El derecho a disentir



La admiración y el respaldo al presidente Gustavo Petro no pueden llevarnos a aplaudir sin reservas todo lo que hace. El afecto político no debe confundirse con obediencia ciega: la verdadera lealtad también se expresa en la capacidad de señalar lo que consideramos equivocado.
No desconozco que su discurso ante la ONU fue valiente. Dijo las verdades que otros habían callado, fue aplaudido y reconocido como un líder mundial. Reconocimiento muy válido y diciente para el presidente Petro.
Pero su llamado a que el ejército estadounidense desconozca a su propio presidente, a mi parecer, fue un desacierto. Esa idea —que tantas veces hemos rechazado cuando proviene de la extrema derecha— no puede parecernos inaceptable acá y justificable allá.
La coherencia democrática exige medir con la misma vara, aun cuando se trate de quienes respaldamos.
La sanción por ese llamado se veía venir: es natural que, si alguien llega a una casa e incita a sus habitantes a levantarse contra quien ejerce la autoridad del hogar, sea invitado a retirarse y que sus puertas sean cerradas.
La defensa de la democracia siempre ha sido un principio irrenunciable para quienes anhelamos un país más justo. Y esa defensa no admite excepciones según la coyuntura o la conveniencia política: lo que es un riesgo para la institucionalidad en Colombia también lo es en cualquier otro lugar del mundo.
Lo que no es válido aquí, en aras de un gobierno legítimo, de la paz y de la estabilidad, tampoco puede ser válido allá, por muchas diferencias que tengamos con su gobernante.
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