Ir al contenido principal

Red de Medios Proclama del Pacífico Noticias

Pico y Placa Sábado:
Popayán No aplica
Cali No aplica
Sábado, 3 de octubre de 2026
miércoles 3 julio, 2013 a las 7:59 am

El Gran Colombiano

uribe
Gloria Cepeda Vargas
Gloria Cepeda Vargas

¿Qué significa el adjetivo gran, apócope de grande? Podríamos decir que encarna lo vasto, amplio, enorme, mayúsculo. Ahondando en los vericuetos de la semántica simboliza egregio, insigne, excelso o sobresaliente. Es decir, lo máximo. Por algo el adjetivo calificativo es uno de los accidentes gramaticales más respetados por quienes nos codeamos con la palabra escrita. Creo que fue el chileno Vicente Huidobro quien dijo alguna vez: “El adjetivo cuando no da vida, mata”. Así de comprometedora es la palabra en cuestión y así de obligante cuidarse de utilizarla como si fuera un banco callejero o un par de zapatos viejos.

Y es que Colombia –donde según las malas lenguas se habla el mejor castellano de América- acaba de aplicarle un derechazo fulminante a lo más respetable de la retórica castellana designando al ex presidente Álvaro Uribe como ¡Gran Colombiano! Es decir, le encasqueta sin anestesia la representación mayor de nuestra historia, bonhomía de la raza, decantación del espíritu civilista y genialidad que en otro caso podría habernos identificado.

Abundar en la oscura trayectoria de Álvaro Uribe es llover sobre mojado. Todavía a los colombianos se nos para el pelo con el recuerdo de los falsos positivos; todavía las chuzadas del DAS aparecen como uno de los más sórdidos episodios de la historia reciente del país. En permanente pie de guerra con todo aquel que no marche al compás de sus derrames hormonales, es uno de los especímenes más peligrosos de cuantos merodean en este campo minado. Una sed insaciable de poder nutre su esencia plañidera e intemperante. En esa estancia llena de humores agazapados donde ejecuta sus hazañas, se mueve por instinto. Maniqueo de pies a cabeza, para él no existen medias tintas. Esto, unido al flagelo criminal de la guerrilla y a nuestra no superada mentalidad terrateniente, hizo que gran parte de la sociedad le extendiera un cheque en blanco.

Su elección como Gran Colombiano, seguido por el inolvidable Jaime Garzón y por encima de nuestros personajes más ilustres, es una bofetada para un país que al menos debería actualizarse. Sorprende que quienes lo eligieron no cuiden ni sus espaldas ni su nombre y para desprestigio del pueblo que siempre termina pagando los platos rotos, filtra sin atenuantes la alienación y el deterioro moral en que nos debatimos.