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Martes, 6 de octubre de 2026

GRUESOS NUBARRONES

GRUESOS NUBARRONES
GRUESOS NUBARRONES
Imagen: https://x.com/i/grok

Por Jaime Cárdenas / “El joven Alejandro conquistó la India. ¿Él solo? César derrotó a los galos. ¿No llevaba siquiera cocinero? Felipe de España lloró cuando su flota fue hundida. ¿No lloró nadie más? Federico II venció en la Guerra de los Siete Años ¿Quién venció además de él?”

Estas y otras preguntas relacionadas con la historia corresponden al poema del dramaturgo alemán Bertold Brecht, intitulado: preguntas de un obrero que lee.

Pueden resultar ilustrativas, pertinentes, para entender el rumbo dado al poder imperial de los Estados Unidos con su actual presidente Donald Trump. Quiero significar que el poema cuestiona la historiografía, aquella forma de descifrar los hechos históricos a partir de la omnímoda voluntad de un gobernante, sea un tirano o un caudillo, o para el presente por la de un presidente electo dentro de los cánones de la democracia liberal, lo cual conlleva a se pierda la lectura acertada de los movimientos de las sociedades a partir de sus dinámicas, de sus movimientos sociales, de sus conflictos de clase e ideológicos, que superan la personalidad, las decisiones individuales. La historiografía niega el papel protagónico de los dominados, su potencial transformador.

Bajo esta perspectiva podemos encontrar coherente el comportamiento de Trump. Dicho de otra manera, Trump es la expresión de un sector del capital norteamericano que ante su crisis actual recurre a lo que el economista inglés David Harvey denomina la acumulación por desposesión que tiene como distintivo el despojo y la violencia, método privilegiado para la consolidación de los intereses económicos por el capitalismo en su fase de formación.

Este sector alrededor del cual se juntan intereses de dominación de todo orden elige a Trump por considerarlo el indicado para evitar – de acuerdo a sus cálculos- que el imperio gringo como un descomunal Titanic naufrague o que al menos se prolongue su derrumbe. Un objetivo central, es obvio, es frenar el ascenso de la China. Sin embargo, ya se han convencido que el proteccionismo con todos su aranceles y sanciones no ha surtido efecto, por eso consideran que la guerra es la solución definitiva, acumulando de esta manera energía, controlando territorios y recursos, militarizando todo lo que tocan, fortaleciendo su complejo militar-industrial.

Es en este contexto que eligen a Trump por formar parte de su mundo, por su habilidad para despertar el falso patriotismo, por encarar los siniestros valores de la América blanca, por su cinismo, por su carácter de matón de cuadra.

Sólo relacionando los intereses del poder que representa, del que opta por un capitalismo absolutamente voraz y depredador, es que puede entenderse la posición de Trump frente al gravísimo problema del cambio climático y en general frente al tema ambiental.

Dijo Trump en la ONU “todo lo verde es bancarrota”, que los países europeos por atender a la reducción de gases de efecto invernadero llevaron a pérdidas de empleo y cierre de fábricas, que “esas políticas brutales de energía verde no han ayudado al medio ambiente”. Sabemos que el petróleo y el carbono son los dos combustibles fósiles que por excelencia contribuyen al calentamiento de la atmosfera, sin embargo, Trump anota que deben ser considerados “limpios y hermosos”.

Con Trump se han terminado los programas que promueven las energías renovables, se han recortado las exigencias y controles ambientales, con Trump Estados Unidos nuevamente se ha retirado de los acuerdos de París que prevén límites a las emisiones de gases de efecto invernadero. Como es de suponerse se ha liberalizado la explotación de hidrocarburos.

En buena medida los pírricos logros de la COP 30 en Belém se deben a la ausencia de voluntades de los países del orbe de tomar decisiones definitivas frente al cambio climático, siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos.

Tenemos entonces que el ala ultraconservadora del poderío norteamericano entiende el mundo sin cambio climático y sigue pensando como en la era de los Rockefeller, que el petróleo es fuente de felicidad y progreso. Por lo tanto, como en Estados Unidos se acaba hay que quitárselo a los venezolanos que tienen las reservas más ricas del planeta. En Irak fueron por el petróleo, destruyeron ese país, dejaron miles y miles de muertos, pero dijeron que había que hacerle la guerra porque tenía armas de destrucción masiva. Ahora se dice que se trata de combatir al narcotráfico en Venezuela, cuando la misma ONU afirma que el aporte de Venezuela al mercado internacional de cocaína es mínimo y no valida la existencia del llamado cartel de los soles.

Las cosas están de este tamaño, pero no es por Trump, es el imperio que siente los estertores de su decadencia y acude a la violencia de todo orden para mantenerse.

Lo que sucede en aguas del Caribe y en el espacio aéreo de Venezuela es muy grave, va en contra del derecho internacional, de la soberanía de este país. Una intervención militar, para Colombia sería funesta, salta a la vista esta conclusión.

Aconsejable fuera que el presidente de nuestro país advirtiera que las bases militares de los gringos en nuestro territorio no servirán de cabeza de playa para atacar a Venezuela. Nada se ha dicho en los embravecidos discursos de Petro contra un posible agravio a la dignidad del país. Recientemente los ecuatorianos en su consulta popular, por una gran mayoría dijeron NO al regreso a las bases militares extranjeras en territorio ecuatoriano. Al menos esta consulta se debió haber hecho aquí. (Entretanto sigamos entreteniéndonos con las peleas verbales, como diría el maestro Palmieri: buchipluma na´ ma´).

Está por verse la posición del ejército colombiano ante una eventual invasión. En la Escuela de las Américas, en EEUU se adiestran y preparan los altos mandos militares de Colombia.

Hay gruesos nubarrones en el cielo. ¿prevén una gran tormenta?


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Jaime Cárdenas

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