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Sábado, 3 de octubre de 2026
domingo 27 marzo, 2016 a las 10:19 am

Fascinante y conmovedora historia

Foto Ilustración de la película de Pier Paolo Pasolini.
Por JORGE MUÑOZ FERNANDEZ jorgemuñozefe@hotmail.com
Escrito por Mateo Malahora / [email protected] / [email protected]

Nadie que inspire tanto respeto como Jesús, cuya vida nos conmueve desde su nacimiento hasta la muerte. Hijo de una mujer gallarda, que asumió su compromiso de vida con estoicismo, propios de su estirpe palestina.

María fue víctima de una de las más sórdidas conductas humanas: el chisme, que convierte a sus protagonistas en seres despreciables, moralmente depravados.

Podemos imaginarnos las miradas de desprecio de que fuera objeto por ser una mujer que convivía con un artesano superior en edad, cuya misión era la de simular, socialmente, su condición de esposo.

Viejo cándido y cornudo. “No digas nada, pero me han dicho… dicen por ahí que Jesús no es hijo de José…”

De niño, Jesús de Nazaret, antes de trascender los más altos designios de su misión redentora, era mirado con desprecio, como todos los niños que venían al mundo sin la bendición social de la cultura y valores impuestos por el patriciado.

Y no era para más, en una población donde el prestigio lo daba el lugar que la persona ocupaba en la producción económica, apropiación de la riqueza, ejercicio del poder, el territorio del nacimiento (Jesús de Nazaret) y la clase social a la cual se pertenecía, era imposible, en tales condiciones, que los pescadores, pastores, enfermos sin protección social, pobres, esclavos y leprosos, fueran reconocidos como seres humanos. Clase baja, a la cual pertenecía la familia de Jesús.

Cuando se hicieron públicas sus peligrosas y tempranas prédicas, los expertos en murmuración social, difundían las consejas del poder, entre ellas la de que el hijo de María había nacido en un establo. Su tarea era la de someterlo a un crudo desprestigio.

De esta manera se descalificaba su sabiduría, pues como persona descastada no hacía parte de la estructura del poder dominante, conformada por los sumos sacerdotes, fariseos, jefes romanos, ricos comerciantes, jefes de los recaudadores de tributos, maestros de la ley,- sistema judicialmente imperante-, y altos sacerdotes.

La familia del carpintero no cabía en los estamentos sociales con prestigio social.

Palestina, para esa época, era una provincia ocupada por el imperio romano, donde los prisioneros de las guerras trabajaban como esclavos, de cuyo trabajo se apropiaban los patricios y servía, además, para sostener el Estado y mantener las guerras.

Hay que recordar, también, que los romanos que no podían pagar sus deudas eran sometidos a la esclavitud, no importara que ostentaran el título de ciudadanos, como en Grecia. Ciudadanos caídos en desgracia.

Había mercado de esclavos y los precios estaban sometidos a la fuerza que ostentaran, hasta que el comercio de seres humanos desapareció cuando se contrajo la economía y se optó por permitirles organizarse en parejas, tener hijos y ser propietarios de pequeñas parcelas, lo que resultaba mucho más económico que alimentarlos y vestirlos.

Gobernar no era fácil por el gran número de personas subyugadas y sin libertades. La inconformidad amenazaba el orden esclavista vigente y las autoridades sabían que para poder gobernar era necesario hacerles concesiones a los habitantes arbitrariamente sujetados, por lo que se optó por exonerarlos del servicio militar obligatorio y permitirles que usaran algunos bienes como las fuentes públicas y los teatros.

La libertad individual de los sectores privilegiados estaba en contravía de la total dominación en que se encontraban los esclavos, tanto que ante la ley no eran seres humanos, aunque ya se hablaba de la civilización romana.

El régimen del terror no permitía levantar la cabeza a los esclavos, sin embargo, con frecuencia las fugas eran notorias y causaban temores.

