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Jueves, 1 de octubre de 2026
sábado 30 julio, 2011 a las 8:38 pm

LA DUDA Y LA DIALÉCTICA

Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
Habían estado hurgando algunos tomos en la biblioteca. R, aficionado a la filosofía y teósofo incurable, insistía en las cercanas analogías del idealismo trascendental y las antiguas doctrinas hindúes del Vedanta. D siempre cubría sus dudas con una sonrisa crítica. La discusión sobre el Yo no conducía a ninguna parte, y el humor de las cervezas ya se estaba disipando.
—»Tú eres yo; yo soy Tú. ¿Cuál es la diferencia? El Uno está en todo y el Todo contiene al Uno. El es Uno y muchos», dice Annie Besant—, reclamó D.
—Pero eso es teoría, conceptualización. Hay que ver, desocultar al «Uno sin segundo» en uno mismo, como le llaman Los Upanishads y el gran Shankara —contestó R.
—Hasta el de la caverna platónica conceptualiza sobre su mundito.
—Eso es lo malo de la filosofía de la antigua Grecia y de todas las filosofías: dialécticas sin fin. La percepción unidimensional exige la renuncia a la dialéctica, a las razones y sinrazones, a las ideas moralizantes sobre Dios, a toda fiebre especulativa, a todo asunto conceptual. De ahí que los críticos del conocimiento alegan que todo eso es pura abstracción, no realidad, y están en lo cierto.
—Para mí el más importante descubrimiento de la filosofía, hasta ahora, es la dialéctica. No encuentro una manera más inteligente de frenar esas pernicias de fanatismos de las que no escapan religiones, partidos, culto a personalidades, etc. Mucho del sentido de ser de la razón se le debe a la dialéctica. El escéptico es un dialéctico —insistió con firmeza D— y entonces hubo un silencio corto, como entre dos mundos distantes.
—Depende de a lo que usted quiera llegar; la dialéctica es algo profano, es apenas el comienzo de la escalera. Las palabras y las cosas, los razonamientos y las distinciones conceptuales, la estructura verbosa del discurso, la infinita proyección de la especulación, las afirmaciones, negaciones, síntesis y demás, son un terreno propicio para generalizar y entender la fenomenología de los acontecimientos, pero nunca para la percepción de la verdad metafísica. La percepción de la verdad es el verdadero fin de la filosofía, y ese es un asunto íntimo, secreto, místico; consiste en Desocultar la Mirada Interna —explicó R.
—Siempre hemos tenido dos puntos de vista muy opuestos respecto a la dialéctica. Yo la entiendo como un método saludable para la expresión del pensamiento libre; una especie de agua y aceite si se trata de ligar con dogmas o fanatismos. Con ella uno no puede tomar partido, porque su objeto es precisamente poner en cuestión un pedazo de realidad para una nueva construcción.
—No me opongo a esa idea suya; con lo que disiento es con los fines a que conduce. La dialéctica, en su propio terreno, es elaboración tendiente a conseguir un saber intelectual, discursivo; es un asunto de razones, intentos para clarificar el meollo de una discusión. Sin embargo, yo interfiero con mis tendencias místicas, contemplativas, eso que debe conducir a la «unión mística», y eso está bien lejos de toda dialéctica—. De nuevo, un silencio como entre dos mundos bien disímiles…
—Esa poca fe es en razón de tu desconfianza a la dialéctica, a la cual sólo le pones el vestido de la filosofía; pero la dialéctica es un método para la historia, que permite avizorar el paso de la barbarie a la civilización, saltando por entre charcos de sangre.
—Sin duda; la dialéctica es discurso civilizado, un frondoso árbol del que se cosechan innumerables frutos. Todo ser humano tiene sus raíces, unos más, otros menos. Pero hay una luz que apaga las demás luces, así como el sol apaga las estrellas —dijo R, y entonces finalizaron los acordes de Strauss, “Así habló Zaratustra”, lo cual pareció invitar el final de las palabras cruzadas. El silencio no era del todo; resonaba aún esa música casi metafísica que los acompañaba, y el gato se desperezó, saltó del asiento y buscó otro lugar para la modorra.
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