Divino Caminante

Divino Caminante

Cuando los discípulos lo vieron caminando sobre el agua, quedaron aterrados.
Mateo 14:26
El mundo moderno se llenó de caminantes, sujetos que el capitalismo y el neoliberalismo convirtió en objetos. Muchos de ellos continuamente arrojados al sinsentido y otros en su loco afán de figuración desconocen que su tiempo pasó. En nuestro país, los que se entronizaron en el poder han obligado a miles de compatriotas a caminar sin rumbo o destino, obligados por la fuerza del fusil o la cruz a ser ciudadanos del mundo.
Todo cambia, se trasforma y con el paso de los días los nuevos Pablos y Pedros al lado de las mejoradas Magdalenas pretenden que sus iglesias, templos, congregaciones, garajes, casonas sean más cultas que Florencia, París, Madrid, más demócratas que Atenas, Roma y Ámsterdam, más poliglotas que Londres, New York y Bruselas, más pías que Popayán, Buenos Aires y Guayaquil.
Volviendo a la Semana Santa, Jesús camina entre nosotros y sufre los peligros del camino, descubre que sus pastores y sacerdotes trafican con su mensaje y continuamente intentan volver a condenarlo y crucificarlo. Quizás por lo anterior, decide en ninguna ciudad detenerse. En la modernidad, Jesús es un errante, un nadie que camina solo.
Jesús es un eterno caminante, recordemos que su vida fue un perenne viaje. Nació en un establo y no en una posada, porque en Belén no había sitio para la peregrina embarazada. Aún de niño camina a Egipto por inhóspitos y largos caminos abrasados de sol. De la tierra de los faraones regresa al candor de Galilea.
A medida que crece, viaja de Nazaret a Jerusalén por la Pascua. En su madurez responde a la voz de su primo que lo llama e invita al Jordán. Asimismo, para dar inicio a su misión salvífica se adentra en el desierto y durante un largo período de tiempo sufre las inclemencias del clima, soporta días de hambre y se fortalece gracias a la tentación. Responde como un Dios, actúa como un hombre, y es allí cuando empieza su peregrinar.
Luego del tiempo necesario de caminar, abandona el desierto y se abalanza poseído por el amor, el perdón y la misericordia a proclamar la buena nueva. De ciudades a pueblos, de montañas a valles, de lagos a ríos trasmite sin descanso ni excusa su mensaje. Camina largas jornadas y no exige nada a cambio. No reclama oro, ni comida, ni excentricidades, nada. Entonces, ¿por qué, sus pastores si lo hacen?
Es la hora para cuestionamos la actitud de los que pretenden caminar en nombre de Jesús. Es irónico que en ejercicio de su ministerio utilicen camionetas blindadas, camperos 4X4, autos de lujo, escoltas y uno que otro saltimbanqui que en procesión debe anunciar su llegada.
Sería de provecho que en este tiempo de reflexión volvieran los ojos al ejemplo del maestro que atravesó Samaria y bebió agua del pozo de Sichar. Al hombre que sin descanso o exigencias recorrió la Tetrarquía de Filipo, los polvorientos senderos de Bethsaida, Gadara, Cesarea y Gerasa; al profeta del perdón que descanso un poco en la Perca de Herodes Antipas. Ese divino caminante, ni en Judea, ni Betania, ni Jericó se detiene, sino que camina hasta Fenicia observando el esplendor de Tiro y Sidón y reafirma su misión en la transfiguración en el monte Hermón, en Siria. Luego de la Resurrección se deja ver en Emaús, en las orillas del lago de Tiberiades y en Betania, junto a la casa de Lázaro.
En el siglo XXI, Jesús es el divino errante que a veces duerme y descansa en las casas de los que le aman; pero sigue su camino como un huésped fugitivo, gracias a nuestra irracionalidad e incredulidad. Los cristianos, aunque multitud, no caminan sobre sus huellas; su irascibilidad les hace olvidar que NO son los depositarios exclusivos de la verdad, ni los únicos elegidos para seguirlo por el camino que va al cielo.
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