LA MAREA EMPUJA Y TUMBA


LA MAREA EMPUJA Y TUMBA

Todos estos días el mar se aprecia picado. Las embarcaciones no se mueven y los barqueros no pululan como en semanas atrás. El sol sacaba pecho y las nubes se movían como bultos de papa sucia en un camión. Es la época de lluvias y la atmósfera cambia, sentenciaban los que saben.
Sí, el mar no estaba tranquilo. Iba y venía, iba y regresaba empujando como niños traviesos en la fila del colegio. La ribera estaba intranquila. Subían botellas, desperdicios, bolsas rotas con etiqueta de almacén de cadena, de esas plásticas de envolver yuca, papa y plátano hartón.
La arena en el borde de la playa iba y venía, como si alguien la cerniera desde el fondo del océano hasta la punta de la ensenada.
Podía ver uno botellas aún borrachas, sin licor por dentro, trozos de madera ya casi podrida de tanto rodar por agua y por encima de la arena, troncos de árbol pequeños, tapas de frascos y pedazos de ropa que bailaban su último tango.
El mar lucía de intenso azul, casi oscuro de un metileno puro. Era como una joya enorme, una mole bruta de azur y aguas sobre el lecho de monstruo despierto. A veces en el danzón de las aguas – que se mecen de adentro para afuera – y se divierten volviendo tercas para donde su madre las trajo, dejaban ver sobre la ribera limpia, las madrigueras de los humildes y lentos cangrejos.
Salen como entredormidos a otear cómo está de llena la playa o si está libre de bañistas. Se alzan sobre sus nueve patas y alzan su cabezota para mirar con el telescopio escondido entre su carapacho de buzo. Abandonan su huequito y se van a dar un vueltón a conseguir lo de su almuerzo o comida. Porque ellos no desayunan.
Allá en el fondo se alza un intento de tifón. Se oye como un himno de miedo de varias olas que anuncian la arremetida de unos vientos que vienen del «aquilón» del norte, como gallinazos enormes de agua, cantando a muerte.
Pero, no. Es una falsa alarma. Es una flotilla de veleros que vienen en competencia y levantan un polvero de agua y nube. Son como las 12:30 y el sol arrima calienta la escena. En el restaurante ya se huele el sudado de piangua y el seco con pez sierra y tajada de plátano. El hambre después de la caminata por la playa y la soleada en el agua llena de pececitos que muerden o besan rico, es el preámbulo del almuerzo.
La marea a veces no se siente tanto. A no ser que haya tormenta. Alguna noche parecía que una ciudad invisible sobre las nubes que se estuviera desmoronando y fuera caer sobre Piangüita. Los rayos y relámpagos así lo hacían presumir cuando uno estaba bajo la sábana.
La marea siempre existe. Serena y arrulladora o letal cuando se convierte en ventisca y tifón con fauces de nubarrones y rayos.
27-05-18 7:48 p.m.
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