EL EMPERADOR Y LA ISLA DEL DIABLO


Por Jaime Cárdenas
Vexilla regis prodeunt inferni
Dante Alighieri. Canto XXXIV
Videos, mensajes, fotos, son evidencias que hacen imposible ocultar la presencia del emperador Trump en la isla de Epstein, en la mansión de este sujeto en New york o en la de Miami.
La de Trump es una presencia reiterada durante algunos años allá en esas fiestas de los poderosos en las que el sexo con niñas, con mujeres muy jóvenes, se confundía con las relaciones públicas, lo que equivale a decir a negocios que llevan implícito el sello de la ilegalidad sobre la que se mueve el capital.
Claro está, tratándose de personajes con frac y collares de diamantes se trata de una ilegalidad que tiene una factura perversa y eficaz de manera que luce lícita, inocua. Sin embargo, cuando se empieza a caminar por los pasillos de la verdad, cuando se conocen los pormenores de la isla Little Saint James o Mar-a- Lago, cuando los archivos del FBI referentes al caso del pederasta Jeffrey Epstein se hacen públicos ingresamos a una película de terror, a un submundo atroz, criminal.
Es que la cantidad de víctimas ya asusta. Se habla de aproximadamente 1.200 menores que fueran abusadas, violadas o prostituidas. Los hechos en muchos casos se han documentado y se denunciaron oportunamente como ocurrió con Virginia Giuffre quien expuso detalladamente ante el FBI su terrible experiencia como víctima en las propiedades infernales de Epstein.
En los mensajes se menciona a un jeque, a Bin Sulayem quien celebra un caso de tortura, – y, se sabe hoy que Epstein hace referencia a experimentos con el cuerpo de las víctimas, se habla de canibalismo, no solo por la modelo mejicana que pierde la razón a las afueras de un hotel y grita horrorizada que comían carne humana. Y hay preguntas no respondidas, ¿qué pasó con la niña inglesa que desaparece en Portugal? Se ve el retrato hablado realizado en el 2.009 de la persona que la secuestra y hay una similitud abrumadora con Ghislaine Maxwell la pareja de Epstein, la proveedora de infantes para el monstruo, la presidenta de la fundación que defendía los océanos y al que tantos académicos y tantas autoridades de Europa aclamaron en su exposición. No se puede olvidar que Epstein gozó de la protección de expresidentes como Bush padre, de Clinton y fue consentido de la élite financiera y tecnológica, de personalidades de la llamada realeza europea.
Ghislaine Maxwell es la amiga cercana de Andrés Pastrana, el flamante expresidente ultraderechista que aparece junto con ella en una fotografía de los archivos, los dos con uniforme militar. Se ha conocido por los mensajes del FBI que la invitó a un paseo en un helicóptero del ejército nacional, que le facilitó una ametralladora para ir a matar insurgentes, es decir iban de cacería a matar compatriotas en nuestras selvas, todo lo cual ha conducido a Iván Cepeda con la valentía que lo caracteriza a presentar la respectiva denuncia penal en contra de tan despreciable sujeto por el uso ilegal de uniformes de uso privativo del ejército, a quien la gran prensa lo entrevista en sordina por sus viajes en el jet “Lolita Express” pero no lo confronta por lo del helicóptero.
En ese entorno de reiterado abuso sexual y degeneración se paseaba el emperador Trump, el mismo al que hoy los presidentes de Europa, los petroleros de oriente, los presidentes de América Latina, – con la honrosa excepción de Díaz Canel de Cuba y en menor medida con la voz de Claudia Sheinbaum, la presidenta de Méjico- se inclinan reverentes, buscan su protección, su absolución, atentos todos a sus órdenes.
Con el paso de los días el escándalo Epstein irá desapareciendo de las redes y de los titulares de los diarios. Los cómplices, los invitados al infame festín de niñas no serán tocados. Si se busca que estos hechos que ofenden a la humanidad no se repitan, puesto que uno de los principios de las víctimas es la no repetición, es imprescindible que sean objeto de análisis e indagación; la psicología social, el derecho, el psicoanálisis, la economía política, la informática, entre otras ciencias, son herramientas que pueden servir para mayor claridad. Es una ardua y extensa labor, pero necesaria.
Desde este lugar anotamos unos rasgos que a nuestro parecer no deben pasar desapercibidos para tal propósito.
La juridicidad debe ser un campo de combate. Dada la participación permanente e indiscutible de Trump en las fiestas y actividades criminales de Epstein se ha desplegado su poder en la esfera oficial para que no se conozca información aún más comprometedora, para que el aparato judicial sea neutralizado. Pam Bondy, la Fiscal general de los Estados Unidos de manera impúdica y cínica obstruye las investigaciones y se quiere echar tierra al asunto.
