El disfraz le queda grande


Noboa y la estrategia del absurdo

La política internacional requiere cabeza fría, estrategia y, sobre todo, un sentido agudo de la realidad.
Lamentablemente, lo que habita hoy en Carondelet carece de las tres. Daniel Noboa, en un intento desesperado por proyectar una imagen de fuerza que no posee, ha decidido imponer un arancel del 30% a Colombia bajo una retórica de «seguridad» que no resiste el menor análisis lógico.
Al mirarse al espejo, el presidente Noboa parece alucinar. Cree ver en su reflejo la fusión del autoritarismo de Nayib Bukele y el proteccionismo agresivo de Donald Trump. Sin embargo, la realidad —siempre cruel con los improvisados— le devuelve una imagen muy distinta: la de un imitador grotesco que, en su afán de parecer un «hombre fuerte», acaba de disparar al pie de su propio pueblo.
La farsa de la seguridad
Noboa justifica este golpe comercial alegando falta de cooperación colombiana en la lucha contra el narcotráfico. Pretende emular la narrativa de Bukele, buscando un enemigo externo para ocultar su ineficacia interna. Pero hay una diferencia abismal: mientras el salvadoreño controló el territorio antes de hablar, Noboa intenta controlar la narrativa mientras el país se le escapa de las manos.
¿Qué capacidad mental se requiere para creer que encarecer el arroz, los medicamentos y los insumos industriales que vienen de Colombia reducirá la criminalidad en Ecuador? Ninguna. Esta medida no es una estrategia de seguridad; es una rabieta diplomática disfrazada de política de Estado. Es la «tasa de la incompetencia»: un impuesto que no castiga a las mafias, sino al bolsillo de la clase media y baja ecuatoriana.
Jugar a la superpotencia sin tener luz
Aquí es donde la comparación con Trump se vuelve no solo odiosa, sino patética. Trump utiliza los aranceles como arma porque preside una superpotencia autosuficiente. Noboa intenta hacer lo mismo desde una posición de debilidad extrema, demostrando ser, llanamente, un bobarrón geopolítico.
Hay que tener una ceguera estratégica monumental para declararle la guerra comercial a tu vecino y principal proveedor de energía justo cuando los ríos están secos y las hidroeléctricas no dan abasto. Noboa lanzó el golpe creyendo jugar póker de alto nivel, sin percatarse de que su «oponente» tenía la mano puesta en el interruptor de la luz.
La respuesta de Colombia fue inmediata y previsible para cualquiera con dos dedos de frente: suspensión de la venta de electricidad y aranceles recíprocos. El resultado de esta bravuconada no es un Ecuador más seguro ni más respetado; es un Ecuador más oscuro y más caro.
El costo del disfraz
Esta decisión desnuda la falta de madurez intelectual del mandatario. No tiene la capacidad para detectar que es apenas una caricatura de los líderes que admira. Mientras él juega a ser el estadista duro en redes sociales, el sector productivo ecuatoriano tiembla ante la subida de costos y la ciudadanía se prepara para apagones más largos.
Ecuador no necesita un «Bukele de cartón» ni un «Trump de bolsillo». Necesita un presidente que entienda que gobernar no es un concurso de popularidad ni una imitación de modas extranjeras. La decisión de los aranceles demuestra que el traje de estadista le queda inmensamente grande. Noboa ha querido demostrar fuerza, pero solo ha confirmado su torpeza, y la factura de su cretina comparación la pagarán, lamentablemente, todos los ecuatorianos.
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