Ha llegado la hora


Ha llegado la hora

Quien se dio a sí mismo en rescate por todos, testimonio {dado} a su debido tiempo.
1 Timoteo 2:6
Jesús sabe que pronto empezará su calvario. Con paso cansino atraviesa las nuevas Samarias y vuelve sin premura a las modernas Galileas. En su mente ronda la idea de anunciar sin tardanza la llegada de un Reino de amor y perdón. En esta Semana Santa, los senescales del mal y sus esbirros pretenden hacernos creer que su mensaje es violento y excluyente. Pero, olvidan que la furia de la guerra destroza los cimientos de la sociedad y pronto nada quedará para soñar.
Es lunes y a los lejos, entre el polvo que mana del asfalto aparece la figura apacible del maestro de Nazaret, eleva los ojos al cielo y le implora al Padre Celestial capacidad para perdonar al pueblo que ingenuo cayó en la red de los falsos pastores. Una ráfaga de viento acaricia sus cabellos, respira hondo y declara que en esta ocasión castigará a los que se atrevan a jugar con sus mandamientos y usar su nombre para el control social.
Ante un barullo de voces inconformes avanza, sonríe a todos, pero nadie se acerca para seguirlo. Camina solo, parece que lo han abandonado, espera unos segundos y decide continuar, varios suspiros escapan de su control. Hoy su caminar no lo acompañan cantos, vítores, tambores, hojas de palma o aplausos; esas manifestaciones folclóricas y de poder ya son de exclusivo uso de políticos, saltimbanquis y cristotraficantes.
Frente al silencio de los doctos señores, la irascibilidad de los profetas y los razonamientos de los escribas continua su camino en el tiempo. A pesar del silencio e indiferencia de los suyos no hay ningún reproche, en sus tiernos ojos se vislumbra la firme intención de destruir los monumentos al odio, soberbia y vanidad que construyen en su nombre. Se detiene un poco frente a un enorme templo, desea observar cómo ha cambiado el mundo y sus miedos.
Con un poco de paciencia observa las incoherencias que gritan varios poseídos por el espíritu, al punto de dudar que ese haya sido su legado. Respira profundo y se corre hasta la plaza central, toma el micrófono, las cámaras de los celulares se encienden, el hombre que habla tiene fuerza declaratoria, elegancia lingüística y una mirada que trasforma. Sin embargo, pocos se acercan, es más llamativo el discurso pendenciero y beligerante de los sacros recintos. Cierra los ojos y entre suspiros vuelve a gritarle a Padre que no lo abandone. Antes que lleguen las autoridades procura con su mirar derrocar el reinado de la cruz que oprime; grita otra vez para silenciar con su voz el canto que oprime las almas en busca de dinero y placer. Algunos lo aplauden, otros lo tildan de loco, incluso de drogadicto. Parece que el nuevo mensaje de Jesús no es tan fuerte y su voz se pierde frente a la influencia de la política y los medios de comunicación.
Casi derrotado, con el pecho atravesado por una bala, su cabeza sangra por los golpes de las piedras de los beatos y maltrecho logra huir de la ciudad. Atrás quedan los hombres en carnaval, creen que era otro loco anunciando el fin de los tiempos.
Herido de muerte Jesús camina hacia el sur. Ya sobre la media tarde no puede seguir, intenta buscar compañía, pero nadie lo sigue, ya no hay mujeres llorando y sirviendo, ni doce ni quince, ni mil hombres dispuestos a morir por él. Está completamente solo. Antes de morir comprende que sus seguidores trasformaron su mensaje, que el templo se llenó de nuevos comerciantes, que miles trafican con su cruz y en su nombre causan angustia, muerte y llanto. Cierra los ojos para ignorar la furia que cae del cielo. Entre blancos nubarrones asciende. Ha decidido abandonarnos a nuestra suerte.
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