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Martes, 6 de octubre de 2026

Este país sería mejor si nos quejáramos menos

Las_quejas_de_un_hombre
Luis Barrera
Por: Luís Barrera
[email protected]

En Colombia tenemos la vieja costumbre de quejarnos de todo y por todo. Del frío, del calor, que si llueve y nos inundamos, o las facturas de los servicios que llegan altas, de la falta de dinero, de nuestros dirigentes y gobernantes, de los vecinos bullosos, de las enfermedades, de las injusticias, y en fin, de todo aquello que no nos gusta o simplemente no cae mal.

Y no nos damos cuenta de que las quejas son un tipo de pensamiento cargado con energía oscura y negativa que atrae hacia nosotros “más de lo mismo”, precisamente aquello que queremos evitar.

En cambio, si elegimos tener una actitud distinta, y en vez de quejarnos, aceptamos, amamos y agradecemos a Dios todo aquello que nos ofrece la vida, rescatando lo bello y positivo de cada situación, atraeremos armonía, alegría, bienestar y felicidad.

Quejarnos se convirtió en uno de los siete hábitos mortales. Los otros son: castigar, culpar, amenazar, perseguir, criticar y sobornar. Como la mayoría de los hábitos, lo aprendemos en nuestra infancia, de personajes significativos en nuestra vida. Después tendemos a reproducir ese hábito, quejándonos continuamente, ya sea con nosotros mismos o con los demás.

Ojalá nuestra queja o las quejas de los demás fueran suficiente para lograr cambios. Sin embargo, parece que estamos genéticamente programados para resistir cuando alguien nos trata de obligar a hacer algo que no queremos.

En muchas ocasiones es más fácil cambiar nuestra percepción de algo o nuestra expectativa que quejarnos. Por otra parte, hay cosas en la vida de las que no podemos quejarnos, pues detrás de cada evento hay aprendizaje, evolución, transmutación y muchas cosas más.

Pongamos por ejemplo, para no ir muy lejos, a nuestras grandes maestras de vida: la enfermedad, la muerte y la soledad. Ante ellas no hay queja que tenga validez. Cada uno necesitamos enfrentar y asumir nuestras vivencias, esas que forman parte de la vida y que si logramos aprender de ellas se convierten en experiencia y sabiduría.

Resulta mejor protestar y dejar constancias que algo nos molesta, nos lesiona y mortifica, que andar quejándonos solo por quejarnos. Hay ocasiones en las que presentar formalmente una queja nos sirve para cambiar una situación injusta, pero siempre hay que reflexionar si quejarnos resultará útil o si sólo alimentará un círculo vicioso.

Quejarse no debe confundirse con la crítica constructiva a través de la cual le hacemos saber a alguien que ha cometido un error o que tiene alguna deficiencia, de modo tal que pueda mejorar. Abstenerse de quejarse no necesariamente significa soportar malas conductas o actitudes o alcahuetear mañas y vicios.

Hay que marchar, movilizarse, hacerse sentir y respetar los derechos que nos son violentados o desconocidos en una sociedad excluyente, discriminatoria y perversa que pretende desconocer la dignidad humana, pero no basta con pegar el grito en el cielo. Lo que corresponde es ser agradecido con el dueño de la vida, por cada instante que nos ofrece y nos regala con sus dones y gracias.

Recuerdo muy bien, como si fuera ayer, a monseñor Gersaín Marín Molano cuando nos decía en Puerto Tejada, siendo yo aún muy niño: “El que logra erradicar el hábito de quejarse habrá hecho de su vida un paraíso, con salud, mejor ánimo, relaciones más favorables, mayor autoestima. Será una persona más feliz, al vivir más en sintonía con Dios y el universo”.

Aquí ha hecho carrera que para desahogarnos de las adversidades de la vida, hay que quejarse. Cuando criticamos, nos quejamos o juzgamos, estamos emitiendo un mensaje regresivo, desalentador y una energía discordante que por “ley de atracción”, será devuelta a nosotros pero multiplicada, ya que nuestra acción pesimista y malagradecida alimenta aquello de lo que nos quejamos y lo hace más grande.

Lo he comprobado, el quejarse, criticar y juzgar, sólo trae amargura para el que lo hace y los que lo rodean, y la actitud positiva ante la vida y sus sucesos, con sinceridad, comprensión, amor, generosidad, misericordia y desprendimiento, de seguro nos hace felices.

No sé por qué pero parece que quejarse es algo innato de los colombianos, que berreamos por todo… Lo hacemos todos, hasta las personas que lo “tienen todo” se quejan. A veces nos quejamos sin siquiera darnos cuenta por cualquier bobada e insignificancia, pero rara vez nos resulta útil.

Es normal que en la dinámica de la vida y como está la situación del país, nos encontremos con situaciones que nos gustan y con otras que nos disgustan. Algunos optan por adaptarse a lo incómodo, aprender y superarse, pero otros, se anclan en lo que les molesta y usan como recurso equilibrador la queja que suele terminar en simples himnos a la bandera o trámites protocolarios.

Estoy cada más convencido que este país sería mucho mejor sino quejáramos menos. Resulta más fácil quejarse en lugar de resolver un problema. Pero adaptar una actitud más positiva frente a los problemas, dificultades, obligaciones, angustias y heridas, necesitamos ser más humildes y aprender a perdonar, tolerar y vivir en convivencia, dejando a un lado los celos, odios, rencores y envidias, cosa difícil, pero no imposible, si es que realmente queremos algún día vivir en paz.