DE LA DESCERTIFICACIÓN Y OTROS DEMONIOS


Por Jaime Cárdenas / Ruidoso y chistoso el asunto de la descertificación. Por fortuna, cada día hay menos bobos que creen en las bondades de este tipo de recursos.
Pero aun hacen daño. Los más afectados son los consumidores de cocaína de los Estados Unidos, pero en general, los del mundo, porque en todo el mundo se la consume, o al menos en los países con algún grado de urbanización y de desarrollo tecnológico, porque fundamentalmente la cocaína se la usa en este tipo de países en los que la angustia, la desazón, la hiperactividad, la competitividad, entre otros factores, se manifiestan con rudeza. Contribuye el psicoactivo a que se reduzcan los efectos de estos estados, actuando en las zonas del cerebro que regulan la sensación de bienestar. Los indígenas del Amazonas, por ejemplo, no lo necesitan, tiene otro más poderoso y, hasta donde se conoce, sin contraindicaciones: el yagé.
Y también se consume por placer, y no necesariamente quien lo hace es un vicioso, como se dice con tanta saña. Lo hace Macron, el presidente de Francia, aquí lo hace el presidente, de los jubilados de los clubes de billar, lo hace el cantante vallenato, con otros de su cuerpo lo hace un policía de civil en una fiesta con sus muchachitas y regetón, la consume la ejecutiva de una alta empresa, de igual manera los negros de Harlem quienes pagan los platos rotos de un negocio que el capital difícilmente quiere soltar. Por ello no permite que se legalice, porque con el cuento de la guerra contra las drogas la hacen contra otros países geopolíticamente importantes, ricos en recursos o contra grupos étnicos, y de paso abultan de manera asombrosa los activos de sus bancos y empresas.
Para el capital no hay ética. Si es rentable vender órganos, manos a la obra, si hay que recurrir a la venta libre de armas con las que los adolescentes matan a sus compañeritos que les hacen bullying, qué espera, las armas se pagan bien, si hay que permitir genocidios y después montar balnearios, bienvenido el genocidio, siempre amparados por su avanzada cultural y con el control directo o indirecto de los gobernantes, de jueces y de la policía. La salud mental de la juventud poco le importa al capital. Por eso es una farsa lo del cartel de los soles en Venezuela. De acuerdo a la UNODC, la agencia antidroga de la ONU, Guatemala produce y exporta 1.400 toneladas de cocaína. Colombia 2.370. Venezuela no figura como productor y es exportador de cocaína que llega de Colombia en una cantidad equivalente a solo 210 toneladas. Es la propia ONU la que afirma que en Venezuela no hay carteles de narcotráfico y es territorio libre de cultivos de coca. No obstante, nada ha dicho Trump sobre Guatemala, que es, para el caso, Guatemula, ni tan siquiera se la menciona, pero tiene asediada a Venezuela.
Volviendo a los afectados con la descertificación sobre las narices de los consumidores de cocaína cayó una jauría de bienintencionados defensores de este caos y este sainete que suele ser Colombia. A la cabeza de los dardos envenenados iban periodistas que se conocen como críticos, – expresión redundante, es un pleonasmo, un buen periodista debe ser necesariamente analítico y polémico-, periodistas que terminan, por la ausencia de formación política, sirviendo a los intereses del país castigador, a su ideología oscurantista y retardataria.
El consumidor de cocaína deviene así en un sujeto anómalo, enfermo, debe entonces ser extirpado de la sociedad. De esta manera surge o se refuerza en el plano simbólico la idea de la limpieza social; como puede observarse no estamos lejos del pensamiento nazi.
El viejo Marx, en Londres, señalaba que la vida del proletario empezaba en las tabernas. El consumidor puede ser ese obrero alienado, explotado, cosificado, que se embriagaba saliendo de las agotadoras faenas en las fábricas inglesas. Puede ser ese desadaptado que no se encuentra bien en su trabajo-miseria, en esa esclavitud del burócrata que debe inclinarse ante un jefe arbitrario, el que en su juventud no ve un horizonte de futuro, el que deserta de un orden que lo tritura en su cotidianidad.
Su respuesta, la adicción, el consumo. Podría ser mejor, sin duda. Integrante del ejército gris de los dominados debería ir con ellos a construir alternativas que derruyan esas estructuras que le roban la vida, las posibilidades concretas de ser libre, de tener un destino digno. Sin embargo, no puede imponérsele la conciencia política, pensar en este cometido es una contradicción pues a ella se accede libremente. Pero si recurre a la cocaína no podemos menos que respetar su decisión, que la autonomía y la diferencia son principios que deben prevalecer. Al Estado le corresponde la prevención, la pedagogía que obre como disuasión, la atención médica cuando el adicto lo requiera, siempre y cuando haya una nueva visión del tema por parte de la psiquiatría. En sus buenos tiempos, antes de caer en las redes de Uribe que todo y a todos destruye, peor que las plagas de Egipto, Luis Carlos Restrepo escribió un lúcido libro: Libertad y Locura, en el cual, él como psiquiatra, alertaba sobre los peligros de una psiquiatría policiaca.
Pero no solo es el consumidor el que ha sido colocado como el nuevo demonio. El campesino que cultiva la hoja ha vuelto a ser demonizado. Ya sin asombro lo vimos a Petro, diciendo, – en sus cabales-, que volvería la fumigación aérea, agregando que la Corte Constitucional debe de echar para atrás la sentencia que la prohíbe.
Así se expresaba el 8 de septiembre pasado quien se ha autoproclamado el constructor del gobierno de la vida. No le ha bastado con el plan contrainsurgente que vuelve a militarizar y a volver zonas de guerra al campo colombiano. Ahora, como en los mejores tiempos lo hizo la oligarquía a la que de labios para afuera Petro dice combatir, – como a los gringos-, vuelve a plantear como método de terminación de los cultivos ilícitos el veneno, la muerte de la naturaleza y la miseria, como quiera que el campesino no tiene alternativas de subsistencia.
Enterrados quedan ya los sueños de cambio. La resistencia pacífica de las comunidades es por ahora la única alternativa plausible.
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