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Lunes, 12 de octubre de 2026

El colapso del samán y del idioma oficial

El colapso del samán y del idioma oficial Actualizada

Por Alfonso Luna Geller / En la oficina de prensa de la Alcaldía han tomado una decisión irrevocable: la realidad es demasiado simple, demasiado al alcance del ciudadano de a pie. Y eso, sencillamente, no puede tolerarse.

Por eso, cuando un árbol colapsó, no lo dijeron así.

Eso hubiera sido demasiado fácil. Demasiado comprensible. Casi una falta de respeto hacia el presupuesto que financia la oficina de comunicaciones.

Lo que colapsó, según el boletín oficial, no fue un árbol. Fue «un individuo arbóreo de la especie samán». Con todas las letras. Como si el samán hubiera tenido una crisis nerviosa y se hubiera desplomado sobre la vía pública.

Uno imagina al redactor eligiendo entre «árbol» e «individuo arbóreo de la especie samán» y decidiendo, con toda la convicción del mundo, que la segunda opción era más seria. Más técnica. Más digna del membrete oficial.

Pero la joya del boletín es la explicación de por qué colapsó: fue «afectado por un choque con una tractomula».

La oración sugiere que el árbol salió a la vía sin mirar (chocó con una tractomula). Que cruzó imprudentemente.

Y claro: tampoco tenía las raíces, tallo o ramas podridas. Eso sería demasiado concreto, muy preciso. Demasiado verificable. Podría generar preguntas incómodas sobre quién debió haberle hecho mantenimiento y cuándo. No. El samán sufría de «otras condiciones que comprometían su estabilidad estructural».

Una frase que dice todo y no dice nada, que suena a ingeniería forestal pero que en la práctica significa: nadie le paró bolas hasta que ya era tarde.

El colapso del samán y del idioma oficial
Imagen tomada de: https://www.facebook.com/AlcaldiaSQ

Aquí es inevitable recordar a Corocito, el parquero de Quilichao que conocía cada árbol del municipio como si fueran sus hijos. Corocito no necesitaba «monitorear eventos» ni «articularse con corporaciones autónomas regionales» para saber cuándo un árbol estaba mal. Lo miraba. Lo tocaba. Y actuaba. Sin boletín, sin membrete y sin el menor rastro de afectación lingüística.

Hoy, en su lugar, tenemos oficina de prensa que produce documentos solemnes para informar que un árbol colapsó.

Y hablando de articulación: En las oficinas de prensa del país existe una sola palabra para describir la cooperación entre entidades. Una. Única. Irremplazable: Articulación. Todo se articula. Siempre en articulación. Jamás en coordinación, en colaboración, en conjunto, en compañía, de la mano, juntos, aliados, o cualquiera de los cuarenta y siete sinónimos que ofrece el español. No. La articulación es sagrada, intocable, el verbo rector de toda gestión pública que se respete.

La Oficina de Gestión del Riesgo actuó «en articulación con» la CRC. Sonó bonito. Sonó institucional. Nadie sabe exactamente qué hicieron juntos, pero lo hicieron articuladamente, y eso ya es suficiente.

Acto seguido, la entidad «realizó el monitoreo inmediato del evento». Que, en castellano corriente, sin adornos, significa: fueron a ver qué había pasado.

Miraron el árbol colapsado. Confirmaron que, en efecto, había colapsado. Tomaron nota. Muchas fotos. Posiblemente anotaron en una planilla que el evento había sido monitoreado de manera inmediata, lo cual les permitiría, más adelante, redactar el boletín con total propiedad técnica.

Luego, como corresponde a toda operación de alta ingeniería institucional, «se iniciaron labores de intervención en la zona».

¿Qué labores? No se especifica. ¿Intervención de qué tipo? Misterio. ¿Pusieron una cinta amarilla? ¿Tomaron otra foto? ¿Redactaron el primer borrador del boletín? Todo es posible. Todo cabe dentro de «labores de intervención». Es una frase tan amplia, tan generosa, tan hospitalaria con la vaguedad, que puede contener cualquier cosa sin comprometerse con ninguna.

Y entonces llega el momento cumbre. El clímax administrativo. La pieza de resistencia de todo el boletín. El texto ha gritado, ha hablado de emergencia. Ha invocado la urgencia. Ha prometido mitigar afectaciones, proteger la integridad ciudadana y garantizar la movilidad segura.

Todo con la gravedad de quien está ante una crisis de proporciones bíblicas.

El riesgo es, según sus propias palabras, alto. La emergencia está declarada. El boletín fue emitido el sábado con toda la pompa institucional del caso.

Pero el peligro respeta el fin de semana. La emergencia, tan urgente ella, tiene la gentileza de hacer fila y volver en horario laboral. El riesgo —ese riesgo alto, ese riesgo que amenaza peatones y conductores— es tan cívico, tan comedido, tan consciente de los derechos laborales de los funcionarios, que se toma cuarenta y ocho horas de pausa mientras la carrera 13 permanece en vilo.

El boletín cierra, como es tradición, con la frase de rigor: la administración «reitera su compromiso con la seguridad de la comunidad».

Reitera. No lo dice por primera vez. Lo reitera. Lo ha dicho antes. Lo seguirá diciendo. Es un compromiso tan reiterado que ya casi no necesita demostrarse con hechos: basta con repetirlo en cada boletín para que quede constancia escrita de que existe, aunque el árbol siga ahí, aunque la motosierra siga esperando el lunes, aunque el riesgo siga haciendo guardia en la esquina con toda la paciencia del mundo.

En resumen, sin adornos, sin articulaciones y sin individuos arbóreos: Colapsó un árbol. Estaba podrido. Una tractomula le dio. Nadie le había hecho mantenimiento. Fueron a mirarlo. Pusieron algo. No queda claro qué. Y lo cortan el lunes.

Pero dicho con esa insoportable solemnidad oficial, con esas mayúsculas estratégicas y esa articulación permanente con todo el que aparezca disponible, parece que la administración municipal estuviera coordinando el rescate del ecosistema planetario desde una sala de crisis con café y pantallas.

Corocito, donde quiera que esté, debe estar desternillándose de la risa.


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