EL ECO DE LAS COSAS


Loco-mbiano

Todo el día bailar al ritmo de las lindas
tonadas que las brisas traen
y recibir el sol en el regazo
y a todo decir sí, inclinándose.
333. Emily Dickinson.
Cada flauta, cada gemido o piedra en el suelo, cada flor o palabra en el verso tiene un sonido. Cuando se pulsan o tocan, cuando se mira o se escribe surge de su interior el susurro que las distingue. El universo, entonces, está lleno de murmullos, de sinfonías, de algarabías.
Nuestros sentidos han perdido la sensibilidad para oír el eco que brota del vuelo de un colibrí o el caer de la gota de sudor de la frente o la grandeza de la catarata que de arroja su cabellera blanca desde lo alto de la montaña.
Qué alegre el trino de la alondra en la mañana y qué agorero el arrullo de la paloma cuando despierta al alba a su palomo y viene hasta nosotros todavía en la cama. Qué melodiosa la voz de la amada cuando llega a la puerta y nos llama. Qué chisporroteo de bengalas suena en el tímpano cuando leemos un poema de Federico o de Neruda o de Teresa la de Ahumada. Suenan tan altas, tan acordes, tan grandiosas como las notas del Canto de la Alegría de Beethoven o el Mesías de Haendel.
¿Qué cascabel tienen por dentro las cosas que cuando alguien las toca, se sacuden y vibran contentas porque alguien llega hasta su casa? Pobres de nosotros… somos tan sordos y no oímos sus tonos y no nos llegan sus ecos. O estamos tan ocupados y llenos de los ruidos de la civilización que no percibimos la voz que sale cuando los pétalos o las crisálidas se abren o se lee un poema. Y también, pobres de nosotros… tomamos las palabras sin darnos cuenta del poder que tienen dentro.
Emily Dickinson conversaba con los lirios a diario y salía por su Evergreen a deleitarse con el musitar laborioso de las abejas que llegaban a beber el néctar de aquellos. «Para Borges la poesía debe tocar al cuerpo. Así como un chiste nos hace reír a pesar de nuestra voluntad, un verso válido es el que se hace decir en voz alta«(1). ¿Cómo no conmovernos con los versos de Darío con el diálogo del dulce Francisco con el lobo de Gubio? ¿Cómo no percibir el eco de la melancolía con Neruda con el verso Me gusta cuando callas porque estás como ausente?
El rayo no es dueño del sonido del trueno ni el viento es consciente de su halo. Unas cosas tiran los sentidos como el hilo a la cometa o atraen como el olor de la ciruela al tominejo. No importa el tamaño del eco. Si es sutil y suave su roce conmueve y si es tremebundo asusta y hace saltar. Son diferentes las voces del Universo como las de una orquesta sinfónica. Importa que el sujeto tenga oído y olfato.



