En el cumpleaños 90 de mi madre


En el cumpleaños 90 de mi madre


El pasado domingo mi madre, Alba Marina Geller de Luna cumplió noventa años. Un motivo para celebrar, un motivo de alegría no solo por tener la suerte de verla cumplir estos años, sino también por ver lo bien que está.
A mi madre la conoce casi todo Santander de Quilichao aunque nunca ha tenido afán por salir o ser reconocida. Ha sido y es fiel a sus amigas. Y tanto ser amiga como tener amigas para “las duras y las maduras” dice mucho de ella. Es una mujer tranquila, seria, prudente, discreta.

Como madre, nos educó a todos de la mejor forma que supo, fuimos once hermanos hijos de ella y de Alfonso Luna Solano, comerciante, fundador de unas de las más antiguas ferreterías de Quilichao -hace más de 70 años- y dirigente político liberal que falleció el 18 de mayo de 2011, a sus 95 años. Infortunadamente también fallecieron mis hermanos: el mayor (Carlos Harvey – 2006) y el menor (Harold – 2014). Quedamos nueve: Luz Alba Luna Geller, ingeniera agrónoma; Alfonso José, ingeniero militar y periodista; Alberto, comerciante y agricultor; Lucero, Licenciada en Educación Especial; Diego Hernán; Amparo, Licenciada en Educación Preescolar; Maribell, Abogada; María Elena y Piedad, las dos menores, ambas administradoras de empresas.
Todos fuimos formados por una pareja que cada día se preocupaba porque tuviésemos claros unos principios y valores, y los practicáramos. Que supiésemos que en la vida todo cambia y que uno debe saber amoldarse y estar preparado para ello. Y que parte del secreto de la felicidad es no tener apego a nada material, sólo a aquello que nosotros construyésemos a nuestro alrededor y a las personas queridas.

Supongo que algo de pasión de hijo habrá en mis palabras, pero intentando ser objetivo, creo que mi madre es una mujer muy completa en todos los sentidos. Siempre ha estado ahí con nosotros, y ha sido capaz de superarse siempre ayudándonos en nuestra superación, y no se ha dejado amilanar por los malos ratos de la vida, dándonos valor. Fue un hogar donde todo era (es) solidaridad, amistad, lealtad, compromiso, mutua ayuda y orgullo de portar los apellidos Luna y Geller.

Como en nuestra niñez y parte de nuestra juventud no había computadores, ni televisión, ni tablets, menos celulares, recuerdo que teníamos una completísima biblioteca a la que nos acostumbraron a disfrutar desde niños. Nuestros padres nos brindaron la orientación necesaria para leerla, comprenderla y asimilarla. A mí me impactaron los «Clásicos Jackson» una colección de 41 tomos con lo mejor de la literatura antigua y moderna; por eso tuve la oportunidad de conocer poetas dramáticos griegos, los diálogos socráticos, a Aristóteles, las Vidas de los doce Césares, obviamente, el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha; los Ensayos de Montaigne, Las confesiones de Rousseau, comedias y tragedias de Shakespeare, a poetas líricos castellanos y La Divina Comedia. Nos tocó leer también a Voltaire, Diderot, a Dostoievski y Tolstoi, entre otros.

Era apenas una parte de la biblioteca que además estaba dotada de obras clásicas de historia y geografía, y mucha literatura política pues mi padre fue un gran lector a quien nunca le faltó la suscripción diaria de El Tiempo y El Espectador. Es más, recuerdo que el primer libro que leí completo, inducido por mis padres, fue la biografía del presidente Abraham Lincoln, el llamado Padre de la Nación, que consiguió su más ferviente anhelo al lograr abolir la esclavitud de los negros en los Estados Unidos. La obra fue escrita por Emil Ludwig.
Pero ése interés y curiosidad que nuestros padres despertaron en nuestra infancia por conocer la historia de la humanidad se vieron satisfechos con el estudio de la historia universal del belga Jaques Pirenne, que son 15 tomos profusamente ilustrados que aún consulto. Para mí es la herencia más preciada de mis padres porque es un extenso tratado desde los grandes imperios de la antigüedad, pasando por la edad media, el Renacimiento, la reforma y absolutismo, las guerras del siglo XVIII, el despotismo ilustrado, la revolución francesa y Napoleón, el liberalismo, los imperios coloniales; la primera guerra mundial, las corrientes totalitarias, la segunda guerra mundial, los grandes bloques, la descolonización, en fin, un hilo conductor que permite detectar las corrientes sociopolíticas surgidas el acontecer del hombre, que interpreta además la razón económica de cada época y su influencia en la concepción de sociedad.

Para variar, nuestros padres nos hacían pausas mientras conocíamos el Reportaje a la historia de Colombia, o la Enciclopedia Ilustrada Círculo, para recalcarnos que la ignorancia y la inmadurez eran (y son) los obstáculos más grandes para lograr la felicidad de la humanidad.
Este domingo 21 de julio pasado también nos acompañaron a celebrar con mi madre sus 14 nietos y 10 bisnietos, junto con muchas amigas y vecinos que ése día llegaron a casa a demostrarle a mi madre una gran solidaridad y cariño.

Mi madre siempre ha sido el centro neurálgico de la familia, el enlace cualitativo, el apoyo permanente en el día a día de nosotros sus hijos, cuando todavía éramos pequeños, en niñez, la adolescencia y también ahora de adultos, ya mayorcitos. Ella representó el centro neurálgico, pues cuando ya todos habíamos salido del hogar, se prodigó en recrear cualquier reunión para mantenernos en contacto y lo consiguió, principalmente los días 7 de agosto cuando mi padre cumplía años, en las navidades y los 21 de julio, en su cumpleaños, disfrutábamos en familia en el solar de nuestro hogar adonde nos visitaban familiares que venían de Ibagué, Armenia, Cali o desde Tuluá. Mi mamá se encargaba de la cocina, dedicada, resuelta, pendiente, decidida a entregarnos lo mejor de sus recetas, como una muestra renovada del amor enorme que nos prodiga todo el tiempo.
Esa tarde dominical, mientras mi madre estaba feliz y reluciente, satisfecha de poder compartir un almuerzo familiar con sus hijos, nietos y bisnietos, y otros familiares, que inclusive habían llegado desde Costa Rica, el país centroamericano, el Trío Reminiscencias ese día se lució porque supieron interpretar el especial significado de la ocasión.

Yo tuve otra satisfacción inmensa. Fui gratamente sorprendido con la visita de mi madrina de bautizo, la señora Imelda Mera de Solarte, quien a sus 87 años también nos acompañó con su privilegiada lucidez, toda llena de consideración y cariño. Gracias por sus recuerdos.
Nunca voy a olvidar, entonces, tantas cosas hermosas que hemos vivido juntos en familia. Nunca desfalleciste de cansancio, madre, ya que gracias a ti pudimos tener tantas cosas y nunca nos faltó nada. Tú has dado todo de ti, y soportaste muchas cosas para que nosotros nunca sufriéramos o nos faltara algo.
Felices 90 años, madre mía. Tu herencia es invaluable, tu legado se quedó en nosotros para siempre. Y felices también nosotros que vivimos y te tenemos, aprendiendo cada día a quererte, para tratarte durante muchos años más.
¡Qué bella es la ancianidad de los que nunca perdieron la inocencia!
Y pongo aquí la canción de Mercedes Sosa, “Las manos de mi madre”, por si quieren escucharla:
***********************************
Otros editoriales de este autor: CLIC AQUÍ



