FUNDAEC 50 AÑOS


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FUNDAEC 50 AÑOS
Una crónica de amor
Te suplico poesía
que me prestes tus palabras
para preparar el zumo
de esta crónica de amor.

Por Mingo
La década de 1970 pregona su alborada en el Norte del Cauca. Con desencanto, el paisaje de la finca tradicional y su prodigiosa exuberancia y diversidad, cede paso a un horizonte nuevo que expone una sucesión de incertidumbres, sobre todo, para la población rural. A escasos 150 kilómetros, al puerto de Buenaventura arriban arados, rastrillos y tractores que terminan surcando el suelo de esta fructífera tierra, para esparcir en los surcos los esquejes de la caña de azúcar. En medio de la polvareda, los niños miran con ojos de asombro los trenes cañeros que, cual colosales serpientes, atraviesan los callejones, haciendo grujir sus vagones. Una nube de pájaros alza vuelo ante el estrepitoso ruido de las sierras que talan los burilicos y los madroños. La llamada Revolución verde, haciendo gala de la innovación tecnológica en la agricultura, ha izado su bandera en tierras nortecaucanas. Por esos días, a la sombra de una Ceiba del parque de Puerto Tejada, Caloto o Guachené, o bien en el patio de alguna casa de San Jacinto, Caponera o Guabal, un pequeño grupo de personas se empeña en sostener una conversación con jóvenes locales. Pero, ¿qué interés de fondo hay en esta conversación? ¿Por qué y sobre qué se habla con los jóvenes nortecaucanos?
La escena es sencilla. Ajena al protocolo y la etiqueta. Un joven que luce un impecable peinado afro camina por el parque de Guachené, se detiene frente a una mesa de madera y conversa con un grupo de visitantes. Al cabo de unos minutos, se arrima una mujer que sostiene a un pequeño niño en un brazo y en el otro un canasto vacío. Una vez entrados en confianza, los jóvenes hablan sobre sus anhelos de poder estudiar, ahora que sus padres se están quedando sin el sustento que les proveía la finca tradicional. La escena concluye cuando cada uno de los jóvenes responde un cuestionario sencillo sobre algunos conocimientos en matemáticas. Al levantarse de la banca, un destello de júbilo se posa en sus rostros, una vez se les informa que han sido admitidos para participar en el programa de Ingeniería en Bienestar Rural. Cada paso dado por este pequeño grupo de personas por las comunidades y pueblos del Norte del Cauca es el preludio de un movimiento inédito, profundamente edificante y esperanzador.

En un sitio conocido como La Arrobleda, hay manos que doblan hierro, mezclan cemento y arena, levantan muros y paredes de ladrillos que luego son cubiertas con tejas de barro elaboradas en los galpones de la zona. El resultado es atractivo. Desde arriba, se puede apreciar una edificación en forma de «u» matizada de terracota. Al transitar por los corredores, el ojo es cautivado por los pitorros de madera incrustados como gotas en el hierro de los ventanales, que armonizan con las paredes de ladrillo revitado. Resulta inevitable no sentir la textura de la vida rural impregnada en esta arquitectura, acogedora y rústica. Al filo del día, un hombre de estatura mediana y tez trigueña, al que todos llaman Habib, hace pensar sus manos, mientras sostiene una pieza de madera que es torneada por una broca que gira sobre una bancada de hierro. Con un movimiento precioso, Habib esculpe la madera, la acopla a una estructura de hierro, y hace existir pupitres que enfila en un salón donde impera el espacio. Sin duda, hay algo de oración en lo que hace este hombre. Un aliento mágico brota del fondo de su pecho y causa asombro, como si un propósito sublime se escondiera detrás del trabajo que realiza.
Transcurren las horas del 16 de mayo de 1974 y la Universidad Rural de Fundaec pone en marcha su programa para formar ingenieros en bienestar rural. Los docentes, en su mayoría profesionales de la Universidad del Valle, se desplazan cada día desde Cali por carreteras destapadas, para compartir sus conocimientos con un puñado de veintiséis jóvenes nortecaucanos, que ven en la educación una posible alternativa para enfrentar los escollos que han empezado a padecer sus familias y sus comunidades. Posteriormente, se suman otros veinte jóvenes que hacen parte de la segunda promoción. Tan novedosa como la idea misma de crear una universidad rural en el Norte del Cauca, es la metodología y el enfoque empleados para formar a estos ingenieros. Un dosier de textos relativos a temas como salud, descripciones, matemáticas, ciencias y servicio a la comunidad, es puesto en las manos de cada estudiante. Sin embargo, no será este el único cincel para esculpir las mentes de los futuros ingenieros.

