APUNTANDO A LA RAZÓN

Imagen por: https://chatgpt.com/
Por: Jaime Cárdenas
El próximo domingo se elige presidente. Nos hemos pasado el año en elecciones. Demasiado largas las campañas; demasiado costosas; las del Congreso, aburridas. Es bueno descansar, dejar nuevamente a la democracia para dentro de cuatro años.
Se elige presidente en un país donde todo el mundo quiere ser presidente, se cree con ese derecho. Nuestro vecino, el concejal, no demora en verse sentado en el solio de Bolívar, como se decía hasta hace poco a la silla del presidente. “¿Si Duque, un bobazo, fue presidente, por qué no puedo serlo yo, que no soy tanto?”, razonan en su interior. Quieren ser ricos, tener poder, que todo el mundo pelee por darles la mano y, secretamente, ejercer la violencia, ser arbitrarios, mandar. ¿Acaso no se es primer mandatario? Dejar que la bestia se sacie de sangre, perseguir a los opositores, a los enemigos; si es posible, masacrarlos; si es posible, gozar de ese espectáculo desde los aires, en un helicóptero. Para eso es el poder.
De todo ese nutrido grupo es casi imposible que exista uno —o una, por cuanto ahora hay varias mujeres candidatas que quieren ser presidentas— que, sinceramente, de corazón, como prosaicamente se acostumbra decir, aspire al bien común, a resolver el problema de la salud, a conquistar la convivencia, que es uno de los propósitos de la Constitución, a que la vida sea mejor.
Sin embargo, existe. Tengo la convicción de que Iván Cepeda busca orientar al país hacia mejores días en todos sus aspectos. Fue alimentado con el pan de la justicia social. Hace pocos días, un viejo obrero, un antiguo escobita, se refería a su padre como Manuelito, afecto ligado al reconocimiento de sus grandes luchas colectivas. Yira, su madre, infatigable dirigente socialista, verdaderamente, a diferencia de tantos señoritos y ladys del Congreso, llegó a los hogares de los oprimidos y con ellos marchó sin vacilación. De paso por Pasto supimos de la auténtica bandera de lucha que esgrimiera la médica patóloga Stella Cepeda Vargas. De mi parte, recuerdo con gran aprecio a la destacada poeta Gloria Cepeda Vargas, a la sazón ya una reconocida escritora, quien nos entrevistó en la ya lejana Popayán para su periódico cultural.
De allá viene Iván Cepeda. Su propia trayectoria vital es admirable, empezando por su formación intelectual. Ya en la vida pública, su decisión de que los crímenes de Estado no quedaran impunes es palabra mayor. Su debate en el Congreso frente al paramilitarismo de Uribe es uno de los más valientes y enriquecedores de toda la vida institucional del país, una contribución formidable al Estado social de derecho, a la historia, un reconocimiento a las víctimas, a los miles de indefensos colombianos que engrosan la categoría de los ajusticiados extrajudicialmente: hombres y mujeres masacrados, exiliados, desaparecidos, frente a los cuales la impunidad es su distintivo.
Platón, el filósofo gigante de la antigüedad clásica, dio derroteros de gran exigencia para los gobernantes —deben ser los mejores—; seguramente aprobaría con entusiasmo la opción que significa Iván Cepeda: los filósofos dirigiendo la civitas.
Ahora, lo que pueda venir con la presidencia de Cepeda, el tiempo lo dirá. Habrá que ver cómo concilia con los apetitos de Samper, de Santos, quienes tras bambalinas reclamarán lo suyo; cómo se enfrentará a este momento dificilísimo, con violencia de todo orden, sin salud pública, con una vida cara, sin una solución real para las zonas de mayor conflicto paramilitar, con los diálogos abortados con la guerrilla, en fin, con graves y serios problemas. Y habrá que ver cómo se enfrenta al Imperio, que no descansa en llevar adelante su renovada doctrina Monroe. El tiempo responderá a estos interrogantes. Seguramente habrá logros significativos.
En lo que tiene que ver con sus contrincantes, dentro de las reglas de la democracia representativa les asiste el derecho de exponer sus programas y de que, ganando el conteo, les sea reconocido el triunfo.
Curiosamente, se distinguen con dos nombres pertenecientes al mundo de las aves y de los felinos. A la paloma, la observación directa nos lleva a acercarnos a su mundo con afecto, pero, en el poema de Rafael Alberti, la paloma equivoca el rumbo, la geografía, niega la posibilidad de comunicación, es la negación de su esencia.
Por su parte, William Blake y Borges celebraron al tigre. No escatimaron su poder destructor, pero lo vieron en una grandeza que no admite caricaturas. Siendo tan distintos, coinciden: paloma y tigre se arrodillan ante el animal más sanguinario.
Todos los artículos de Jaime Cárdenas en Proclama del Pacífico:




