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Viernes, 2 de octubre de 2026

HISTORIA Y SUFRIMIENTO

HISTORIA Y SUFRIMIENTO

Víctor Paz Otero
En su estremecedora y tantas veces agobiante Montaña mágica, Thomas Mann hace referencia a una supuesta sociología del sufrimiento, concepto que valdría la pena rescatar para mirar el fluir de nuestra propia historia que esencial y predominantemente se evidencia como sufrimiento y padecimiento colectivo.

El empirismo sociológico, por supuesto, abomina y desconfía de la posibilidad interpretativa de estos elementos conceptuales que pueden introducir una dimensión existencial en la comprensión del drama histórico.

Para él y toda la supuesta y estéril «ciencia elaborada a partir de sus supuestos metodológicos, esa dimensión es, cuando no inexistente, la expresión de un fenómeno de subjetividad irrelevante que por no tener materialización en rangos o indicadores cuantificables no merece pertenecer a la fría y estúpida arquitectura conceptual de su visión de la historia y la sociedad.

¿Hay por ventura algún sociólogo contemporáneo, algún «cientista social» preocupado por indagar sobre la significación que entraña y supone esa dimensión de sufrimiento colectivo y cotidiano que señala y condiciona predominantemente la relación que se establece entre nosotros y la existencia histórica y social?

Y sin embargo estamos inscritos, insertos y condenados a una relación de dramaticidad violenta y disolutiva donde la historia es percibida como sufrimiento.

HISTORIA Y SUFRIMIENTO
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El hecho puramente formal de que no tengamos escalas de medición cuantitativa del sufrimiento histórico no significa que ese mismo sufrimiento no se instaure o se proyecte como un lenguaje constitutivo y configurante de nuestra realidad social.

Antes que crisis abstracta y estructural, la historia para el colombiano es crisis de dramaticidad existencial que en primera instancia se expresa como crisis de temor y de imposibilidad real de conjugar en presente y en futuro la plenitud del verbo vivir.

Antes que vivir, padecemos la historia.

La historia se nos ha convertido antes que en territorio de esperanza en reino y territorio devastado de amenaza. Amenaza física y concreta que bien como forma de criminalidad, de subversión, corrupción, paramilitarismo, violencia de Estado, violencia estructural y abstracta, ha terminado quebrantando y fracturando los mínimos elementos de seguridad colectiva y personal que permiten y garantizan que cualquier grupo social o cualquier ciudadano particular participe y pertenezca a una historia y a un universo social que facilite no solamente estar en sino ser de esa historia.

Ser y estar en la historia no es por supuesto un simple hecho biológico o vegetativo, es también una dimensión cultural y espiritual, es un proceso participativo de las conquistas y los bienes de todo orden que la historia entendida como civilización haya logrado en el proceso de su construcción.

Pero el colombiano, virtual y realmente, ha venido siendo progresiva y sistemáticamente expulsado y exilado de esa misma historia.

Los ritos esenciales que convergen en las ceremonias que esencializan la vida colectiva han sido desmantelados.

En estricto sentido, Colombia carece de vida colectiva, de espacio público, que por definición es el espacio político, el espacio de la convivencia democrática.

Todo eso ha sido aniquilado y ha sido convertido en espacio de terror y de amenaza; convertido en espacio vacío donde impera la muerte y donde la vida deviene en pura apariencia fantasmal, en simulacro y en máscara.

El que no se sienta amenazado que tire la primera piedra.

Pero esta generalizada amenaza social no proviene, como muchos lo quieren temer o creer, de un proyecto político alternativo (lo cual en sí mismo sería una esperanza) destinado a suplantar o a modificar el orden existente, sino que proviene de un proceso disolutivo que ha comprometido de manera irreversible los fundamentos sociales, sicológicos y existenciales que posibilitan y alimentan la estructura básica de nuestro ser colectivo.

Somos una sociedad en disolución, en disolución irreversible, cuya dinámica básica tiende a la aceleración de ese violento significado.

Esto necesariamente se expresa como sufrimiento histórico, pero como sufrimiento que carece de sentido.

Una sociedad y unos seres humanos inmersos en una sangrienta catástrofe humanitaria, que se escenifica como sufrimiento estéril e inútil. Acorralada y desintegrada en un oscuro padecimiento que, en palabras de Nietzsche, se nos antoja también como inaceptable, pues a través de él no encontraremos la superación de la historia sino la inútil profundización de la tragedia.


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