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martes 11 noviembre, 2014 a las 4:13 pm

El regreso a Ítaca

Itaca

Reflexiones desde El Cerro del Cacique Pubén, antes Cerro de Belalcázar.

Por JORGE MUÑOZ FERNANDEZ jorgemuñozefe@hotmail.com
Mateo Malahora
[email protected]

Jamás había visto a una persona con tanta nostalgia de nación como pude observarla en el rostro y las palabras de María del Sol Palacios, mientras viajaba de Vancouver a la ciudad de Victoria, en un ferri regularmente ocupado por canadienses e inmigrantes de todos los países del planeta.

Me impresionaron sus facciones, no sólo por su cautivadora belleza, que en principio me pareció iraní, sino por la enorme congoja con que pronunciaba cada una de sus frases durante el diálogo que sostenía con quien era su compañero de viaje.

Antes de compartir la mesa donde la pareja tomaba un frugal desayuno le pregunté, en precario idioma inglés, si el asiento contiguo estaba libre y con un gesto de amabilidad ambos asintieron para que lo utilizara.

Después de sentarme continuaron hablando, sin que mi presencia limitara el tema de su conversación y que en razón de mi proximidad debí escuchar sin ninguna reserva.

Hablaban sobre Odiseo, ella lo hacía en un tono pausado, con una semblanza que todavía conservo en mi memoria, porque María de Sol parecía estar separada de la humanidad, cortada de raíz de su gozo de vivir y con una infinita soledad que parecía invadir todos los espacios de su piel y de su espíritu.

Me dije para mí: Es el exilio. Tenía rostro de funeral, para utilizar una expresión garciamarquiana.

Al levantarme de la mesa les expresé en español: “Buena suerte, que disfruten la Isla de Victoria” y con agradable sorpresa, acto seguido, me invitaron a que permaneciera con ellos. “Somos colombianos, mi nombre es María del Sol y el de mi esposo Thomas, nos place conocerlo, agradable seria que continuara con nosotros”, invitación que acepté después de presentarme.

No les pregunté sobre las razones de su permanencia en Canadá, porque los colombianos en el exterior se vuelven escépticos y, a veces, un velo de inocultable desconfianza cubre sus palabras cuando se encuentran con otro compatriota.

Además, para quien sabe que hay inmigrantes colombianos empujados por guerrilleros, paramilitares, agentes del Estado, o, simplemente, empresarios y profesionales que viajan en busca del sueño canadiense, la discreción es exigente.

He confesado siempre que mi memoria es desertora, no obstante, trataré de recordar la interpretación que María del Sol hacía del exilio de Ulises y su regreso a Ítaca, en una charla que se fue tornando amena y matizada con agudos sarcasmos y cuentos sobre los inmigrantes.

“Vamos a Victoria, pertenecemos a la diáspora. Fuera del país la soledad se siente como si fuera el extremo más trágico de la condición humana. El exilio que soportamos nos ha hecho recordar la Odisea, donde el regreso de Ulises es un manejo dramático del tiempo, de un retorno que pudo haberse hecho en un día y culminó en veinte años, retorno que, en nuestro caso, es incierto, requiere inteligencia para sortear las secuelas de la ausencia y estrategias para superar con éxito los duros sobresaltos de un remoto regreso. De alguna manera los exiliados vivimos como Ulises, el mítico símbolo del exilio, tratando de reconstruir los lazos familiares y sociales perdidos”.

“Tenemos también nuestras Penélopes, familias en lejanía tejiendo y destejiendo la esperanza, desplazados externos cautivados por los cantos de sirena, enredados en amoríos con Circe, tratando de vencer los monstruos de la sociedad contemporánea, los Polifemos de la modernidad, en Canadá, España, Estados Unidos, Holanda, Francia, Italia, Venezuela, Ecuador, Argentina, Chile, aunque el exilio no es una cuestión de localización geográfica, es algo más: un desarraigo del alma”.

Recordé, entonces, la Ítaca del héroe griego, honda nostalgia de la patria lejana, que para Ulises nunca volvió a ser la misma. Tras largos años de exilio no pudo recuperar plenamente los espacios vitales perdidos. A la postre sólo encontró realidades desordenadas por largos vacíos y trayectorias de vidas confundidas.

Cuando Ulises regresa pasa desapercibido, debe probar su identidad ante Penélope, usar el arco para ser reconocido, y, el héroe, el mismo que derrumbó ciudades, derrotó enemigos, endriagos, fantasmas y quimeras, llega a la desoladora conclusión de que todo puede ser restablecido, menos el tiempo, implacable y voraz cuando consume cuerpos, vidas de familiares y amistades y derrumba paisajes.

En medio de las tormentas del regreso, más dolorosas que el exilio mismo, cuando cree haber hallado el ambiente febril de los reencuentros, su perro que fuera inseparable, Argos, es el único que sale a recibirlo y lo reconoce con halagos, pero, como en otra de las tantas ironías de su tragedia, Argos muere de manera fulminante.

Todavía conservo el rostro de María del Sol Palacios, una colombiana que, como los dos millones de colombianos desplazados que viven en el exterior, también tendrán que re -pensar su regreso a “Ítaca” cuando haya concluido la guerra.

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