Caperucita
La niña se internó entre la selva por un pequeño camino. Ya había caminado lo suficiente cuando encontró algo que no estaba previsto: un campamento guerrillero.
Los rebeldes se sorprendieron al ver a la pequeña y no confiaron mucho en ella, sometiéndola a intenso interrogatorio. Le preguntaron de donde venía, hacia donde iba y cuál era su misión. Pensaron que podría pertenecer al servicio de inteligencia del enemigo y tras analizar el porqué iba vestida de rojo, tomaron la idea que fuera hincha del América y la dejaron continuar su camino.
Caperucita siguió en medio de cantos de pajaritos y del silbido del viento entre la hojarasca. Caminaba cantando feliz. A la distancia encontró a otro grupo de hombres armados que le dijeron: «Somos paras, y ¿Usted quien es?». Ella explicó todo pero la retuvieron por cuatro horas, también con intenso interrogatorio, hasta convencerlos de que su objetivo era una obra social y humana con su abuelita que estaba sola.
La pequeña comenzó a pensar que estaba encontrando muchos obstáculos y aún riesgos y en un momento intentó devolverse pero al final no lo hizo. De repente oyó voces de algunas personas, y miró en medio de los árboles a varias gentes que estaban como de paseo, pues tenían ollas y otros recipientes para preparar alimentos. Pero no era así, pues se trataba de un laboratorio para procesar narcóticos. No le dijeron nada y continuó por entre la selva dormida, acompañada del trinar de las aves, y con sorpresa encontró un retén militar. Allí no solo la requisaron sino que le exigieron la tarjeta de identidad, la cual no tenía. Le dijeron: «Usted debe pertenecer a un ejército rojo, o sea subversivo». Pero Caperucita aclaró bien y pudo avanzar.
Pensaba que ya estaría cerca de la casa de la abuelita, pero todavía faltaba bastante camino. Menos mal que la menor había hecho hasta segundo grado de primaria y pudo leer el aviso en un lado de la brecha que decía: «Peligro, terreno minado». Por allí cerca halló el cuerpo sin vida del lobo feroz, que como era iletrado talvez pisó una de las minas y quedó inerte.
Caperucita tomó de la canasta uno de los bocadillos que llevaba y pasándolo con un poco de agua de una vertiente del lugar, pudo calmar el hambre, recobrar fuerzas y energía para continuar la caminata.
A la distancia alcanzó a ver la humilde vivienda de la abuelita, una pequeña casa localizada en medio de la vegetación. Tenía techo azul y paredes blancas. Caperucita aceleró el paso, sonrió y se alistó para saludar a su abuela. Por fin estaba en el patio de la casa.
Llamó pero no hubo respuesta. Entró y estaba deshabitada, pues la abuela se había ido desde hacía algún tiempo con sus pocos enseres.
Cuenta la leyenda que la pobre viejecita fue vista junto a los semáforos de una gran ciudad con un letrero que decía: «Soy desplazada».
Reinel Gutiérrez – Popayán



