nota: Busqué Razón en Google para ilustrar esta nota y solo encontré fotos de periódicos
10-05-17 9:30 a.m.