La impunidad es consustancial al poder del capital. Pero no se puede caer en simplificaciones y en la desesperanza, repitiendo que el Estado es una expresión de la clase dominante. El asunto tiene mayor calado. Los archivos salen a la luz por la paciente y valiente labor de diferentes congresistas demócratas y algunos republicanos que consiguieron que se erigiera en ley la desclasificación de estos documentos- recordemos que salieron a la luz aproximadamente tres millones, -, de manera que el Departamento de Justicia se vio obligado a cumplir, – parcialmente, puesto que más de quinientos, los más comprometedores no ha sido publicados-, lo que la ley determina. En condiciones no siempre ventajosas, así en las constituciones se consagre el principio de igualdad y los códigos estatuyan de imparcialidad, hay que dar la batalla en el universo jurídico. Invocar el contenido clasista del derecho, que sin duda lo tiene, y quedarse contemplando como el mundo, la civilización, se vienen abajo es una comodidad injustificable. No se puede olvidar que siempre se encontrarán jueces y fiscales honestos, que es posible aun encontrar magistrados que lean, y que existen abogados comprometidos con la democracia.
Otro campo de combate tiene que ver con la construcción de una prensa libre, con la conquista de la consagración efectiva del derecho a la información. Es cierto que la revolución digital generó esos engendros de las plataformas que vienen a ser un arma de una gran destrucción de la mente, pero no podemos menos que reconocer el valor de la tecnología, pensar en la supresión de internet conllevaría a regresar a la oscuridad de los grandes periódicos y de la televisión. Sabemos que se trabaja por construir plataformas independientes, para regularlas y controlar su poder.
A Epstein se lo condenó en el 2008 a 17 meses de prisión con un preacuerdo por el cual la Fiscalía de la Florida renunciaba a seguir la investigación, teniendo él en su condición de condenado el derecho a trabajar exteriormente todos los días, debiendo ir a dormir en un lugar especial de la prisión, lo que finalmente no cumplió.
Fue la publicación de una seria investigación sobre el asunto por parte del Miami Herald lo que propició que la Fiscalía reabriera el caso en el 2.018 desde New York y se ordenara la detención de Epstein y posteriormente de su pareja. Es una buena lección. El universo de los medios de comunicación, del periodismo, es un campo de combate, mal se puede renunciar a la lucha por la verdad argumentándose el inmenso poder de los medios de comunicación en manos de los dominadores. Es cierto que la gran prensa premia la sumisión, el arrodillamiento, la traición, – cómo vociferaba por estos días un ex militante en contra de Camilo Torres – pero más allá de los estrechos y en ocasiones falsos límites de la ideología y los partidos hay gente muy buena haciendo cosas serias, sin tanta alharaca, con gran honestidad, con la convicción de que la verdad no siempre requiere altoparlantes para que se conozca.
En estos momentos, más allá de los infames muros de la información monopolizada por el capital y el imperio, una voz que todavía es murmullo, pero que será grito y huracán, se levanta en favor de Cuba, la querida Cuba cercada como Gaza, sitiada para que el hambre y las necesidades lleven a la claudicación. No conoce el imperio la dignidad del pueblo cubano.
No sobra repetirlo. Descreemos del arte instrumentalizado a favor de una causa así sea gloriosa y justa. El arte debe seguir su libertad y sus cauces. Sin embargo, en ocasiones, desde su especificidad contribuye a que dimensiones de la existencia colectiva sean develadas, a que se tengan claridad en la mente del receptor de facetas de la existencia iluminadas por los cánones del hecho artístico. El arte, el verdadero arte, siempre ennoblece la vida, alumbra la existencia. Ahora que sale a la luz el sórdido mundo de la isla de Epstein se ha recordado lo que en la narrativa ficcional se cuenta sucedió en otra isla, en el norte de Italia, en Saló. A ella fueron llevados por la fuerza un grupo escogido de jóvenes para que en un palacio fueran objeto de placer, de sadismo, de las prácticas sexuales más denigrantes. Los jóvenes fueron cazados por los gendarmes fascistas, puesto que la historia transcurre en el norte de Italia, al final de la dictadura de Mussolini. Su destino es ser objeto de abusos sexuales, de tortura, de coprofagia y mutilaciones por parte de un banquero, de un magistrado, de un duque y de un obispo. Hablamos de Saló o los 120 de Sodoma, la última película de Pasolini, que fuera prohibida en nombre de la moral y objeto de persecución por grupos de extrema derecha. A partir de los círculos del infierno de Dante y de la novela del Márquez de Sade se produce el film que desnuda al fascismo, al poder del capital, el que destroza y domina no solo el trabajo sino el cuerpo de los dominados. Se ha dicho que la película le costó la vida a Pasolini.
