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Sábado, 3 de octubre de 2026

CUANDO LAS PAREDES CALLAN Y EL CANALLA ESCRIBE.

CUANDO LAS PAREDES CALLAN Y EL CANALLA ESCRIBE.

Imagen por:https://gemini.google.com

Álvaro Jesus Urbano Rojas

En Popayán, la ciudad blanca —cuyo título no es solo estético sino moral—donde sus casonas y techumbres añosas de muros sempiternos, son el lienzo preclaro de una nueva especie de “artistas”: los grafiteros del desdén, los seudopoetas del irrespeto, los cronistas del vandalismo. Porque aquí, donde cada pared encalada cuenta siglos de historia, hoy cualquier mano anónima cree tener derecho a expresar su frustración sobre lo que no le pertenece.

Las fachadas del centro histórico no son simples muros: son memoria identitaria, que comprende los recuerdos, tradiciones, valores, símbolos e historias compartidas que nos permite reconocernos y disfrutar de una herencia compartida. Son el testimonio silencioso de terremotos, reconstrucciones, procesiones y generaciones enteras que entendieron algo básico: lo público no es de nadie… pero se respeta como si fuera de todos. Sin embargo, para el canalla moderno, la pared es apenas papel barato. No importa si es patrimonio, no importa si fue restaurada con esfuerzo privado o público. Su impulso no es crear: es destruir, deteriorar e invadir.

Hay que decirlo sin rodeos: esto no es arte urbano. Es vandalismo con pretensiones de rebelión barata y carente de creatividad genuina. El verdadero arte transforma, dialoga, propone. Lo que hoy vemos en muchos rincones de Popayán no propone nada distinto al deterioro. Firmas repetidas, símbolos vacíos, consignas mal escritas que no resisten ni la más mínima lectura crítica.
Y, sin embargo, ahí están: como cicatrices frescas sobre muros de adobes y calicanto que ya bastante se han profanado.

Lo más grave no es solo el trazo torpe, sino la complacencia que lo rodea. La tolerancia institucional, el silencio administrativo, la pedagogía ausente. Porque el problema no es únicamente el aerosol, sino la ausencia de autoridad. Se ha instalado la peligrosa idea de que todo acto “expresivo” merece indulgencia, incluso cuando atropella el derecho colectivo a la conservación del patrimonio. Y así, entre excusas sociológicas y discursos blandos, el daño se normaliza.

¿Dónde queda el propietario que, con compromiso casi ritual, blanquea su fachada cada temporada? ¿Dónde la comunidad que entiende que la estética urbana también es un valor jurídico y cultural? En una posición absurda: la de reparar una y otra vez lo que otros destruyen en minutos, sin consecuencia alguna. Es la institucionalización de la impunidad estética.

Popayán no puede resignarse a que sus fachadas sean los murales de diatribas descalificadoras de grafiteros indolentes que se refugian bajo el anonimato de la impertinencia y la blasfemia. No puede aceptar que sus muros —que han resistido siglos— sean reducidos a soporte de ocurrencias efímeras. Defender la ciudad no es un capricho conservador; es un deber elemental. Porque cuando se pierde el respeto por el espacio común, lo que sigue no es más libertad, sino la degeneración total de la decencia.
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Aquí no hay romanticismo posible. El grafiti ofensivo y dañino en el centro histórico no es rebeldía: es cobardía. Es actuar en la sombra, dañar lo ajeno y
huir. Es la firma del que no construye nada propio y necesita apropiarse de lo que otros han levantado con esfuerzo.

Y conviene recordar algo que parece olvidado: la ciudad también educa. Cada pared limpia es una lección de orden. Cada fachada cuidada es un acto de civismo. Cada intervención indebida que queda sin sanción es, en cambio, una invitación abierta a repetir el abuso.

Popayán merece más que eso. Merece que sus muros sigan siendo lo que siempre fueron: testigos dignos, no víctimas silenciosas. Porque cuando las paredes se convierten en el papel del canalla, lo que está en juego no es la encalada… es el respeto mismo por la ciudad y ciudadanos que la habitamos y nos sentimos orgullosos de ser patojos.


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Álvaro Jesús Urbano Rojas

One comment

  • Adolfo Valderrama

    jueves 16 abril, 2026 a las 4:33 pm at 4:33 pm

    Excelente columna. Gracias por apoyar y defender a Popayán.

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