EN DIÁLOGO CON KRISHNAMURTI


EN DIÁLOGO CON KRISHNAMURTI

Este pensador del siglo XX nació en la India en 1895. Necesitó 90 años para dejar este mundo. Sus dotes de sabiduría se avizoraron desde edad temprana (13 años). Se le quiso erigir como Enviado, Mesías, Maestro (gurú). Al principio aceptó ese destino impuesto, hasta que aprendió a pensar por su cuenta, en una edad parecida a la vida pública de Jesucristo, 35 años.
Quizá la palabra que mejor explica ese giro en su vida sea la “humildad”. Se asumió como persona del común, que como enseña aprende también de los demás: “yo no quiero mostrarle nada a nadie”, “yo no quiero influir a nadie”, eran frases que repetía. Uno (y cada uno) tiene que ser su propia luz. Por eso no le gustaba el término “método”, que está bien para la ciencia, que define y tiene principios. En cambio, lo suyo, que es salir a la busca de verdades fundamentales, precisa de lámparas para la observación y el discernimiento. “Cuestionamiento”, es otro término frecuente en sus charlas. Prefería, para sus propósitos, la conversación entre pares, a la manera socrática: toda verdad se revela y se construye en el diálogo, porque no hay verdad absoluta.
Era plenamente consciente de que, en general, los seres humanos tenemos más o menos los mismos problemas: todos sufrimos, todos tenemos miedos, todos nos sentimos inseguros y tenemos Dios o dioses, con ritos particulares, para enfrentar esas ataduras, que obran como fundamentos de toda religión, que tiene un significado análogo: ‘religió’ (atar). Por la necesidad que tienen los seres humanos de relacionarse.
Procedente del budismo y del hinduismo, uno de los tópicos más presentes en el imaginario krishnamurtiano es el “apego”, que genera el sufrimiento y los miedos. Dado que, si le tengo apego a ese carro, a ese mueble, etc., estoy apegado a ello y por lo tanto me convierto en esos referentes, en tanto ejercen un poder de posesión sobre mí. Ah, entonces me “desapego”, pues no; porque no es una relación de opuestos para elegir, cada uno tiene su naturaleza propia, de tal forma que el “desapego” conlleva también un nuevo conflicto. Para obviar el asunto, podríamos hablar de un distanciamiento como paliativo del miedo, por ejemplo.
Otro asunto al que Krishnamurti da una atención especial es la violencia. La violencia, representada en la guerra, es el mayor testimonio de la casi ninguna evolución humana en el plano psicológico. Aquí el sabio indio deja ver su mayor pesimismo y su incertidumbre ante el porvenir de la historia humana, “porque estamos siguiendo la misma pauta en los últimos cinco mil años”. Y si lo miramos desde Colombia, en el último siglo, hemos aceptado la guerra como una forma de vida; y no es sólo la guerra convencional de los fusiles, sino también en espacios como el hogar, la oficina o el terreno de juego. En Colombia Thanatos le gana las batallas a Eros; dado que la paz antes que punto de encuentro (reconciliación), es pretexto para encender nuevos odios. La guerra tiene rostro, la paz es una idea difusa.
Y claro, el miedo mayor a que se enfrenta el ser humano es la muerte; ni siquiera el más creyente la desea, aun en la agonía sigue dando la batalla por la vida. Krishnamurti explica que son dos las muertes: la fisiológica, que no es tan importante porque la vemos por doquier y matamos animales para alimentarnos; la que preocupa es la otra, la psicológica, porque es el fin del ‘yo’, el yo que dice: soy dueño de esta casa, de los afectos (posesión) por los seres que se aman… Eso no se quiere perder. Todo un mundo racional que se suma en los apegos. Ahí está el desafío, que no se resuelve en un supuesto desapego, que en cambio es fuente de nuevos conflictos. El punto de equilibrio sería un distanciamiento justo, como una epifanía: asumir el hecho real de que “para vivir hay que morir: Morir cada día a todas las acumulaciones”. No es fácil. Krishnamurti nos invita a seguir buscando.
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Otras publicaciones de este autor: http://www.proclamadelpacifico.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/donaldo-mendoza/



