EN CASA DE PEDRO


Una tarde de domingo se reunieron en casa de Pedro; la estancia acogía con su sencillez despojada de toda cosa superflua; las paredes eran blancas como el silencio, y acaso se respiraba un aire santo. La mujer de Pedro los atendió con un ágape sin ostentación, y ellos disfrutaron con la honesta gratitud que da el Espíritu. Jesús les dijo: «Quisiera que os llamen Hijo del Hombre, para que los que entienden mal y gustan de creencias falsas no malinterpreten. En verdad, yo tengo mis raíces en lo Alto, pero me alzo del espíritu del hombre y toco el cielo. Uno retorna a la cuna donde fue concebido, si es que puede reconocerse como lo que es. Pero ya os he anunciado que vendrán muchos en mi nombre, muchos falsos pregoneros; y pocos, muy pocos verdaderos; yo hablaré a través de estos últimos y se les debe creer, así hayan llegado mucho después de mí, en la época que sea; la transparencia de los corazones elegidos sabrá reconocerlos. Yo soy la Luz que siempre vive, de modo que no sólo a quien veis ahora enfrente corresponde daros el Verbo Santo. Mi Palabra es el origen, el medio y el fin de todas las cosas; todo viene de ella, todo es ella manifestándose en el mundo; sin embargo, es necesario separar el trigo de la cizaña, para que la falsa profecía no confunda a los escogidos».
Pedro tenía un gato; se arrimaba insistentemente a los pies de Jesús, frotaba su cabeza en ellos y ronroneaba; él lo alzó, lo acarició y lo dejó acostar junto a su regazo. «En verdad, este bello gato expresa el amor a su manera, y el amor es la fuerza que fluye del corazón, ahuyenta el miedo y la tristeza. Y os aseguro, hoy entró la salud a esta casa». Y entonces sopló sobre ellos y les dijo: «Tomad el Espíritu Santo; todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, os será dado».
La casa de Pedro fue ese día una morada como ninguna otra. La huerta expandía el olor de los jazmines, mientras por la ventana parecía entrar el aire de la vida.
RVQ.