Ahí están ahora. Los hijos de esta fértil franja de tierra. Sentados en los pupitres, con un lápiz en una mano y un manojo de sueños en la otra. ¿Quién iba a imaginar que los descendientes de estos campesinos estarían en el aula de la primera universidad rural construida en el occidente de Colombia por Fundaec? Una de las que, con palabras teñidas de gratitud, evoca aquellos días preciosos de su época de estudiante en Fundaec, es Maricela Viveros. En su juventud, empujada por el amor a las letras y los números, Maricela tuvo que caminar durante horas para llegar al colegio de Caloto. Un día sus padres le dijeron que no podía continuar con sus estudios por carencias económicas. Pero, como el ruiseñor emite su mejor canto en la hora más oscura, por esos días sus pies se encontraron con aquella senda que la llevaría hasta Fundaec: «Una de las cosas que más me impresionó el primer día de clase en Fundaec, fue cuando miré a los lados, y vi que era nuestra misma gente, los campesinos del Norte del Cauca. Y vi a ese señor ahí de pie, el doctor Arbab, mirándonos y tratando de enseñarnos cómo podíamos, nosotros mismos, desarrollar nuestro potencial para poder ser capaces de gestionar el desarrollo de nuestras comunidades». Hoy, cinco décadas después —2024—, se despliega un marco espléndido para que las actuales y futuras generaciones olfateen las huellas visibles de esta historia, y conozcan las motivaciones que alimentaron el interés de iniciar una Universidad rural en esta región.
Desde el comienzo, Fundaec se aferró a la idea de que explorar rutas posibles encaminadas a fomentar el desarrollo y el bienestar de los campesinos implicaba ir más allá del ejercicio intelectual académico y de las concepciones prevalentes sobre el campo y sus habitantes. Hay que recordar que, en la década del setenta —y parte de la que le siguió— no pocas fueron las instituciones y organizaciones que, con la imagen del sector rural como pueblos atrasados receptores de recursos y servicios, se dedicaron a diseñar e implementar proyectos sociales en el Norte del Cauca. Es en este contexto, donde el desarrollo era definido principalmente en términos de industrialización, que un grupo interdisciplinario decide crear una institución conocida como Fundaec —Fundación para la Aplicación y Enseñanza de la Ciencia—, para poner en marcha procesos de aprendizaje encaminados a explorar nuevos caminos y encontrar alternativas para el desarrollo de las comunidades rurales y sus gentes. Junto a nombres como Gustavo Correa, Javier Marín, Edmundo Gutiérrez, Francia de Valcárcel, Haleh Arbab y Martin Práger, figura el de Farzam Arbab, un hombre equipado con una sólida formación científica y una gran valía intelectual que llegó a Colombia en el año 1969. En su primer contacto con el Norte del Cauca, especialmente en las reiteradas conversaciones que sostuvo con lugareños como Julia Vázquez y Abraham Bonilla, el doctor Arbab pudo apreciar el potencial que reside en este pueblo. «Una enorme receptividad espiritual y capacidad para el desarrollo de todas las cualidades del alma humana; una aguda percepción espiritual; un respeto sincero por los logros intelectuales; una inmensa capacidad de alegría en medio del dolor; que siempre se abrazan el uno al otro; una bondad y generosidad de corazón sin pretensiones; determinación indomable; y un brillo de espíritu que los vientos de la opresión no pueden extinguir» (Arbab, 2018).