Algunos años después el gran Stanley Kubrick nos lega su última obra maestra: Ojos bien cerrados, (Eyes wide shut). La película tiene como tema central a un joven médico neoyorquino y a su bella esposa quienes viven los conflictos propios de las parejas frente a la fidelidad, conflicto del que solo escapan los que se encuentran separados o solteros. La casualidad lo lleva a encontrar a un viejo amigo de la universidad, ahora pianista, quien le habla de una fiesta de disfraces en la que él es obligado tocar con los ojos cerrados. El médico guiado por su malestar personal y por su curiosidad se las ingenia para colarse en la mansión donde tiene lugar esa fiesta. Puede allí presenciar que una sociedad secreta, con visos de satánica, es un centro de placer sexual de los archimillonarios de New York. El médico ve detrás de su máscara como se copula con mujeres hermosas- que provienen de los sectores sociales deprimidos-, en los amplios y sombríos salones de la mansión. Gracias a una enigmática mujer salva su vida puesto que es descubierto. Vendrá inmediatamente el infierno por ser portador del conocimiento de esa verdad.
Son estas películas parte del rompecabezas que permiten que se vea esa relación sexo y dominación, placer- perversión y poder desde otra óptica, y que precisamente el tiempo vino a demostrar que forman parte de la realidad, de ese mundo que construyen los poderosos amparados en el dinero, en la impunidad. Permiten estas obras mostrar precisamente que el poder de las élites instrumentaliza a niñas y niños, a jóvenes, principalmente a las mujeres de los estratos bajos como objeto de placer bajo una pulsión destructiva, bajo el mandato de tánatos, de la pulsión de muerte de que hablaba Freud.
Anotemos finalmente que todos los sucesos de la isla St. James están interrelacionados con los neofascistas que dominan el mundo. Ghislaine Maxwell, la pareja de Epstein es hija de Robert Maxwell uno de los poderosos de Inglaterra quien fuera agente del Mossad. Epstein, fue su espía, aliado de los sionistas y tal como lo informa el portal árabe de noticias Al Mayadeen, fue auspiciador de la Asociación de construcción de asentamientos del fondo nacional judío, – quienes se apropian violentamente de las tierras de los palestinos-, y miembro de los Amigos de las fuerzas de defensa de Israel.
Se explica así por qué apoyaba a Steve Bannon, ex asesor de la Casa Blanca, participante de las fiestas del pederasta, en la búsqueda de mecanismos para desacreditar al papa Francisco quien había tomado posiciones en defensa de las libertades, de los derechos humanos, quien además se había atrevido a reconocer los crímenes de la iglesia católica, de obispos y arzobispos principalmente, relacionados con la pederastia, contrario a Juan Pablo II quien los encubrió y fuera perseguidor, como un moderno inquisidor, del pensamiento liberal, humanista.
En los encuentros con Epstein no solo se disponía de niñas y mujeres jóvenes. A la par se celebraban directa o indirectamente identidades políticas, se concretaban negocios del alto mundo financiero, se vigilaba, se esbozaban proyectos de control de la humanidad a través de la ciencia, de la experimentación. Un tenebroso club de la impunidad para la dominación. Los poderosos consideran que para ellos no hay normas, no hay jueces, ni límites. Inmorales, fatuos y en definitiva miserables de espíritu, arrasan con la vida.
Con el caso Epstein queda claro que la construcción teórica que muestra la evolución de la dominación hacia formas imperialistas no es retórica. El poder global está ahí, hemos podido verlo en una de sus facetas más denigrantes. La lucha de los dominados, la defensa de las niñas, de las mujeres va ligada a la lucha de la humanidad por la defensa de la naturaleza, del arte, de la igualdad y los derechos humanos, de una nueva sociedad.
Volver a la utopía es hoy un cometido ético. Plantearse una nueva sociedad tiene tanta validez como cuando se defendía a los niños que laboraban 16 horas en las fábricas de Londres, o como cuando la soñó desde la sierra maestra un argentino que muere luchando por una América libre del yugo del imperio ahora acaudillado por un personaje verdaderamente repugnante.
El panorama es sombrío. Vienen tiempos de grandes conflictos, la guerra, la destrucción, la deshumanización guían a los cómplices de Epstein.
Habrá que esperar una gran resistencia, no hay otra opción.
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