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miércoles 29 junio, 2011 a las 11:53 am

Emira Rodríguez, voz alucinada en Venezuela

Gloria Cepeda Vargas
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Emira Rodríguez nacida en Porlamar, isla de Margarita, el 13 de enero de 1929, es una poeta, narradora, pintora y artesana venezolana. Desde muy joven residió por largo tiempo en Italia donde comenzó a escribir a escondidas de su primer esposo. En 1963 regresa a Caracas y trabaja como administradora hasta 1967, en la revista “Zona Franca”. Se casa por segunda vez con el poeta, crítico y folclorista venezolano Juan Liscano y a partir de 1970 empieza a publicar poemas y relatos en revistas españolas y venezolanas.
Es autora de los poemarios titulados “Relaciones”, (Cuadernos Hispanoamericanos), “La casa de alto”, Caracas, 1972, “Malencuentro pero tenía otros nombres”, Caracas, Monte Ávila, 1975 y “Como sueños ajenos”, La Asunción, 2001.
Existen pocos textos críticos sobre su poesía. El poeta Luis Alberto Crespo y el ensayista y poeta argentino Manuel Ruano, escribieron los dos primeros comentarios conocidos acerca de “Malencuentro pero tenía otros nombres”, al cual se refirió el primero con estas palabras: “La audacia verbal de los poemas de “Malencuentro” de Emira Rodríguez, ha sido adjudicada a filiaciones surrealistas o a la influencia del poeta venezolano, nacido en Guanape, Estado Anzoátegui, Rafael José Muñoz”. Posteriormente, Ana Teresa Toro y Yolanda Patin en la Antología “El hilo de la voz”, dijeron al respecto: “Un caso especial es la poesía de Emira Rodríguez (1929), difícilmente clasificable dentro de las tendencias descritas. Generacionalmente anterior a la mayor parte de las autoras mencionadas, publica sus dos poemarios en la década de los setenta. “Malencuentro pero tenía otros nombres” (1975) es un libro que pareciera abrir líneas de continuidad con proporciones igualmente radicales en poemarios posteriores a Laura Gracco (1959) y Manon Kübler (1961).
En todo caso, se trata de un texto adánico, con expresas influencias del movimiento surrealista y especialmente del poeta venezolano Rafael José Muñoz, a quien dedica uno de sus textos más delirantes.”
Los sesenta son tiempos de rebeldía para la poesía venezolana. Con “Sardio” y “El techo de la ballena”, Caupolicán Ovalles, integrante de la segunda de estas agrupaciones, le tuerce el pescuezo al discurso lírico de entonces con las palabras irreverentes de su famoso poema “¿Duerme usted señor presidente?”, en un intento de apostrofar los logros del establecimiento. Hoy las suyas aparecen como batallas ganadas y reconocidas por adictos y opositores. Esos años tumultuosos cohesionaron y concretaron las corrientes literarias en el país.
Surgidos como un hito crucial en el desarrollo de la literatura venezolana, en un río que arrastra desde la palabra atormentada de las cárceles gomecistas hasta la musicalidad de los poetas ligados en Venezuela al modernismo y a los primeros atisbos vanguardistas (Andrés Eloy Blanco, Enriqueta Arvelo Larriva, José Antonio Ramos Sucre y José Ramón Heredia) aparece como un mentís a todo lo existente, la extraña poesía de Emira Rodríguez.
La suya es una voz casi única en un coro todavía monocorde. Su obra poética, calificada como fulgurante, es casi desconocida por las nuevas generaciones. Su tendencia no puede designarse como experimental. Las voces de la crítica especializada del país, la señalan como visionaria y chamánica, ubicándola en el casi desconocido grupo de los llamados “poetas alucinados”.
El olvido en que yace, deja inoperante el análisis holístico de la poesía en Venezuela, donde es pieza insustituible. Desconcierta lo innovador del lenguaje y un estilo que corre como potro chúcaro por las sabanas a medio colonizar de la escritura de su tiempo. Por considerarlo necesario, transcribo fragmentariamente “Bitácora para lugares reencontrados”, uno de los más nostálgicos y hermosos poemas escritos para requebrar a su modo esa metáfora siempre nueva que se llama Caracas: “Luz del amanecer rompiendo en botón de oro nomeolvides/ magnolia grandiflora desparramas pistilos en tapices/ violácea jacarandá luz del amanecer bajo las ramas/ nomeolvides diamela cuarentona estoy triste/ tara palo maría cayena nomeolvides/ nomeolvides carakcas ave del paraíso flor de la Berbería/ lenta serpiente negra nomeolvides/ chaparrillo morado palosanto con olor de vainilla/ nomeolvides clavel de Galipán/ diego de noche ixora flor de yeso/ floripón estoy triste bajo las ramas nomeolvides/ nomeolvides camelia de metales pálidos/ falcón de enredadera clavellina/ malva noche/ insomnio mal amor/ nomeolvides”.
Emira Rodríguez reside actualmente en Porlamar, lugar de su nacimiento.
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