EL INACABABLE DON DE LA PALABRA


Loco-mbiano

La poeta Amparo Romero en el suntuoso presentación del recital de cada mes que este año conmemora los 20 años de trabajo, trajo a la imaginación la frase feliz escribir es perderse del poeta portugués Fernando Pessoa. Allí estaban en la Mesa los amigos Gabriel Ruiz Arbeláez, Armando Ibarra Racines y Rafael Escobar de Andreis como invitados a demostrar la verdad de esta frase.
Pessoa, esa lumbrera que siempre quiso esconder su cara entre seudónimos y su ortónimo, definió el oficio de quien amaba más que la pera, la carne o la manzana comer palabras y ser comido por ellas. Escribió poesía, cuentos, ensayos y todo el Libro del desasosiego en que suelta esa perla verbal que soslaya este comentario.
Escribir es un abismo en el que alguien se asoma y decide lanzarse en su vórtice y sin alas. Como Ícaro, al revés. No hay límite en ese Hades o laberinto oscuro, sin nubes ni gaviotas. Solo los guácharos ciegos habitan en las cuevas con las tarántulas que escriben también con sus patotas en la caverna. Una vez en el azogue de la caída el escritor suda en el vuelo y regurgita y mira azorado como águila en estertor.
Las palabras, entonces, danzan a su alrededor y aparecen como ensalmos nítidos. Acuden como otros pájaros a cantarle al oído toda suerte de insanias y trinos nunca oídos. Entre más baje al averno y se aleje de la vacuidad de lo terreno más se perderá en la felicidad de la palabra. Como un ave prehistórica, volará como en la película Avatar con ojos sin freno y deseará no volver atrás en su viaje por fecundos laberintos.
Perderse no es morir, ni es una desgracia para quien escribe. Todo lo contrario, perderse de lo cotidiano, de la noticia ya conocida, de la grosería de los lugares repetidos, es encontrar el camino de la Iluminación y la cordura.
Perderse, también, es dejarse comer por las palabras hasta sumergirse en la muerte de la superficialidad. Es no volver a encontrar la entrada y quedarse perdido para siempre en la región-oasis de donde nunca debió salir.
Quien ha mordido la palabra y probado la exquisitez de su desnudez no tiene a qué volver a vivir en la mesura de la procacidad y la apariencia.
Escribir, entonces, será como montar en un potrillo en Nuquí, junto a Gabriel y su búho luminoso a levitar sobre la tranquilidad de la alta ola o a mirar con catalejos como Rafael a la niña oriental que tapaba los ojos de su muñeca para que no viera la crueldad de la guerra y los odios del humano.
Gracias, Fundación de Poetas Vallecaucanos por estos 20 años de palabras, de platos con especias y crustáceos, de noches y abismos sin regreso.



