DESDE LA VENTANA


DESDE LA VENTANA

Como para inspirarme – o dejar que el instante me inspire – miro, antes de empezar, por la ventana grande a mi izquierda. Allá, abajo, al frente, hay un gran muro que es la inmensa espalda a cuadros del almacén que tengo por vecino. Hay como seis avisos grandes, todos con caras de mujeres que sonríen. Tres tienen puestos a toda hora los ojos en mi hombro. Yo de cuando en cuando volteo la cara y las miro.
Hay dos muy cerca. Una, poco indiscreta sobre un escritorio invisible, se agacha para fijarme los ojos, directa. Sin disimulo ha puesto su quijada sobre la mano para inquietarme y no perder movimiento alguno. La otra está de pie y se está maquillando. Por un momento ha dejado de tomar el pincel o la crema y su mano ha quedado quieta cuando me vió y se detuvo a mirarme. Está como alelada, como cuando un mago la hipnotiza y la deja inmóvil. Yo debo hacer de cuenta que no las veo y no les hago caso de su gesto.
Sé que me seguirán mirando y que, ambas, no dejarán de llamarme con esa mirada honda. Son instantes que hoy he captado para contarles a mis lectores lo que pasa aquí, abajo, afuera y debajo de mi ventana.
Son escenas que se repiten día a día y que – aunque no quiera – suceden. Cualquiera no se da cuenta cuando pasan allá, junto a ellas, de regreso de sus compras o cuando vienen de paso para cualquier diligencia.
Y, dense cuenta, ellas pidieron que les pusieran una luminaria para poder mirar mejor por la noche. Y, creo que hay una cámara para grabar. Las señoritas son muy curiosas y están muy pendientes de mis movimientos.
Yo, disimuladamente, volteo la cara un poquito como para mirar la mata que tengo aquí a escasos centímetros en esta esquina de la sala, y las veo poniéndome la mirada encima. Yo las dejo. Yo no pierdo nada. Sigo escribiendo o me levanto y les doy la espalda, muy tranquilo, para con mi gesto decirles que pierden su tiempo y no van a molestarme con su actitud.
Claro, yo creo que la paga es muy alta. Desde los pocos días después de mi llegada, cuando puse mi mesa de trabajo aquí en este lugar. Ellas como que estaban ahí. Seguramente otros dueños de este apartaestudio, también mantenían este ventanal sin cortinas. La pared del frente está sellada para ocultar las mercancías de perfumerías y bisuterías que hay dentro en el almacén. No quieren que corran peligro sus mercancías y tramen la manera de robarlas una noche cualquiera. Entonces, ¿para qué cortinas en este piso alto?
Yo…, tranquilo. Como dice el locutor. Que miren hasta donde pueden hacerlo. A mí no me incomoda que permanezcan ahí. Yo las dejo. Para algo más las deben tener a esas dos chicas ahí. No las quiero perjudicar. Ellas están cumpliendo su papel.
15-08-18 11:30 a.m.
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