LA GORDA YULI


(Relato de Semana Santa)
La gorda Yuli era como dios: Nadie la podía ver. Irrumpía en los salones de arte escapada de algún cuadro del pintor famoso por sus robustos bodegones y cuerpos, que recreaba al país famélico, concibiendo desde un grueso alcalde hasta un obeso presidente cruzado por banda tricolor acompañado de su familia. Al pintor no se le escapaba ni siquiera los bandidos del poder: Los dibujaba a lápiz, con sangría, carboncillo, al oleo, predominando el color rojo sangre, que dejaba chorrear de sus tubos por el piso como para no perder la costumbre de la cotidiana matanza.
Yuli sabía, que no era deseada. Sin embargo no se perdía exposición, ni manifestación en las plazas, avenidas y calles, exigiendo soluciones contra el hambre nacional. Conformadas por esqueletos con pancartas avanzando multitudinarias al grito: ¡Queremos comer! Y Yuli se ocultaba presurosa en los zaguanes para que la hambruna con patas, no hiciera con ella un asado, como los críticos lo hacían con la obra del pintor cada vez que exponía en los salones nacionales, llevándose todos los ambicionados galardones.
La gorda Yuli iba en contravía de los programas gubernamentales desarrollistas del hambre, apuntando hacer de la carencia la constitución del país, con la teoría, de que los gordos eran propiciatorios de revoluciones. Y aunque entorpecían con sus cuerpos por no poder correr al quedarse dormidos el avance de los ejércitos servían, decía el gobernante de turno, para fronteras naturales del país de las injusticias, y bodegones repletos de robustos frutos exhibidos en los salones artísticos, donde Yuli acudía siempre para verse desnuda con una flor en la mano mirando con pavura la ventana por donde entraría el famélico dracula de sus sueños a robarse su corazón, y el lunar puesto con genialidad en alguna de sus nalgas.
Yuli lo mismo aparecía sentada en una acera en espera de la manifestación de los hambrientos, que en la banca de una iglesia. O en un aula universitaria donde iban a aprender a hacer las bombas Molotov los estudiantes más avanzados en la física cuántica de la subversión. Preparándose para ser los Albert Einstein futuros de la patria, que con sus certeras explosiones conducirían el ancho territorio a las estrellas. La gorda Yuli, sería la primera astronauta del país soñado en abundancia por los propiciadores de las hambrunas, para que en el futuro todos pudieran viajar cómodos y gratis en naves de cartón al Paraíso celestial prometido por los rechonchos sacerdotes de la iglesia utópica, que era la religión nacional de los hambrientos.
Ella lo sabía, pero terca seguía acudiendo a todo evento anunciado sin importarle ser deseada como plato fuerte del raquítico refrigerio. Los taurinos la veían con ojos hinchados como posible filete, después de masacrar los toros entre aplausos y gritos desaforados en cada corrida. Cada domingo la observaban sentada en la mejor tribuna llorando como si fuera la madre del toro sacrificado, con sus prominentes ubres al aire, pidiendo indulgencia para sus carnudos hijos. A la gorda no le gustaba que entre tanta alegría y arte los asesinara en las soleadas tardes de la masacre.
Un día el pintor lo supo y realizó series de corridas con vigorosos toreros que no cabían en sus lujosos trajes, y bovinos que se salían con astas de los marcos de los cuadros adquiridos por los narcos. A veces ella se entristecía a granizadas de lágrimas caídas sin piedad sobre los cultivos de papa que visitaría el Papa, para seguir engordando su panza, cuando representante del dios más gordo en la tierra llegara al país más famélico del mundo a bendecir la corrupción, la pobreza y la matanza.
Yuli la gorda, fugada de alguno de los cuadros del pintor no se atrevería a ir a su recibimiento no fuera que el rollizo sacerdote le propusiera conyugios al verla convertida en diosa de los necesitados, que la anhelaban en cada ilusoria comida del país político y nacional del hambre.
Era como si Yuli fuera el mismo dios, que siempre estaba en todas partes, pero que nadie la podía ver… Ni mucho menos comérsele saciando sus avideces atávicas.
Alegría de Pio/ 3/4/15/ 3:15 a.m