Su persecución era implacable. Calificados como fugitivos, en el derecho reinante, de ser capturados no se les sometía a un juicio justo sino que eran públicamente crucificados para escarnio de los irredentos y el goce morboso de los patricios, personajes notables y gobernantes.

Dedicados a los negocios y la guerra, los romanos, en la época de Jesús, no estaban interesados en promover idearios religiosos, máxime que en el imaginario de los excluidos y marginados existía la creencia esperanzadora que un Mesías nacería para cambiar el mundo y eliminar el sufrimiento.

Ser palestino en territorio ocupado por los romanos era sentirse mirado con sospecha. Tanto más por los esporádicos intentos de rebelión contra las autoridades imperiales.

El implacable Herodes es ejemplo de las políticas de seguridad que aplicaban los romanos para preservar el poder esclavista y Poncio Pilatos pasó a la historia como un gobernante que, por simples conjeturas, ordenó ajusticiar a mil quinientos sospechosos frente a las Murallas de Jerusalén. ¿Falsos positivos?

Jesús fue torturado y objeto de un horrendo crimen por pensar distinto. Del mismo tratamiento fueron objeto San Pedro y el apóstol Santiago. Intentaron mantener la misma causa.

Cuentan que Jesús de los doctores de la ley, que obraban como magistrados de la época, encabezados por el mismo Sanedrín, Suprema Corte, que decidió su muerte, a cuyos togados había visitado para asimilar su sabiduría, no aprendió nada, tanto que optó por alejarse de ellos con dignidad y no volvió a sus encuentros inútiles, legitimadores del sistema esclavista.

De ellos escuchó: “Dura lex, sed lex”, “Dura es la ley pero es la ley”, como hablaban los Magistrados de la época.

Condenado por los fariseos y señalado por la aristocracia saducea de recibir apoyo de los esenios, se ausentó de los intelectuales y de los poderosos de ese entonces. “Es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que un rico salvarse”, dijo después. No entendieron su metáfora.

Prefirió conversar y leer el alma de los pobres, jornaleros, esclavos, artesanos, herreros, carpinteros, pescadores, orates, trovadores, arrieros, albañiles, mujeres solas, niños abandonados, esclavos, prostitutas, adúlteros, publicanos, mendigos, leprosos, y “los humillados de la tierra”.

Se acercó a los enfermos crónicos y terminales que, en la cultura judía, eran abandonados a su suerte, por considerarse que las enfermedades penosas eran fruto del pecado y propias de cuerpos impuros.

Se puso del lado de la vida y se la jugó por quienes habían perdido la esperanza. Tantos y tantas llegaron a escuchar y respaldar sus parábolas y mensajes de las buenas nuevas que se volvió peligroso.

Calificado como subversivo sus amigos sabían que en cualquier momento sería ajusticiado para que su muerte sirviera como escarnio público.

Su prontuario judicial, como sujeto con el poder de hacer milagros, preocupaba al cerrado círculo de los gobernantes y protectores del establecimiento.

En el seno de un sistema oprobioso y humillante, predicó que había un lugar donde no existía la muerte, ni el crimen, ni las desigualdades sociales. Tesis perversa y amenazadora.

Habló de una verdad alternativa y los grandes señores del Imperio, aúlicos y cortesanos, creían que “El Mesías” había llegado para desplazarlos del poder y reivindicar el reino de los pobres.

Su reino no pertenecía al reino de la iniquidad, la explotación y la miseria.

No sé dónde leí, o escuché, que alguna vez se impresionó tanto con la desigualdad social y la alta mortalidad de los pobres en la región de Palestina, donde vivía, que un día cuando terminó de ayudar a construir un ataúd a su padre José asumió la decisión de combatir para siempre la injusticia de la muerte.

Torturado y muerto, vida prodigiosa, centurias después sacralizada.

Y nació, como dijera García Márquez, “en una pesebrera”.

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