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Viernes, 2 de octubre de 2026

El precio de olvidar nuestras raíces

El precio de olvidar nuestras raíces
Alfonso J Luna Geller

Me puse a reflexionar esta mañana, mientras saboreaba unas galletas «Oreo» —que, por prescripción médica, me están expresamente prohibidas— y un amigo compartía en redes sociales un plato de pepas de árbol de pan, un manjar que se cocina de forma sencilla pero que, prácticamente ha desaparecido.

Esa imagen me transportó al tiempo de las abuelas, no hace ni mucho tiempo, cuando los solares y las fincas domésticas eran el corazón palpitante de muchos hogares colombianos. Allí, entre eras, frutales y hierbas medicinales, se cultivaba no solo alimento, sino también identidad y salud, además, la comida sabía a hogar… Hoy casi nadie sabe qué sabor es ése de “hogar”.

Esa fotografía de Daniel Amílcar también me hizo recordar árboles y arbustos que prácticamente han sido desaparecidos de las casas (bueno, es que también han desaparecido los solares): nísperos, mangos, grosellas, chirimoyos, guanábanos, granadas, guayabos, mandarinos, madroños, cañafístola, chachafruto, caimo, mamoncillo …

Con ellos, desaparecieron los remedios caseros, que eran tan efectivos como sencillos.

Los viejos, todos, en algún momento consumimos suplementos a base de plantas para una buena noche de sueño, cúrcuma para el dolor y la inflamación, jengibre para el dolor y las náuseas, para todo; anamú para la sinusitis, caléndula para las heridas de piel, y el zumo paico como eficaz desparasitante.

Y así, el té de manzanilla, un par de hojas de guanábana en agua, unas gotas de aceite esencial de menta, el té de eucalipto y la sábila, y en un par de minutos, todo parecía volver a la normalidad.

Recuerdo que uno no disfrutaba de las delicias de un banano, sino que le tocaba consumir betacaroteno (¡qué diablos será eso!), pero lo consumíamos gracias a las abuelas, porque eso era muy bueno para la salud, igual que las espinacas, lentejas, frijoles, garbanzos, aguacates y hasta el chocolate negro, ricos en magnesio. Nos los ofrecían porque eran buenos para tratar hasta el estado de ánimo, alivio del estrés.

Llegó la escasez de alimentos y de remedios naturales, no por fruto del azar, ni de la evolución natural de los tiempos, sino porque llegó la industria voraz y codiciosa, que ha ido desplazando, paso a paso, lo que alguna vez fue un patrón saludable de alimentación por productos que, lejos de nutrir, han sido diseñados para satisfacer un placer momentáneo a costa de nuestra salud.

Admitimos el imperio de los alimentos «chatarra», que se alimentan de nuestra comodidad y desinformación, y que ha logrado reemplazar por completo muchas de las costumbres alimentarias que definían a nuestras familias y comunidades, llevándonos a un punto donde la conexión con la naturaleza se desvanece.

En las últimas décadas, la salud humana ha sufrido impactos negativos sin precedentes como consecuencia del consumo de esos productos denominados “alimentos chatarra”.[i]

Esta categoría incluye desde las populares papas fritas, chitos y galletas, hasta las hamburguesas de comida rápida, que han ganado terreno en nuestros hogares y en la sociedad, especialmente entre los más jóvenes. Marcas como Colombina, Cheetos, McDonald’s, Bimbo, Coca Cola, Postobón, y muchas otras han hecho que la tentación de estos productos sea casi irresistible. Sin embargo, detrás de esta comodidad y sabor, se esconden graves consecuencias para la salud pública, que debemos empezar a discutir con urgencia.