La crónica del momento de la realidad nortecaucana exponía a una comunidad basada en lo que se vivía en las familias, los mercados, los patios de las casas y en los pequeños minifundios. Un campesinado limitado en la disponibilidad de tecnologías apropiadas y en la capacidad para enfrentar las embestidas del nuevo modelo de producción que se expandía, pero estable desde el punto de vista cultural y espiritual; con un amplio acervo de conocimientos y saberes ancestrales sobre la agricultura; con una manera muy profunda de relacionarse con la naturaleza; con disposición para el uso del brazo cambiado para las mingas y, sobre todo, con dignidad y aprecio por la tierra que aún les quedaba. En su inquebrantable esfuerzo por ayudar a mejorar las condiciones de vida de los campesinos, el doctor Arbab, junto con su equipo, se preocupó por hacer prevalecer la dulzura del conocimiento científico. Para liberar fuerzas que ayudaran a resistir la desintegración social; para encontrar estructuras apropiadas que contribuyeran a elevar el potencial que reside en las personas; para hallarle a la educación, la ciencia y la tecnología una función que realmente aportara al desarrollo de las comunidades rurales. Una pretensión así sería inalcanzable, a menos que recibiera inspiración de la visión que uno de los Educadores divinos de la época, Bahá’u’lláh, proyecto al mundo: la construcción de una Nueva Civilización, cimentada en principios como la justicia social, la unicidad de la humanidad, la armonía entre la ciencia y la religión, el derecho de los pueblos a la educación, la prosperidad espiritual y material. Principios que, junto a ideas y convicciones tales como el papel del conocimiento y de la ciencia en el desarrollo social y económico, la adopción de una metodología para el aprendizaje a través de la acción—reflexión sobre la acción, la coherencia entre lo material y lo espiritual, la participación de la gente local en los procesos de cambio y generación del conocimiento, hicieron parte del marco conceptual adoptado por Fundaec. Con la presencia de Fundaec, esta crónica se fue poetizando, de tal forma, que las fuerzas constructivas comenzaron a transitar la realidad de estas comunidades. Y, en ese transitar, se fue gestando la matriz de un movimiento social transformador que comienza a afectar vitalmente la evolución del entorno rural, y a impregnar diversos aspectos de la cultura y la vida de la gente, donde la persona vuelve su mirada hacia su realidad espiritual, para reconocerse como un ser noble por naturaleza, y para «esforzarse por cultivar aquellos atributos y virtudes que son propias del espíritu humano» (Arbab, 1991).
Puesto que «el verdadero lugar de un ave no es el nido donde nace sino el cielo en el que vuela» (P. Náhuatl), los estudiantes de Fundaec no demoraron en cruzar las paredes del aula, y pedalear en sus bicicletas hasta las comunidades para conversar con los campesinos, no tanto sobre la raíz de su problemática social y las carencias que enfrentaban, sino de temas como saneamiento básico, organización comunitaria, voluntad colectiva, vínculos solidarios, alternativas de producción, entre otros tantos. En estas visitas y contacto con los agricultores —caracterizado por el cruce de prácticas y saberes de ida y vuelta—, los estudiantes recibían, por así decirlo, «articulaciones» que eventualmente formarían parte de su esqueleto como ingenieros en bienestar rural, o mejor, como pilares de los procesos de construcción social dentro de sus propios entornos. Es así que, más que realizar extensión, se trataba de vivir la vida junto a los campesinos para comprender su realidad y aprender a hacerse uno con la comunidad.

Han pasado los días con sus noches, el árbol del conocimiento plantado por Fundaec ha afianzado sus raíces, desplegado sus ramas y ha empezado a producir frutos de los cuales se desprenden semillas que, a su vez, fecundan otros frutos. En el Crucero de Gualí, la búsqueda del conocimiento ha dado lugar a una tecnología alimentada por la creatividad y que guarda una estrecha relación con la vida cotidiana de los campesinos. Puesto que hay una íntima conexión entre lo creativo y la felicidad, el rostro de Sofonías brilla, no tanto por el sudor que se desliza por su rostro, sino por el deleite justo en el momento en que un chorro de agua brota de su primer aljibe, construido a base de tubos de cemento que él mismo fabrica. La presencia de este artesanal método para obtener agua es recibida por los campesinos como un sorbo de esperanza. Ante la variabilidad climática y las consecuentes alteraciones en las temporadas de lluvia, ahora los labradores cuentan con una herramienta para llevar agua a sus sembríos. En La Arrobleda, agricultores que hacen parte del grupo solidario promovido por Fundaec, se han reunido al final de la tarde para consultar sobre una dificultad que enfrenta un vecino de la comunidad. El tesorero sugiere que del fondo solidario hay un remanente de dinero, que se podría utilizar para contribuirle al vecino que, a consecuencia de una plaga, perdió su cosecha. Un agricultor comenta que, de las dos terneras donadas por Fundaec hace más de tres años, varios vecinos ya cuentan con entre cuatro y seis vacas lecheras. Del producido diario, el grupo solidario dona 40 litros de leche al día a la escuela de la comunidad, para contribuir a la nutrición de los alumnos. En Alegrías, el almacén del pueblo que se estableció con el apoyo de Fundaec, es visitado con mayor frecuencia por los vecinos. La comunidad está muy agradecida porque, al vender los productos que se cultivan en la aldea sin pasar por la figura de un intermediario, los precios son más bajos que en las tiendas y, además, se apoya la economía local. En Caponera, Román Cajiao observa con decepción que varios mangos, guanábanas y mazorcas de cacao maduran viches, se desprenden de los árboles y van a parar al suelo. Su hijo Carlos, que estudia en Fundaec, le ayuda a entender que el problema obedece a la alteración del pH del agua que proviene de las lluvias ácidas, como consecuencia de las emisiones de gases y la contaminación atmosférica. En calidad de científicos, padre e hijo juntan sus manos y sus saberes para crear un compost y producir abonos limpios, al tiempo que realizan ensayos en su parcela para mejorar la producción del cacao a través de injertos.

