DIEGO ROMÁN


DIEGO ROMÁN, «EL REZO QUE ANOCHECE»

Siempre que leo un poemario por primera vez, espero esa luz y sombra que me dan sus palabras. No; no espero, porque las vierte inmediatamente en el sortilegio que soy. Y no espero, porque esperar retarda el sentimiento, aleja la frescura, nos da un adiós para las luces sombreadas que quizá no vuelven.
De modo que raramente vuelvo a él. Si me ha gustado, es jugo inmediato que refresca, es suceso en mi camino, audacia en mi recinto de recuerdos. Y es como sacerdotisa que ofrenda su piel blanca, virgen y sagrada, sabor compartido, la palabra buscada, el ideario que de alguna manera cuenta la autoaventura de ser poeta en el mundo.
Así siento «El rezo que anochece«, del poeta Diego Román (Colección Obra Abierta, Seshat Editorial, 2022), con prólogo de Zeuxis Vargas, que leí en una sola sesión: líneas ondulantes, finas, antología de visiones y viajes por lo imaginario de un periplo que rema dentro y desembarca en la utopía; el maravillar de la palabra que destapa espejos y suaves laberintos; bitácora que acompaña por la lejanía y la distancia, allá donde la lectura aleja con música sutil y acerca sentimientos de navegante de lo ignoto; es una poesía livianamente transeúnte.
Dice, por ejemplo:
KATMANDÚ
Una semilla caída del templo,
que es el árbol, que son tus manos,
un viaje inaudible para la sombra,
pero revelado en el corazón
de los que nunca mueren
porque siempre callan,
de los regidos por una estrella,
de los abandonados,
de los que cantan a la noche del día,
en el laberinto de hojas secas,
en contra del viento y su lealtad.
Fue todo un baile secreto,
donde los latidos ofrecían armonía
a la espera de Ser,
donde esa pequeña semilla
nos abría hacia la luz
que se puede ver aún con los ojos cerrados.
**RVQ**
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