DE TRES Y MEDIO A NUEVE HAY UNA GRAN DISTANCIA
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano.
Nada de lamentaciones ni lloriqueos. Nada de tristeza en el semblante por no haber sacado adelante al candidato Mockus. Se sabía por anticipado que esa hazaña apenas se quedaba en la almohada del sueño. No se ha perdido lo que se ha conseguido. Nadie puede quitar lo bailado.
Sí. Cualquier miope y hasta quien sufra de presbicia o astigmatismo lo distingue. La distancia que hay de tres millones quinientos mil a nueve millones es abultada. Desde que aprendimos en la escuela a tomar distancia en la fila con el brazo extendido lo sabemos. Lo sabe quien gana el salario mínimo y los padres de la patria que ganan veintidós millones.
Pero de ahí a valorar el significado que se contiene en esos resultados como algo normal y muy democrático, hay mucha distancia. La astucia que hay detrás, la maquinaria aceitada, la soterrada ayuda presidencial en las cuñas y consejos comunitarios no la tuvo el ingenuo Mockus que devolvió dinero para la campaña. Mockus, como Atlas, consiguió a pulso cada voto para llevarlo por sus propios pies hasta las urnas. No se puede comparar el tiempo gastado, las alianzas por futuras prebendas que se estilan en el país desde tiempos inmemoriales ni las zancadillas que se utilizaron.
El candidato Santos, desde el fin de la primera vuelta cantó victoria, cuando la Constitución prescribe que si no hay la mitad más uno en las cuentas nadie gana. Mal comienzo. Porque avisó que haría cambiar la Constitución para que no hubiera segunda vuelta si alguien tenía cierta mayoría. Mockus anunció que habría nuevos impuestos y Santos se santiguó, pero al día siguiente ya tenemos impuestos a la vista. Cosas de políticos. Prometen que no y después cambian por sí. O al contrario. El fin justifica la mentira en la campaña. El poder puede más que una sinceridad ofrecida y ahora hollada.
Santos ganó y es una verdad de a puño, con sus manos abiertas sobre si mismo. Sus promesas principales: sostener el armamentismo en boga, acabar con la pobreza, el desempleo, la corrupción y mantener relaciones cordiales con los países vecinos. Ya lo veremos.
Lo que quedó en el campo de batalla es muy claro: nueve millones de votos de una masa esperanzada en el continuismo y los subsidios, otros tres y medio de votos meditados, no regalados, y un 53 por ciento de abstención de un pueblo que se siente burlado por las artimañas de la fuerza y la mentira. Lo que quiere decir que la democracia en Colombia está a mitad de camino. No hay claridad, no hay garantías, no hay juego limpio.
La ganancia coreada y batida con las banderas de la U mayúscula obnubilaron a los partidos tradicionales que se plegaron ante el ponqué del que no probarán los pobres, ni los asalariados, ni los enfermos, ni los desempleados, ni los pensionados. Sólo lo disfrutarán “los de arriba”, como los llamó Azuela en su novela. Magro favor hicieron quienes ayudaron a engordar el ponqué de los nueve millones.
De la mesa del poder donde se come el ponqué hay una gran distancia hasta el ingenuo campesino, la desarrapada familia que vive en un tugurio y hasta el estudiante que termina sus estudios con la ilusión de ganar un pan que recompense sus penurias.
22-06-10 – 10:01 a.m.
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