¿Y qué decir del rol de considerable importancia que desempeñaron las mujeres nortecaucanas en los albores de este movimiento social? Estas mujeres, forjadas con nueva arcilla, fueron el aceite que lubricó la bisagra para que la reja que les impedía a sus hijos continuar con sus estudios, se abriera. No debió ser fácil para ellas enfrentar la mentalidad de sus esposos, quienes, con el argumento de que mandar un hijo a la universidad era desperdiciarlo, puesto que la finca requería brazos, se oponían radicalmente a esta posibilidad. Aferradas a las alas del espíritu y con intuición acertada, ellas supieron apreciar el valor que la educación tiene en la vida de una persona. ¿Acaso no fueron ellas quienes, conscientes de que todo esfuerzo es una lealtad de amor, se levantaron de su lecho a las tres de la mañana para llevar las mandarinas, los bananos y las guanábanas a las plazas de mercado de Cali, en aras de proveerles a sus hijos los recursos económicos para que se pudieran educar? Fueron ellas las que, acostumbradas a extender su mano para ofrecerle el mejor fruto a todo el que visitara su casa, arroparon sus viviendas con árboles de mamey, aguacate, mango, chirimoyo y papaya, y sembraron en sus huertas hortalizas y plantas medicinales, para no dejar morir este atributo hermoso de la cultura nortecaucana. Bien sabían ellas que la pobreza se hace degradante cuando le priva a una persona de la alegría de dar (Fromm, 2000). También alzaron sus voces, candentes como las luces, para derrumbar barreras y sembrar esperanza. ¡Y sí que hablaron con fuerza! En la imperiosa necesidad de encontrar alternativas para reforzar la matriz de la vida comunitaria, conjugaron la palabra —la palabra rural, sencilla pero profunda— para desplegar una gran variedad de iniciativas, labores y actividades encaminadas a atender las necesidades más comunes de sus gentes. Así, como luciérnagas que alumbran en medio de la noche, estas mujeres asumieron la apropiación de una potencia colectiva alrededor del liderazgo comunitario, de los grupos de mujeres, las jornadas solidarias, la promoción de la salud y la cultura, la reafirmación de las raíces históricas y los valores esenciales para la vida, incluso, desde las economías locales.
El último paraje de la expedición por esta fascinante historia nos sitúa en un día memorable. Ha pasado casi una década desde el inicio de la Universidad Rural. En uno de los corredores hay murmullos y semblantes que brillan. Sentados junto a sus familias y sus mentores están los hijos de los campesinos nortecaucanos, prestos a graduarse como ingenieros en bienestar rural. Al frente está el arquitecto de esta crónica, Farzam Arbab. Luce una guayabera blanca y en su rostro hay una mezcla de júbilo y de reflexión: «Este acto de grado hoy no tiene el mismo significado que los actos de grado de las instituciones tradicionales; nadie está terminando nada y todos seguiremos trabajando juntos, educando y aprendiendo… No sé por qué, durante estas semanas, he pensado tanto en doña Julia Vázquez. Recuerdo haberme sentado a menudo en el patio de su casa en La Dominga. Ahora entiendo que, en esas ocasiones, estaba aprendiendo de ella a mirar el mundo desde un punto de vista muy diferente, a través de los ojos del campesino. El mundo visto a través de su pensamiento no era un mundo pobre, amargo y desesperado como muchos intelectuales lo perciben; había fe y esperanza, había bondad y cortesía, había integridad, una integridad que ya se estaba perdiendo completamente en la sociedad. Doña Julia tenía mucho que enseñar al resto del mundo… La idea básica con la que empezamos Fundaec fue sencilla. No había ninguna razón para que un grupo fuera al campo a decirles a sus habitantes cómo deben organizar su vida… Más bien, creando una institución de aprendizaje, sabíamos que fácilmente íbamos a encontrar talentos extraordinarios dentro de la población de la región misma; la creación básica detrás de todo esto era que en el campo se encuentra un reservorio de inteligencia latente… Ustedes, los ingenieros que se gradúan hoy, así como los impulsores, con su desempeño han probado que esa premisa era válida» (Arbab, 1983).
