Ir al contenido principal

Red de Medios Proclama del Pacífico Noticias

Pico y Placa Sábado:
Popayán No aplica
Cali No aplica
Sábado, 3 de octubre de 2026
lunes 27 enero, 2014 a las 9:11 pm

LA CIUDAD PERDIDA

N. Sandoval 2
N. Sandoval
N. Sandoval-Vekarich / Diciembre, 2013

Tenía la misma edad nuestra, entre los 18 y 20 años, nos reponíamos del trauma dejado por la espantosa muerte de varios de nuestros compañeros que hicieron caso omiso de los indígenas que conocían las inesperadas rabietas del patrón de las alturas. “No sigan que el taita está furioso”.

Era un domingo de candorosos rayos solares, una tenue llovizna de ceniza colocaba en mi cabeza prematuras manchas grises. Iba camino a la catedral, a la misa de las once, no porque fuera muy religioso, no lo soy, que digamos, era más bien profano, adicto recalcitrante a las vírgenes de carne y hueso que con sus mantillas y velos bien podrían haberse escapado de los nichos de yeso y madera de aquellas otras que nos miraban con tiernos y celestiales ojos. No era el único. Suspirábamos tan siquiera por una mirada mezquina de esos ángeles terrestres que ni caso nos hacían y hasta se burlaban ocultando el rostro entre los pliegues de sus mantillas.

Al salir de la catedral supimos cuál era la causa de la ceniza que ya había cubierto las losas del parque y nos llenaba el alma de una profunda tristeza, de una angustia tal que nos apretaba el corazón.

Sentados en los andenes, haciendo compañía a los padres y parientes de las víctimas, esperábamos la llegada de los socorristas que en cajones y ataúdes improvisados traían los restos carbonizados y amorfos de nuestros condiscípulos.

En dónde está tu victoria, recriminaba el rector de la universidad a la muerte, y hubo ceremonias y homenajes póstumos en el Paraninfo que registró Jaime Paredes Pardo en su revista “Imágenes”.

Esos días aciagos y de luto se acumularon como un mosto durante todo el tiempo que esa ciudad de nuestros 20 años se iba esfumando hacia el recuerdo. Algo nos impulsó indistintamente a buscar otros horizontes.

Sin que  nadie lo supiera una mañana decidí tomar el tren que me llevaría a Cali, la puerta principal de mi albedrío, allí, en esta diminuta estación ferroviaria, me encontré con Patiño, cuyo padre tenía un almacén de talabartería, si mal no recuerdo, pero a diferencia mía él no iba a la aventura, por otra parte yo no iba solo, me acompañaban dos libros, uno de relatos de Hemingway, el otro “Hojas de Hierba” de Whittman.

Atrás quedaban los días de jarana, de alegres y disolutas reuniones de fin de semana en casa de Stelia Mejía, detrás de la Ermita.

Era todavía, seguía siéndolo, nuestra ciudad de 20 años, apacible, parsimoniosa y tranquila con sus amplias y solitarias calles de poetas y mozalbetes enamorados y revoltosos.

Salíamos ya tarde de una de esas fiestas detrás de la Ermita, varios compañeros eufóricos al llegar al ex Monasterio del Carmen, entonces Cuartel de Policía, cantando no sé por qué la Marsellesa, gritaron por diversión y capricho “!abajo la policía!” Al escuchar ese grito ni corto ni perezoso me puse al lado de Erick Simmons que resplandecía como Apolo dentro de su bello uniforme de cadete de la Marina, estábamos a varios metros por delante de esa turba de muchachos atrevidos, irrespetuosos y llenos de primavera.

Alejados ya a unos cuantos pasos del Cuartel sale intempestivo un grupo de policías que agarran a nuestros ingenuos e ingeniosos compañeros, a las cinco de la mañana los bañaron con agua casi helada y luego, como patos mojados, los echaron a la calle.

Pero esa ciudad tan anecdótica, tan pintoresca y poética ha desaparecido, entró de lleno como un vendaval, el día que un terremoto parcialmente la destruyó, al mundo irreverente y cuestionable de los crepúsculos del siglo XX.

Los poetas son ahora sombras que divagaban en las enmohecidas páginas de su historia. La inmigración en muchos casos es crucial, hay de todo allí, como un mercado persa que atrae tanto a buitres como a palomas, las almas blancas buscan otros avatares.

Articulos relacionados