Guananí


Guananí

Año de 1880, el país continúa convulsionado por la seguidilla de guerras civiles que sobrevinieron después del triunfo de los patriotas en el puente de Boyacá y en las cuáles han tenido protagonismo caudillos del Gran Cauca, como los generales Tomás Cipriano de Mosquera, José María Obando y José Hilario López, quienes para engrosar sus ejércitos no han vacilado en reclutar a los mestizos, esclavos y libertos provenientes del valle del Patía, Valle del Cauca, e indígenas que habitan territorios como Tierradentro.
Temas como el Centralismo y Federalismo cuestionando la relación de los Estados Soberanos, como el Cauca, Tolima, Antioquia, Santander, Boyacá, Bolívar, frente a Santafé de Bogotá, la capital del antiguo virreinato; las relaciones de las autoridades civiles con las jerarquías católicas; la liberación de los esclavos; la suerte de los pueblos indígenas a los cuales les han desamortizado sus propiedades para repartírselas entre los amigos de los caudillos; el librecambio en el comercio o la protección a los artesanos; educación religiosa o laica, entre otros, son los grandes temas que los ideólogos y plumíferos de los ya claramente delimitados partidos liberal y conservador, dirimen en los campos de batalla y en los escasos interregnos de paz, debaten desde las tribunas del Congreso y en los editoriales de los numerosos periódicos con clara orientación partidista, que circulan en Santafé de Bogotá y ciudades como Popayán, Cartagena, Cali, Medellín, etc.
Por defender estos ideales varias veces se han ido a la guerra y la más reciente, peleada entre 1875 y 1876, ha sido motivada principalmente por la relación entre la Iglesia católica y el Estado, que en varias ocasiones les ha desamortizado sus bienes y ha intentado quitarles el monopolio sobre la orientación de la educación, trayendo a pedagogos extranjeros con ideas y métodos importados de Alemania e Inglaterra donde privilegian las enseñanzas científicas a las de la Fe católica.
En este ambiente, a partir del 31 de octubre de 1880, cuando a la cabeza del ex liberal Rafael Núñez y Caro, los conservadores ganaban terreno combatiendo la Constitución federalista y liberal radical de 1863 (de Rionegro) antes de imponer la centralista y clerical de 1886, nace Manuel Quintín Lame, en un Cauca donde terratenientes como Ignacio Muñoz, suegro del político conservador, diputado a la Asamblea, senador, candidato presidencial y poeta Guillermo Valencia, es el propietario de grandes haciendas, donde miles de familias indígenas paeces, guambianos, yanaconas y de otras comunidades, sobreviven con la complicidad de la mayoría de misioneros y curas que glorifican la sumisión, bajo el régimen semifeudal de los terrajeros, en los antiguos territorios de sus resguardos despojados por los caudillos guerreros y sus subalternos, después de haber sido delimitados desde el siglo XVII por la corona española, cuando se dieron cuenta que los encomenderos, a los que les asignaron los pueblos indígenas para que trabajaran en sus propiedades, los iban a extinguir al tratarlos como bestias de carga, mal alimentados y a merced y sin defensa en sus desnutridos organismos ante los virus y bacterias importadas por los conquistadores.
Al sufrir en su familia desde la infancia los atropellos de los soldados del régimen, que violan a su hermana de 12 años, tal como nos relata en su novela Giselle Delgado Tejada, Manuel Quintín Lame, católico devoto, autodidacta y lector consumado, en medio de aviesa persecución de las autoridades mandadas por el gobernador Arroyo y el gran terrateniente caucano Ignacio Muñoz, dedica su vida y a luchar por sacar de la esclavitud a sus comunidades del Cauca y el Tolima, oponiéndose al pago del terraje y buscando, con ayuda de blancos amigos, las antiguas escrituras que delimitaban sus Resguardos, antes de que fueran repartidos entre los nuevos ‘próceres’ y sus lugartenientes.
Motivada por su compromiso con las comunidades marginadas del campo y la ciudad con las que durante 15 años trabajó vinculada a varias organizaciones no gubernamentales, la doctora especializada en Siquiatría, Giselle Delgado después de su primera novela: “La mirada de Julia”, y seis años de trabajo asesorada por su editor el poeta Felipe García Quintero, nos presenta “Guananí”, basada en la lectura de libros como: “En defensa de mi raza”, donde Manuel Quintín Lame condensa su pensamiento, escritos de Diego Castrillón Arboleda, conversaciones con Álvaro Pío Valencia y varios ancianos indígenas, el testimonio de su madre, que cuando era niña vio pasar por las casas de los ‘pitingos’ del barrio Bolívar rumbo al puente del Humilladero y la Gobernación a Manuel Quintín Lame llevado encadenado por sus perseguidores, entre los que se contaba su abuelo, pariente de Ignacio Muñoz.
Es una manera amena y fluida de, por medio de un relato rico en situaciones e imágenes, intentar conectarnos con el pasado lejano y reciente para que entendamos los conflictos del presente y podamos construir un futuro más justo y amigable.
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Otras publicaciones de este autor en: http://www.proclamadelpacifico.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/felipe-solarte-nates/



