SI LOS ROBLES HABLARAN
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Ahhh, si los robles tuvieran boca y la abrieran. Ellos tienen corpulento aspecto, abundante cuerpo, cabello rubio, sus bellotas son famosas y solo llegan a viejos a los 1200 años. Debajo de su corteza guardan en círculos la memoria de su cada día. Sus raíces son profundas, no les temen a las tormentas y en agosto florecen sin falta. Deben ser unos árboles muy sabios. Quien los mira juntos en el robledal, reunidos como científicos en foro, trabajando sin ruido y con sus cabezas llenas de hojas, podrían acurrucarse a su sombra y escuchar en otoño los secretos que dejan en multitud de hojas al viento.
Tal vez de ellos dijo Casona que el mundo los verá morir de pie. Altivos, solemnes, como patriarcas milenarios, solo descansan cuando sus brazos y troncos solo son arrugas y moho. La tierra recogerá sus restos que es el humus, que enriquecerá el suelo donde vivió erguido.
Si los robles hablaran nos contarían millones de historias. Nos recordarían el paso de Alejandro con sus tropas galopantes con sudores y lamentos. Sus troncos delgados y jóvenes, sin follaje porque era invierno, les abrieron paso por entre sus piernas magras. Describirían sus corazones delirantes por las amadas que dejaron y ya no encontrarían a su regreso. Nos susurrarían en voz baja la crueldad que significa seguir sin retorno a un jefe ansioso de gloria enfundado en su coraza de plata.
Como poetas nos cantarían mirando hacia las nubes, de nevadas, terremotos, de florescencia y nidos, de los colores del otoño, del canto lúgubre de los lobos en jauría, de las quemas insanas, de cómo vieron a venados y ciervas correr despacio por los corredores de la selva. Cómo despertaron muchos días al alba con el vuelo de bandadas de garzas rosadas, faisanes con corona y alondras inocentes. Contarían cómo asistieron al nacimiento de riachuelos, de leopardos y tapires y cómo saludaron desde lejos a los cóndores y aves migratorias que venían desde los Polos.
Desde su sombra ancha en primavera pasarían meses enteros contando historias de enamorados que vinieron a escribir sus nombres y la fecha sobre su piel rugosa. Admirados relatarían escenas temblorosas de pasión y fuego, juramentos de amor eterno sellados con puñal y marca en el brazo, nos contarían que oyeron sus susurros que semejan a los de las palomas que arrullan al amanecer y agrandan la majestad de la arboleda.
Nos contarían llorando cómo perdieron a sus padres, cómo cayeron de un tajo, unos por rayos, otros por la velocidad del viento y otros por la ambición y sevicia de los humanos con sus sierras y maquinaria muy eficiente. Se los llevaron en camiones para las papeleras y para el extranjero después de declararlos “aprovechamientos” honestos y legales.
Los robles también tienen alma y se saben destinados a preservar la vida del hombre, un fin muy noble. Su flor es masculina y dan frutos de vida. No son seres inertes o esclavos a muerte condenados por empresas sin responsabilidad social y hombres sin familia. Los robles nacieron para vivir mil años. Pero los hombres, despiadados, los amordazan, los desnudan, les privan de su existencia y los venden sin reato y sin comprender el grave daño que le causan al Universo.
28-06-11 – 17:35 p.m.
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