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martes 28 junio, 2011 a las 11:50 am
LA FALIBILIDAD DE LA LEY

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Entre humanos debe haber acuerdos, porque a cada paso hay dificultades y todo hombre es soberano en su fuero interno. Se nos ha transmitido por generaciones que solo Dios es infalible, que no se equivoca, que dice la verdad y cuanto sale de su ser es perfecto. Y se quiso decir también – para los católicos – que el Papa era infalible cuando se pronunciaba en cuestiones de fe, basado en los dogmas. Esas son “razones” que la mente no entiende, decía Blas Pascal a propósito de los lances del amor.

Igualmente, se enseña en el Derecho que se dicta a los primíparos, que la ley es para todos y que las letras que los congresos legislan tiene una fuerza tal que hasta con castigos habrá que obedecerlas. Esos señores parlamentarios tienen, se supone, una sabiduría y un poder sobrenatural que les confiere el voto en las urnas y que su palmada dormida en el pupitre pesa más que la sabiduría divina en este mundo.

¿Es una ley siempre justa, que cae y beneficia por igual a pobres que a ricos, a urbanos que a campesinos, a avivatos que a simples? ¿Se promueve una ley por el gobierno para favorecerse en sus mezquinos intereses o para proteger a grupos comerciales o industriales o para excluir a los débiles de la torta del erario? ¿Por qué una ley o acto legislativo – que cambia la esencia del Estado – se tumba rápido o se aprueba en menos de lo que dura un beso de alcoba y se aplica de inmediato? ¿No es porque las leyes representan no las necesidades de los pueblos sino los bajos intereses de quienes detentan el poder del llamado Estado?

La ley está hecha por humanos. La constitución del 91 trató de abarcar todos los derechos que pudieran caber en medio millar de artículos. La nación se modernizó a tono con los avances jurídicos en el mundo y las teorías sobre justicia, comunidad, democracia y participación. Pero con el paso de los días, las reformas han dado al traste con las intenciones de hace 20 años. Nuestra Constitución, máxima ley, no es dura. Y sabemos que en nuestra idiosincracia hasta a las cajas fuertes y al acero le entran dientes. La corrupción tiene cabida y bienvenida a cocteles y pasillos. No caerán alfiles, ni torres, sino caballos y peones.

A lo más sagrado se le han abierto boquetes y se ha burlado su espíritu. La ambición del parlamento pesa demasiado y la paciencia del colombiano común es legendaria. Eso se sabe. Aquí jamás se hablará de indignación como en Irán, Egipto, Yemen, Jordania. Impávidos tendremos que esperar que se acaben bosques, ríos, recursos naturales y que nuestros congresistas revienten de tanto engorde. Para frenar el hambre de ellos no hay ley ni constitución que valga. En nombre del Estado que tiene apellidos propios, se continuará vejando al pueblo que no forma parte del Estado. Estado ha sido y será por definición, el territorio nacional, los poderes públicos y eso que llaman organización social defendida por armas legitimadas. El pueblo es lo de menos. La democracia es solo un rótulo.

La ley, el imperio de la ley, son consignas fatuas que se burlan en ocho vueltas y se les dispara con decretos concebidos por mentes infernales. La ley fue un gran invento que ha caído en fatal descrédito. Con razón la justicia se pinta con un embudo amañado, amordazada, coja, ciega y con sable en una mano parodiando a Salomón.

27-06-11 – 9:47 a.m.
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