AVES DE PASO / INSEGURIDAD


AVES DE PASO

Acabo de terminar un libro, “Aves de Paso”, de Eduardo Peláez Vallejo, que me ha tocado los tuétanos. Probablemente a muchos lectores que tenga esta novela, editada por Anagrama, no les revolverá ninguna de sus cuerdas afectivas y apenas si pasará a ser una narración ingenua de un paisa sobre la vida de dos de sus hermanos mayores fallecidos. Pero como entre medio de la maraña metafórica con que adoba sus descripciones y recuerdos no solo está la historia de Ricardo y Marta Luz, sino la trascripción de mi añoranza en un ambiente perdido en la irremediable tala de bosques, casas y valores que han hecho los antioqueños, me ha tocado en lo profundo.
En mi hogar de Tuluá hubo un norte en la familia, el médico de la casa, el doctor Eugenio Peláez, probablemente uno más de los tantos Peláez de El Retiro que se casó con otra Vallejo, Teresita. Pero como los de este libro son tan escuetos pero tan verticales como lo era el doctor Peláez y por recomendación suya fui en mi adolescencia a conocer El Retiro (donde no había sino helechos, Peláez, Vallejos y Mejías carajitos) y no olvidaré la casa de mama Julia, igualita con sus bifloras y los aromas a las que se narran en este libro, pasar las páginas por lo que escribió el ingenuo novelista es abrir un campo a los recuerdos de una Antioquia rural y liberal que hace mucho rato se acabó.
Mis Peláez Vallejo no son como los de “Aves de Paso” pero hilan sentimentalmente mis afectos con esta novela en donde hay borracheras, hijos al escondido y viejos tercos que se dejaban morir, hasta lograr ser la versión conmovedora de Marta Luz pariendo en Paris, a la tapada de su familia en Medellín, regresando a la Antioquia anticuada sin su hija entregada en donación, que bien vale la pena sentirse satisfecho de haberla leído y de volverla a leer.
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Lo que está sucediendo desde hace unos días en la zona de Altavista en Medellín no es únicamente culpa de Chatán, como dice Federico el alcalde magno, quien le sigue creyendo las mentiras o exageraciones a los uniformados o sus subalternos. Es que cuando hasta la Personería de Medellín detecta que la deserción escolar y la migración de esa zona de la capital antioqueña está repitiendo lo que ya se vivió antaño en otras zonas del Valle de Aburrá, es porque la autoridad constitucional ha perdido el dominio sobre espacios geográficos y quienes mandan son otras gentes a las cuales les creen o temen más los ciudadanos.
Lo que pasa en el barrio Manuela Beltrán del Distrito de Aguablanca en Cali, donde mientras una patrulla hace un operativo de identificación y requisa, le queman la moto policial delante los ojos de medio barrio, es porque las gentes que viven allá saben que quien domina el territorio son otros muy distintos a la autoridad constituida.
La gravedad de lo que pasa es que en el resto de la geografía de ambas ciudades los malevos cada vez cogen más ventaja, atracan más y son dueños de calles y semáforos.
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