Se necesitarían decenas de párrafos para mencionar la totalidad de los frutos y las aportaciones realizadas por Fundaec en este medio siglo de existencia, así como la suma de todos los principios, las ideas, los conceptos y los pensamientos subyacentes en este movimiento social. No obstante, imperdonable sería no hacer mención de dos de los frutos más importantes de Fundaec: el Sistema de Aprendizaje Tutorial (SAT) y el Centro Universitario de Bienestar Rural (CUBR). Como innovación educativa, «el SAT ha desarrollado una metodología que hace posible que cualquier individuo —joven o adulto— de la más remota región campesina pueda tener acceso a la educación secundaria… Pero lo que entonces no se alcanzaba a vislumbrar era que, en relativamente pocos años, el Sistema pudiera crecer en la proporción en que lo ha hecho hoy, llegando a muchos grupos humanos de otras regiones, no solo campesinos sino indígenas, y liberando todo ese potencial que tiene la gente para actuar cuando se le proporcionan los medios para hacerlo, una educación apropiada, especialmente» (F. de Valcárcel, 1995). A través de este programa, fruto de los esfuerzos y los procesos de la vida comunitaria que Fundaec ha impulsado en el Norte del Cauca, se logró reducir, en considerable medida, la inoportuna brecha educativa entre lo rural y lo urbano, un reflejo de la disparidad social de nuestro país. A la luz de las evidencias que existen del impacto que este programa ha tenido en los sectores rurales de Colombia y de otros países del mundo, el SAT, sin espacio para la duda, representa una verdadera opción rural. Las mieles del otro fruto, el Centro Universitario, endulzaron el paladar del educador rural. Ya Domingo Lasso, décadas atrás, había ofrecido el néctar de la educación en su natal Dominguillo. En 1990, el programa de Licenciatura en Bienestar Rural dio la bienvenida a decenas de jóvenes interesados en recibir una educación que les proveyera los conocimientos y las herramientas apropiadas que se ajustaran a los requerimientos de una vida rural, que se mostraba cada vez más compleja y desafiante. En un ambiente propicio para la investigación, el conocimiento científico, la acción social, las prácticas educativas, el liderazgo y la gestión comunitaria, de la mano de ideales y principios espirituales que contribuyen a la trasformación individual y colectiva, Fundaec, a través del Centro Universitario de Bienestar Rural, formó y obsequió a esta región, o mejor, a Colombia y a otros países, una nueva generación de maestros. Desde la meritoria labor del educador —ese escultor del espíritu y de la mente—, los más de 1.000 egresados del programa de Licenciatura en Bienestar Rural están, desde diversos escenarios, esforzándose por potencializar los talentos y los atributos de las personas, y encauzarlos hacia el servicio a la comunidad y la sociedad en general.
Muchas veces lo esencial es invisible a los ojos. Por fortuna la poesía, como acto de amor, permite que lo sustancial se pueda apreciar con el corazón. En su ineludible compromiso con la búsqueda de alternativas para ayudarles a las comunidades a enfrentar sus propias situaciones desafiantes, Fundaec actuó como un poema palpitante que inspiró y le dio un nuevo oxígeno a esta región, devolviéndole la esperanza a sus pobladores, y revitalizó una identidad campesina amenazada por el olvido. A través de sus programas —incluyendo los esfuerzos por fortalecer la relación de las actuales generaciones con el medioambiente, la promoción de proyectos productivos que contribuyan a la seguridad alimentaria, fomentar la participación de la juventud en los procesos de cambio y transformación social, por medio de programas como Preparación para la Acción Social (PAS), Apoyo a líderes comunitarios y, más recientemente, los proyectos Transformando el ambiente y Cultivando la esperanza—, esta institución propició las condiciones adecuadas para hacer germinar una nueva parcela donde las aves pudieran fabricar sus nidos y las mariposas volvieran a aletear, donde ese mundo rural visto a través de los ojos de doña Julia Vásquez fuera posible, y donde las mieles del conocimiento y de la ciencia —ese derecho a veces reservado para ciertas clases privilegiadas—, estuviesen al alcance de todos. En esencia, Fundaec escribió, con exquisita orfebrería científica y social, UNA CRÓNICA DE AMOR.




One comment
Gonzalo de Jesús Cuéllar Velez
martes 29 octubre, 2024 a las 9:20 pm at 9:20 pm
Soy uno de esos más de mil egresados de la licenciatura en educación rural, feliz de leer esta hermosa historia de la que hice parte activa hasta el 14 de enero de 2024
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