¿Cepeda es Comunista? ¿De la Espriella es Fascista?

Por: Luis Esteban Rivera Fuli
Nuestro debate político ha llegado a un punto en el que términos como “fascista” y “comunista” se usan más para atacar al adversario que para describir sus ideas. En la actual campaña presidencial, ambos conceptos se lanzan con frecuencia, aunque rara vez encajan con precisión en los candidatos a quienes se les atribuyen.
El politólogo Giovanni Sartori advertía que uno de los mayores errores de la ciencia política consiste en estirar los conceptos hasta vaciarlos de contenido. Cuando una categoría pretende explicarlo todo, termina explicando nada. Eso es precisamente lo que ocurre cuando se utiliza el término “comunista” para referirse a cualquier político de izquierda o “fascista” para describir a cualquier político de derecha con posiciones duras en materia de seguridad.
Si queremos tomarnos en serio el debate democrático, debemos preguntarnos qué significan realmente esas palabras.
El comunismo, tal como fue concebido por Karl Marx y desarrollado por Lenin, implica la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción, la sustitución de la economía de mercado por una planificación centralizada y, en experiencias como la URSS o la China de Mao Zedong, la concentración del poder político en estructuras de partido único. Desde esta perspectiva, resulta difícil sostener que Iván Cepeda sea un comunista. Se puede discrepar de sus propuestas económicas, cuestionar su visión sobre la seguridad o criticar su cercanía política e ideológica con Cuba y la Venezuela de Hugo Chávez. Sin embargo, ninguna de esas críticas convierte automáticamente su proyecto político en una propuesta comunista. Más bien, este parece ubicarse más cerca de una izquierda estatista o progresista que de una propuesta comunista en sentido estricto.
Algo similar ocurre con Abelardo de la Espriella. El fascismo histórico no consistía simplemente en defender la autoridad o una política criminal severa. Como doctrina política, desarrollada por Benito Mussolini y Giovanni Gentile, el fascismo buscó la subordinación de las instituciones al líder, la eliminación del pluralismo político y la construcción de un Estado totalizante. Por ello, aunque algunas propuestas de De la Espriella puedan ser criticadas por su dureza o por su compatibilidad con ciertos principios constitucionales, calificarlas de fascistas supone desconocer el significado histórico del término.
Esto no significa que ambos candidatos deban quedar exentos de escrutinio. Iván Cepeda puede ser criticado por quienes consideran que sus propuestas representan una expansión excesiva del papel del Estado o la continuidad de políticas con resultados cuestionables. Abelardo de la Espriella puede ser cuestionado por quienes observan en algunas de sus propuestas una tendencia al populismo punitivo o consideran insuficiente su experiencia administrativa. Pero una crítica seria debe formularse con categorías precisas, no mediante caricaturas ideológicas.
La democracia necesita ciudadanos capaces de distinguir entre un argumento y una consigna. Cuando toda propuesta redistributiva es llamada comunismo y toda propuesta de seguridad es llamada fascismo, el debate público deja de girar en torno a ideas y comienza a girar en torno a miedos.
Quizá el problema más grave de nuestra política no sea la existencia de diferencias ideológicas, sino la creciente incapacidad para describirlas con rigor. Los contendientes políticos deben ser criticados por lo que realmente son, no por las etiquetas que resultan más convenientes para movilizar emociones.
La calidad de una democracia no se mide por la intensidad de los insultos que intercambian sus campañas, sino por la precisión de los argumentos que sus ciudadanos están dispuestos a exigir. Y precisamente por esa exigencia intelectual conviene responder con claridad a la pregunta que da título a esta columna: ni Cepeda es comunista ni De la Espriella es fascista. Tal vez el verdadero problema no sea la existencia de comunistas o fascistas imaginarios, sino nuestra creciente incapacidad para nombrar la realidad política tal como es.
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