Los alimentos chatarra son conocidos por su alto contenido de grasas trans, azúcares, sodio y aditivos artificiales. Estos ingredientes, si bien brindan un sabor atractivo y una vida útil prolongada, son factores claves en el aumento de enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT) como la obesidad, la hipertensión, la diabetes tipo 2 y problemas cardiovasculares. De acuerdo con los últimos informes de salud pública en Colombia, las enfermedades asociadas a malos hábitos alimenticios son responsables de una gran parte de las muertes prematuras, especialmente en la población más vulnerable.[ii]

Los alimentos ultraprocesados son a la nutrición lo que los estupefacientes a la conciencia: promesas de satisfacción inmediata que encubren un daño profundo. Así como las drogas manipulan la química cerebral para generar placer efímero a costa de la salud mental y física, la comida chatarra, es producto irresistible, cargado de azúcares, grasas y aditivos, que erosionan silenciosamente el bienestar del cuerpo. Ambos, en su diseño, no buscan alimentar ni sanar, sino crear dependencia; ambos transforman nuestras elecciones en un círculo vicioso que nos aleja de la plenitud y nos acerca, paso a paso, a un deterioro irreversible.

El precio de olvidar nuestras raíces

Aquello que antes era el alma de nuestra gastronomía, de nuestra conexión con la tierra, hoy se reduce a un recuerdo. Todo eso ha sido reemplazado por supermercados inundados de opciones empaquetadas, procesadas y cargadas de ingredientes y sabores artificiales.

Sin embargo, aún estamos a tiempo de despertar de este letargo colectivo y retomar lo que, con esfuerzo, nuestros ancestros nos legaron.

El futuro de nuestra salud está en nuestras manos. Es hora de volver a las raíces, de recuperar el sabor de lo natural y de construir un sistema alimentario más justo y sostenible.


[i] Según la OMS, el consumo elevado de alimentos ultraprocesados ha contribuido significativamente al aumento de enfermedades no transmisibles (ENT), como la obesidad, la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardiovasculares. Un informe de la OMS señala que:
Obesidad: En 2016, más de 1.9 mil millones de adultos de 18 años o más tenían sobrepeso, de los cuales más de 650 millones eran obesos. La obesidad es un factor de riesgo significativo para muchas ENT.
Diabetes: La prevalencia de la diabetes ha aumentado a nivel mundial. En 2014, se estimó que 422 millones de personas padecían diabetes, y se prevé que este número siga aumentando.
Un informe de la OMS de 2020 señala que el 39% de los adultos mayores de 18 años tenían sobrepeso y el 13% eran obesos a nivel mundial, y que más del 340 millones de niños y adolescentes de 5 a 19 años tenían sobrepeso o eran obesos.
Conclusión
El impacto del consumo de «alimentos chatarra» en la salud humana es un tema crítico que ha sido abordado por la OMS en diversos informes y publicaciones. Para obtener los datos más precisos y actualizados, se recomienda consultar directamente los documentos de la OMS y otros estudios científicos relacionados.

[ii] Informe del Ministerio de Salud y Protección Social de Colombia
«Perfil de Salud 2021»
Resumen: Este informe destaca que las enfermedades no transmisibles (ENT), representan aproximadamente el 70% de las muertes en el país, siendo la hipertensión y la diabetes dos de las principales causas.
Encuesta Nacional de Situación Nutricional en Colombia (ENSIN)
Última edición: 2020
La ENSIN indica que uno de cada cinco niños en Colombia tiene sobrepeso, y este problema está muy relacionado con el acceso a alimentos ultraprocesados y bajos en nutrientes. La encuesta también resalta que la desnutrición y la mala alimentación son problemas coexistentes en diferentes regiones del país, afectando desproporcionadamente a las comunidades más pobres.
Sistema de Información de Mortalidad (SIM)
Según los datos más recientes, las enfermedades asociadas a la alimentación poco saludable, como la diabetes y enfermedades cardiovasculares, representan una gran parte de las muertes prematuras en el país. En particular, las poblaciones de bajos recursos son más susceptibles a estas condiciones debido a la falta de acceso a alimentos saludables y educación nutricional.


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